¿Qué será de nosotros ahora sin Mad Men?

Hernán Iglesias Illa
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23 de mayo de 2015  

Un comercial de Coca-Cola me llenó de emociones el lunes por la noche. No era un aviso nuevo ni estaba en un espacio pagado por el anunciante. Tampoco fue el que ganó el lunes pasado el Lápiz de Platino en Buenos Aires casi a la misma hora.

El comercial era de 1971 y ( ¡spoiler alert!) fue la última secuencia de Mad Men, que el otro día se despidió después de ocho años y casi cien horas de televisión. Insertado ahí, el aviso -hippie, feliz, multicultural: "¡Quiero comprarle una Coca al mundo!"- excedía con mucho su dimensión comercial y empezaba a decir algo sobre los personajes de la serie que estaba terminando.

Mientras miraba a esas chicas rubias con vinchas y trenzas cantar por la unidad del planeta, intoxicado por su melodía y optimismo, uno empezaba a entender qué le había pasado a Don Draper y a darse cuenta de su propia orfandad después de tantos años de Mad Men. Esa contradicción entre alegría manufacturada y melancolía real, sin modificar nada del aviso original, fue para mí el último toque genial de la serie.

Terminados los análisis, digeridas las novedades, agotadas las emociones: ¿qué hacemos ahora? Para quienes durante años tuvieron a Mad Men como muleta emotiva o pin de personalidad, este final puede resultar difícil.

En esta era de las series, donde muchos se definen en público más por sus gustos en series de televisión que de directores de cine o bandas de rock o novelistas contemporáneos, el final de una serie es, como en otras épocas y otras generaciones, como la muerte de un escritor o un director de cine o la separación de una banda: uno puede seguir siendo admirador retroactivo (o "póstumo", según el caso), pero sin la gracia de ser contemporáneo y ver el desarrollo de la obra mientras acompaña nuestras propias vidas.

Por eso, entre otras razones, me gustó ver Mad Men en televisión, sin atragantarme de a varias temporadas en un fin de semana, desde el primer día. Porque la cadencia de sus ritmos más o menos acompañó la cadencia de los míos; envejecieron 11 o 12 años Don, Peggy, Joan y los demás, y envejecí yo ocho años viéndolos a ellos envejecer.

Una manera menos honorable de extrañar Mad Men es que ya no voy a poder citar a sus personajes en estas columnas, en las que los cité no menos de media docena de veces para hablar de la felicidad, de la nostalgia, de cómo criar hijos o cómo elegir un cónyuge.

Esas frases siguen ahí y, por supuesto, pueden seguir siendo citadas. Pero ya no será lo mismo. Ya no habrá código compartido, no habrá comunidad de lectores: habrá un Mad Men de museo, marmolado en el Olimpo de los clásicos, o, si envejece mal (me parece improbable, pero podría ocurrir), olvidado o desprestigiado, inútil para el columnista que trata de subirse el precio con una cita de origen famoso. Tendremos que buscar una escapatoria que sea más que un consuelo, un recurso literario que sea algo más que una muletilla o un truco.

Tendremos que prender la televisión, buceando un reemplazo -otra serie- entre mil canales. Como fan y como autor, será tan difícil como parece.

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