
Puristas
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Desde muy chico tuve gustos definidos. Quise ser actor: lo decidí a los siete años y no hubo profesión de moda que me deslumbrara y me hiciera olvidar esa vocación. Hasta con la comida, tema sagrado, mis preferencias siempre fueron claras y rotundas: nada de agridulce; nada de frío con caliente; limón, sólo en el té y en las milanesas, jamás en las ensaladas y verduras calientes y, por favor, los gustos netos, sin mezcolanza. Me gusta el flan y el dulce de leche por separado y no en alegre montón, y la fainá es lo suficientemente apetecible y sabrosa como para ponerla a caballo de la pizza y deglutirla como un pastiche de garbanzo, tomate, mozzarella y harina.
Hace poco viajaba en avión, en una compañía norteamericana, y cuando llegó la hora de los postres las azafatas ofrecían helado de vainilla con muchos aderezos: nueces, chocolate caliente, crema de frambuesa, frutas frescas o disecadas y distintos tipos de galletitas. Yo, imperturbable, pedí helado solo. La azafata abrió los ojos asombrada y dijo: "He aquí a un purista". "Yes", contesté yo, con mi palabra inglesa favorita y una de las pocas que me salen sin acento extranjero. No pude más que sonreír ante la calificación de "purista", pero después reflexioné sobre mi propia historia y me dije: "Tan errada no estuvo la gringa".
Me gusta lo neto y claro, lo definido. Amo los matices, porque son lo que enriquece nuestra existencia; me encanta, entre el blanco y el negro, la gama de grises. Pero a la hora de las decisiones, me gusta saber qué me ofrece cada posibilidad concreta y claramente. Y, si se trata de elegir gobernantes, me interesa que cada candidato responda con su historia, su pertenencia a determinadas pautas y su definición ideológica. Detesto las alianzas con el fin único de llegar al poder (luego son bolsas de gatos que destruyen al país con luchas intestinas que llegan a extremos patéticos). Uno, atribulado ciudadano, oye decir en tiempos electorales (que últimamente son prolongadísimos) a políticos reputados (perdón por la palabra): "No hay que votar hombres, sino ideas". Y la pregunta se impone: ¿qué ideas?
¿Cómo hablar de ideas en partidos políticas que pasan del populismo al capitalismo salvaje en menos de lo que dura un suspiro? ¿Cómo seguir el pensamiento de políticos que pasan de ser funcionarios de un gobierno a convertirse en sus máximos críticos? ¿Cómo formar opinión ante el caos contradictorio de bancadas que apoyan y dejan de apoyar proyectos y leyes por cuestiones de estrategia electoral? ¿Cómo construir una política seria con los coqueteos constantes entre grupos de opinión que cambian su línea cada vez que les conviene?
Oficialismo chupamedias y oposición desorbitada desfilan ante los ojos de la ciudadanía en un díscolo carrusel donde los candidatos son reemplazados según la conveniencia, donde los gobernantes pierden tiempo y energía polemizando con los medios y donde la oposición –que cuando fue gobierno también polemizó con los medios y en muy mal tono– ahora se rasga las vestiduras señalando al gobierno acusador como enemigo único de la prensa libre.
La verdad es que yo, purista del helado de vainilla, preferiría que me mostraran sus cartas con más claridad. Y, si se trata de debatir ideas, en mi querido país ya se han aplicado casi todas las teorías. El estatismo oligárquico, el estatismo populista versión derecha y versión izquierda, el neoliberalismo siguiendo los dictados del FMI, la ruptura con el FMI, el modelo socialdemócrata y las dictaduras militares. Lo tremendo es que todas han fracasado y los pocos aciertos que mostraron fueron ahogados por horrorosos sucesos que produjeron quebrantos económicos, convulsiones sociales y repugnantes violaciones de nuestros derechos, desde el de opinar sin temor a represalias hasta el de tener un trabajo digno que nos permita dar educación y comida a nuestra familia.
Y ahí están, los mismos nombres, las mismas caras, bailando el minuet del acomodo y el oportunismo, apoyando en enero, criticando en mayo, callando en julio, volviendo a apoyar en diciembre. Nos espera un calvario a los "puristas" en 2007, año electoral. Vamos a tener que recurrir a nuestra memoria tan distraída para no volvernos a indigestar con algún helado lleno de salsas por fuera y envenenado con la mentira en su interior.
* El autor es actor y escritor
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