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Por José Montero
Las nuevas generaciones no saben. No tienen ni idea. No comprenden la innovación que significó, a principios de los 80, el Bombero Loco y su “máquina importada de tirar agua”. La verdadera revolución no fue el muñeco contenedor (al fin y al cabo, un pedazo de plástico inyectado), sino el rociador que trajo al país la modernidad en forma de gatillo. Hasta entonces, el que quería tirar agua como llovizna necesitaba poco menos que un compresor. Por eso, las viejas compraban el Bombero Loco para limpiar las hojas del potus. Los peluqueros compraban el Bombero Loco para humedecer cabelleras. Cuando el objetivo era jugar, vos girabas el pico para que saliera el chorro finito y largo, que podía alcanzar, con viento a favor, los cuatro metros de distancia, o más. Por supuesto que esto no implicaba dejar de lado las bombitas de agua Bombucha (menos mal que no fabricaban preservativos, porque casi la mitad venían pinchadas). Vos eras particularmente sádico y tirabas a matar, hasta que una chica a la que molestaste tomó revancha y te sentó de traste con un arma de destrucción masiva: baldazo directo a la cara.
El Bombero Loco hizo roncha con su publicidad televisiva y el jingle que repetía “divertite a lo loco”. Era caro, por eso tuvo infinidad de sucedáneos con efigies de La Momia, Rey Mono, La Pantera Rosa y varios etecé. Incluso tuvo una versión trucha que se comercializó, años atrás, como curiosidad retro. Más de uno la pagó una pequeña fortuna. ¿Acaso importa si es original o copia? El Bombero Loco es el que revive en tu memoria cada Carnaval.






