
Radiografía de un súpermercado
Traeme el teléfono", dice el chico a la empleada doméstica que trabaja en su casa. El padre no lo atiende porque está ocupado en la caja del supermercado: "Conseguime otro carro", ordena al guardia de seguridad que circula por allí cerca, y lo mira atónito mientras la madre grita desde la cola, no se sabe a quién, que le carguen las regaderas de oferta. Ningún "por favor", ningún "gracias"; el tono imperativo manda.
La cajera no dice "hola", ni mucho menos "buen día", ni "cómo le va". Equivoca un precio y con voz apenas audible pronuncia "Danieeeeel...". Daniel no viene; seguramente no escucha que lo llaman. Está entusiasmado con su nuevo celular y aprieta botones y habla solo, como si no hubiera gente alrededor, como si aquel no fuese su lugar de trabajo. Hay desgano, nada de entusiasmo.
En otra caja, la empleada atiende a toda velocidad, pero se le acaba el rollo de la máquina y escucha tantos suspiros de malhumor que se pone nerviosa y se le cae el rollo; tarda más, y aumentan las caras largas y los suspiros. Un señor le grita: "Nena, ¿tenés que ir a un curso para aprender cómo se pone un rollo?". Se siente impotente al no poder contestarle como quisiera y, mientras se muerde los dientes, otra señora insiste: "¿A ver mi amor si te apurás?" Ironías, impaciencia, tolerancia cero.
Una mujer joven tira sin querer toda la pila de algodones al piso, pero no los levanta; total, nadie la vio. A su lado, un hombre mayor deja su carro libre mientras se acerca a ver el precio de las servilletas de papel, pero cuando se da vuelta no hay más carro. El dicho clásico en versión renovada: "Ojos que no ven... responsabilidad que no tomo".
Un trío de chicos corre a toda velocidad hasta la góndola de los juguetes. Gritan, saltan, tocan, abren cajas y caen fichas al piso. Las dejan a un costado y salen corriendo "una carrera hasta la verdulería". La madre se ve muy relajada en la góndola contigua; está leyendo las indicaciones para hacerse un baño de crema cuando un ruido fuerte la vuelve a la realidad: se vinieron abajo todas las sandías y melones que adornaban la mesa de frutas. Ve a sus chicos sonriendo y gritando al lado de los tomates y les hace una sonrisa dulce mientras se complace pensando: "Ay, son terribles...". ¿Laissez faire?
Es el supermercado de la desidia, de la ventajita, de la desconsideración. Un lugar donde reinan la prepotencia, la arbitrariedad, la impaciencia, la intolerancia. Un supermercado con gente que atropella y que da órdenes hasta a los desconocidos con quienes no tiene relación. O gente que acepta con ligera resignación y silencio que unos se cuelen en la fila, que le cobren diferente de lo que anunciaba la oferta o que cualquiera aproveche el estacionamiento para discapacitados. Están los que gritan y están los que callan. Escasea la moderación. Es un supermercado con infinitas sucursales. Un lugar para nada y para nadie desconocido.
Pero tenemos una gran oportunidad de reconversión supermercadista. Y no necesitamos políticos ni votos. Ni gritos ni prepotencia. Sólo la fuerza de nuestra ambición. Tenemos el poder de cambiar la atmósfera cotidiana de las compras. De cambiar el atropello por los buenos modales, las ironías por el humor que no ofende, la intolerancia por la paciencia, el "no te metás" por una actitud comprometida. Podemos contagiar "buena onda" con infinitos gestos de amabilidad, de consideración, de respeto. El ímpetu que brota del deseo profundo de construir (y no sólo del ánimo de oponerse a las cosas) puede salir a la luz cargado de resplandor. Y, aunque sea una luciérnaga solitaria, brillará.
La autora es jefa de Servicios Periodísticos del Exterior de LA NACION






