
¿Qué es "la gente"?
Cuando se elude referirse a las personas
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No hay estadísticas (y quizá no sean posibles) que digan cuántas veces se usó la palabra gente a lo largo de este año electoral. Acaso fueron miles. Millones. Billones. Lo que la gente quiere. Lo que la gente piensa. Lo que la gente espera. La gente nos dice. La gente nos pide. Candidatos de todos los colores y pelajes gastaron la palabra hasta convertirla en un sonido parecido al de una lluvia lejana. ¿Quién es, qué es la gente? ¿Somos cada uno de nosotros? En la Roma antigua se usaba el término gens para determinar el linaje, el parentesco de sangre y origen entre los individuos. De ese vocablo latino deriva gente. ¿Entonces a quiénes se refieren los que una y otra vez mencionan a la gente? ¿A qué grupo, a qué tribu, a qué familia? Lo cierto es que mientras se insiste con la gente (como ocurre también en el mundo del deporte, en el del espectáculo, en el de la moda), parecen estar ausentes las personas.
Una persona es lo que no puede repetirse dos veces, decía el filósofo francés Emmanuel Mounier (1905-1950), fundador de la corriente de pensamiento conocida como personalismo. Lo que hace de cada quien una persona es aquello que tiene de propio, intransferible, inédito e irrepetible. Cuando las personas se encuentran y se integran sin fundirse constituyen una comunidad, agregaba el creador de la revista Esprit. Y remataba con la idea de que la unidad de personas en el espacio y en el tiempo da como resultado la humanidad.
También refiriéndose a la persona, Hanna Arendt (1906-1975), autora de La condición humana y Los orígenes del totalitarismo, entre otras obras ineludibles del siglo XX, sostenía que nacemos humanos (como los gatos nacen felinos o los perros caninos), pero debemos convertirnos en personas. Este proceso requiere del ejercicio de la responsabilidad y otros valores morales esenciales y, sobre todo, de no renunciar al pensamiento como herramienta para contemplar, cuestionar, elaborar, preguntar, es decir, para ocupar un lugar propio en el mundo y tener una cosmovisión intransferible.
Cuando se insiste en hablar y hablar de la gente se elude referirse a las personas. Y sólo las personas pueden acceder a sus derechos y cumplir con sus deberes como ciudadanos (en primerísimo lugar), como usuarios, como consumidores, como espectadores, como asociados a instituciones. Si se empieza por la gente y se insiste una y otra vez en esa categoría difusa, se hace muy difícil, si no imposible, detectar a las personas, mirarlas y honrarlas como tales, dirigirse a ellas reconociendo y respetando su esencia. Si, en cambio, se comienza por las personas, la gente será una rica integración de diferencias, de singularidades, de perspectivas. Claro que comunicarse con personas es un trabajo artesanal que da como resultado algo distinto cada vez. Mientras que apelar a la gente resulta un fenómeno serial, industrial, se dispara con perdigones sin demasiada percepción de quién está del otro lado. Se pesca con red.
Quizá sean tiempos oportunos para preguntarnos si nos estamos registrando los unos a los otros como personas y si nos están registrando y tratando así quienes se dirigen a nosotros con objetivos que pueden ser electorales, comerciales o proselitistas de cualquier tipo. Nacer humano, tener el privilegio de poder convertirse en persona y no hacerlo no es el mejor destino para una vida. Tampoco quedar reducida a ser una simple silueta entre la gente. No es lo mismo decir que hubo x cantidad degente o afirmar que se verificó un encuentro entre x personas. Actuar como personas hará que nos traten como tales.






