
Retratos del alma
Una muestra de 30 imágenes invita a un recorrido por la profunda y sensitiva obra del fotógrafo Anatole Saderman, un auténtico maestro del retrato que nació en Rusia, pero vivió más de 60 años en la Argentina e inmortalizó a los más notorios pintores e intelectuales de nuestro país
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Nació en Moscú en febrero de 1904 y murió en Buenos Aires en noviembre de 1993, poco antes de cumplir 90 años. Dedicó su vida entera a la imagen y decía que el alimento de su fotografía, igual que el de los pintores renacentistas, era la luz. No es otro que Anatole Saderman, maestro del retrato si los hay.
Hasta el viernes 20 de abril, en la Galería Vasari (Esmeralda 1357, Buenos Aires, 4327-0664) se expondrán unas 30 fotografías vintage del hombre que plasmó los rostros de cientos de artistas e intelectuales argentinos y extranjeros, además de una colección de paisajes urbanos de Buenos Aires y otras capitales de Europa.
Antes de radicarse definitivamente en la Argentina, en 1932, Anatole Saderman y su familia de origen tocaron varios destinos en su ruta de emigrados. En 1918, un año después de la Revolución Bolchevique, dejaron Rusia y pasaron brevísimas temporadas en Lituania y Polonia para llegar a Berlín en 1921, donde el joven Anatole estudió filología eslava, historia del arte y dibujo. Pero la crisis económica hizo que los Saderman miraran hacia América del Sur. Asunción del Paraguay, Formosa, Montevideo. Allí aprendió el oficio, en los conventillos y las calles, cuando a sus 22 años tuvo ,por casualidad, su primera cámara fotográfica.
Se casó en Buenos Aires, aquí nacieron sus hijos y más tarde sus nietos, y fundó sucesivos estudios fotográficos (en Callao y Santa Fe, en Lavalle casi esquina Florida, en San Martín al 600) por donde desfiló –aseguran sus biógrafos– “medio país”. Logró imágenes famosas de Pablo Neruda, Benito Quinquela Martín, Alejandra Pizarnik, Carlos Alonso, Raúl Soldi, Antonio Berni.
Además de sus obras, dejó un decálogo para retratistas donde dice, entre otras cosas, cuando el retratista no es capaz de amar a quien fotografiará entonces es conveniente que al menos lo odie. “Si te es indiferente –advierte Saderman– fotografía mejor una botella...”






