
Ricardo Darín El gran burlado
Nueve reinas fue vista por más de un millón de espectadores. Muchos coincidieron en que su protagonista era, sin duda, el gran actor del momento. El, más allá y más acá de los rótulos, está filmando su próxima película, La fuga, y ya se acostumbró a ser la revelación nuestra de cada año
1 minuto de lectura'
Ricardo Darín ya es un hombre grande. Corren los años 60 y lo ha probado todo, pero nada le gusta tanto como la patria chica del asiento de un avión. Es acróbata del aire. Lo suyo son los giros invertidos, los loopings, los nervios de acero, parar el motor y saborear el delicioso silencio allá en los cielos. Esos segundos en los que lo único que se escucha es el propio sobresalto. El aleteo de la respiración. Le gusta llevar en el asiento del copiloto a su hijo mayor. Se llama igual que él: Ricardo Darín (hijo).
"Mi papá era aviador, pero básicamente era poeta", dice Ricardo Darín (hijo) en el enorme sofá blanco del living de una casa vieja y delicada.
"Papá era muchas cosas. Cuando terminó el secundario le pidió a su padre que le comprara un pasaje de ida a Europa y se quedó allá 10 años, solo. Llegó a ser custodia de De Gaulle, estuvo alistado en la Legión Extranjera. Formaba parte de una casta en extinción, esos bohemios tipo Saint-Exupéry. Cuando volvió de Europa estuvo en Perú, en Brasil, y empezó a trabajar en la radio, acá." Darín (padre) fue un renacentista. Un hombre con gustos y curiosidades inacabables, que nunca tuvo demasiada suerte como actor.
"Me acuerdo de dos vuelos con mi viejo. Uno cuando llevó a un productor de una supuesta película de aviación con trama policial que estaba por hacer. El productor tenía pánico. Los vi partir, levantar y venirse abajo desde unos cien metros. El productor no se había hecho nada, estaba muerto del susto, pero a mi viejo lo traían en una estanciera, agarrándose la cara porque se la había roto contra el parabrisas. Cuando lo vi así me quedé... muerto. El pasó, me guiñó un ojo y levantó el pulgar. Que me quedara tranquilo, que estaba todo bien." Ricardo (padre) fue un rey y ahora, Ricardo (hijo) recuerda el día en que el rey puso la vida en sus manos, en pleno vuelo. El día en que el rey confió en el príncipe, y lo condenó a recordar esa demostración de la confianza absoluta como una epifanía. Como si fuera el día en que vio el mundo por primera vez.
"Yo tenía siete años. Iba en el asiento del copiloto, y no tenía pedales, pero tenía una palanca para hacer los virajes. Mi viejo me dijo: Ahora preparesé que va a manejar el avión usted solo. Se supone que cuando me mandaba máximas me trataba de usted. Decía: Vire a la derecha, yo movía la palanca y el avión zzzsssummm, iba para la derecha. Vire a la izquierda, zzzsssummm, a la izquierda. Pero como no le veía las manos, no me la creía, y le dije: Daaale, pa, lo estás manejando vos." Entonces el capitán Darín miró sobre su hombro al nene pequeñito.
"...Y levantó las manos hasta el techo, y preguntó: ¿Y ahora? Y yo, que estaba con la palanca, me morí. A ver, de nuevo, viraje a la derecha ...zzzsssummm. Y el avión viró. Y lo que yo sentí fue..., no te puedo explicar."
-¿Cómo te decía tu papá?
(Hay un silencio, breve como un pellizco.) -Ricardito. Mi viejo me decía Ricardito.
La primera vez que Ricardo (padre) se fue de su vida, Ricardito tenía 12 años. El matrimonio con su madre, la actriz René Roxana, se disolvió como manteca al sol y Ricardito se ganó la incómoda cocarda de ser hijo-de-padres-divorciados. "En esa época era difícil, nadie se divorciaba. Durante una época no lo vi mucho. No siempre supe dónde estaba. Cíclicamente reaparecía, acomodábamos las fichas y jugábamos a que a partir de ahora iba a ser distinto. El volvió a formar pareja, tuvo una hija divina, se tranquilizó, volvió a intranquilizarse. Tal era su naturaleza... No sé si él estaba orgulloso de lo que yo hacía, pero sí de mí. Es probable que él no haya terminado de acomodar bien que siendo actor le tocara asistir a la revelación de un hijo en el mismo oficio con mucha más suerte que él. Yo tuve mucha más suerte que él y que mamá, desde muy temprana edad."
Ricardo (padre) murió un 5 de enero, apenas antes de que naciera su nieto, el tercer Ricardo, el primer hijo del hombre que ahora fuma en este sofá blanco. "El otro día, revisando cartas y fotos, encontré una postal que le mandó un francés, un tal Jules Brocard. Lo había conocido en la Legión Extranjera y este tipo después se convirtió en mercenario. En la postal le hace una descripción de la guerra en la que está trabajando. Le dice que es una guerra mucho más tropical, y hace diferencias técnicas entre una cosa y la otra. No sé, a mí a veces me parece que mi viejo no se fue nunca de la Legión Extranjera." Ricardo hijo no pudo estar en la hora de la muerte de Ricardo padre. Pero si existe algo que se pueda llamar destino, justo es decir que cada uno estaba en su ley. Uno en soledad y el otro actuando en la provincia. Es probable, y sólo probable, que de todas maneras el padre se las hubiese arreglado para abandonar el mundo en un lugar solitario y lejano. Es probable, y sólo probable, que el hijo tampoco hubiera estado ahí.
Pero sólo es probable, y quizá por eso le pesa no haber estado. Le pesa mucho.
El rostro de Darín ya no se parece al rostro de Darín que estamos acostumbrados a ver en las últimas semanas.
Ahora tiene cara de tahúr.
Lleva unos bigotes finísimos que su maquillador español le sugirió que se dejara crecer para interpretar a un jugador de póquer en La fuga, la película que está rodando con Eduardo Mignogna. "Quiere ver si con los bigotes da un aire años 30."
El living está casi en penumbras. La casa de Ricardo Darín es un lugar silencioso, acolchado y en penumbras. Podría ser, también, la casa de un gato. Dice que tiene la visión de un hombre de sesenta años, gracioso regalo que le han dejado décadas bajo las luces de los teatros.
"Veo mejor en la oscuridad que con luz. Por eso estoy casi siempre a oscuras." El hombre permanentemente encandilado vive en esta casa antigua, que ostenta al fondo un galpón descomunal en el que relucen a) una mesa de ping pong y b) un hogar digno de la Shangri La de El ciudadano, by Orson Welles. En ese espacio desmesurado, Darín va a hacer un cine, pero por ahora Ricardito III, su primer hijo, despunta el vicio del fútbol. Cuatro contra cuatro, sin piedad y a primera sangre.
"Lo que pasa es que a los chicos, a Ricardito y Clarita, no los puedo llevar al Parque de la Costa. La pasan mal ellos y lo paso mal yo. Acá pueden hacer lo que se les cante." La casa es una jungla. Las enredaderas de hojas tiernas y sanas se trepan a las paredes, los árboles trepan hasta el cielo, y del cielo bajan zorzales a toda hora.
"Esta casa la habíamos visto con Florencia, mi mujer, cuando vivíamos juntos, hace tres años. La compré cuando nos separamos, hace un año y medio, con la idea de que si volvemos a estar juntos, vamos a vivir en un lugar que nos gustó a los dos antes, y si no, le va a quedar una casa que le gusta. La primera noche fuera de tu casa es terrible. Y la segunda. Y la quincuagésima. Nada es comparable a tener una familia y no vivir con ella. Eso es algo casi contra natura. En este momento no es el punto, porque si bien no estamos viviendo bajo el mismo techo, yo estoy mucho con ellos, vemos luz en el fondo. Pero hay momentos en que sólo ves oscuridad." Es raro, Darín. Asegura que es escondedor, pero contesta todas y cada una de las preguntas con despreocupación. Dice que a Susana Giménez, por ejemplo, la conoció una noche de bares. En Experiment. Ella estaba en la barra, con Soledad Silveyra.
"Tomando algo. Fue toda una aparición. Todos estábamos enamorados de Susana Giménez y me quedé pegado. Tuvieron que llamar a la policía para que me fuera. Nos caímos bien. Al poco tiempo nos vimos en Mar del Plata, ella iba a jugar al truco al Hermitage y yo también. Jugamos un par de veces en contra, y empezamos a jugar juntos. Nos empezamos a divertir mucho más." Del truco saltaron a la pareja. Fueron pioneros de la diferencia de edad. La vedette con el actor doce años menor. Estuvieron juntos ocho años, que no es decir dos días.
"Me subyugó esa diferencia entre el show off y la intimidad. Ella estaba a pleno, haciendo revista, y usaba atuendos raros y vinchas, y la diferencia entre eso y lo que es ella de verdad me subyugó. Somos muy amigos. Este último tiempo estamos atravesando un período de desatención amistosa, pero yo sé que ella está del otro lado del teléfono y ella sabe que yo voy a estar siempre detrás de donde sea." Después, vino el rapto de Florencia, y entonces las cosas se invirtieron. Darín fue el hombre y ella la adolescente rockera de San Nicolás. Una chica que cada vez que veía a Ricardo Darín en las revistas, pensaba que... en fin... no pensaba nada amable. "Ella no tuvo ningún empacho en contarme que yo no era una persona que le cayera muy bien. Le daba asquito el tufo televisivo. Razonablemente, además." Dos hijos y doce años más tarde, la chica de rulos sigue siendo la compañera de sus mejores, de sus más queridos bailes.
La quiere. Cómo no la va a querer.
Darín debe ser un montón de gente, si tenemos en cuenta que antes de ser actor quiso ser veterinario, abogado y psiquiatra.
"Pero nunca terminé el secundario. Porque soy... una porquería. Dejé a los dieciséis. Es una de las espinas que tengo clavadas." Por ser, fue de todo. Vendedor de electrodomésticos, cajero de mercadito. Vendedor de disyuntores a domicilio.
"Iba con un amigo. La puesta en escena estaba dirigida casi con exclusividad a conseguir que la persona entrevistada se animara a poner sus dedos en una planchita que iba enchufada directamente a... en fin... la corriente. Y una vez hicimos volar a una vieja. Fue un papelón. Nos dio un ataque de risa. Ella fue divina, nos entendió, le pedimos mil disculpas. Yo era buen vendedor. Era simpático, pero me cansaba. Una vez que entendía cuál era el modus operandi, la repetición del trabajo se transformaba en una cosa tediosa." Quizá por eso se quedó con uno de los pocos oficios en los que la repetición es un valor agregado. Quizá por eso Darín se hizo actor.
"Es un caso raro el mío. Porque primero trabajé a los ponchazos, pero después nunca me faltó trabajo, y nunca pedí trabajo. A veces pienso que es una cuestión de equilibrio. Todo lo que padecieron mis viejos por falta de trabajo, a mí se me dio." Desde 1975 en adelante no dejó de trabajar. Hizo tiras con Alberto Migré, formó parte del elenco de todas las películas del amor que la compañía Microfón financiaba para promocionar a sus artistas: Los éxitos del amor, La carpa, La playa y La discoteca del ídem. Ahí estaba Darín, rodeado por Franco Simone, Tormenta y Cacho Castaña.
"Todas. Las hice todas. Y metían dos millones de espectadores como si nada, y nadie hablaba de éxito cinematográfico." Pero el momento de fama con mayúsculas empezó cuando algún productor decidió que él, Carlos Calvo, Carlos Olivieri, Raúl Taibo y algunos otros formaban un dream team de simpatía, belleza y juventud. Fue entonces cuando Ricardo Darín fue un beatle.
"La época de Los Galancitos era muy graciosa. Yo tendría veinte años, lo que hacíamos artísticamente no era muy sólido, pero era la primera vez que ocurría con actores lo que solía ocurrir con los músicos." Lo que ocurría era que Los Galancitos se iban de gira, llenaban teatros y a la salida se encontraban indefectiblemente con trescientas nínfulas bramando de desesperación. Las adolescentes recortaban sus fotos y las chorreaban de carmín, a besos. Los adoraban. De galancito pasó a integrar los elencos de Nosotros y los miedos y Compromiso, dirigió obras de teatro (Pizzaman, Necesito un tenor), hizo de cadáver putrefacto en Deadly, una película de Aristarain completamente hablada en inglés, y se atrevió a aprender a bailar tap y cantar junto a Susana Giménez y Arturo Puig en el megaéxito musical Sugar. Probó, incluso, los rigores de ser galán en Estrellita mía, con Andrea del Boca en 1987, y en Rebelde, con Grecia Colmenares en 1990.
"No me gustaba hacer tiras. Las hacía porque era trabajo, pero no sirvo para galán porque soy un payaso. Me lo dijo Grecia Colmenares: Tú eres buen actor, no eres malo, pero eres muy paiaso. En aquel momento no me cayó muy bien su comentario, pero tenía razón. Hay roles que los tenés que cumplir a ultranza, y por eso a mí el galán no me va. Porque es a ultranza. El galán es galán desde que se despierta hasta que se acuesta." Y él tiene, desde que se despierta hasta que se acuesta, una tarea algo más agotadora. Ser Ricardo Darín. Un hombre amable.
Todo el mundo habla bien de Darín. Los técnicos, los actores. Darín es, dicen, una de las mejores personas que el medio pudo y ha podido dar. Lo cual nos llevaría a pensar que Darín es, como mínimo, un seductor compulsivo. Una persona que tiene mucho miedo de caer mal.
"Durante muchos años yo estaba muy preocupado porque la gente me quisiera, y que todo el mundo hablara bien de mí. Era el responsable del humor en las fiestas y reuniones, y si se producía un bache yo sacaba tres naranjas y hacía malabares. Se generó un vicio. Fue una deformación. Me autoasigné el rol de ser siempre el tipo que incita al diálogo, a buscar el punto de equilibrio. Y es medio pesado a veces. Lo que pasa es que soy un hombre muy afortunado. No me siento exitoso. Me siento un laburante, ahora mismo estoy haciendo la gira de Art, me voy el viernes a la provincia, vuelvo el lunes, me pongo a trabajar, laburo como un perro. Pero soy muy afortunado. Prefiero que la gente diga éste de qué se ríe, pero que vean uno que se ríe. Si alguien tan afortunado como yo no se ríe, en manos de quién queda eso. A veces es una carga, porque no estoy todo el día muerto de risa. Tengo problemas, pero tengo posibilidad de resolverlos. Y hay gente que no tiene posibilidades de resolver nada. Cada vez que me pongo a pensar lo que debe sentir un tipo de cuarenta años que no tiene trabajo y con una familia...se me va el cansancio.
Darín es consciente de que a veces instala su mejor contorsión de clown a contrapelo, y se pone a coincidir con lo que la gente piensa que él es. Un cabeza fresca. Un monono simpático. En los programas a los que lo invitan saca a relucir el payaso que se espera que reluzca. Pero Darín no es un payaso inofensivo, no señor. Darín es un payaso feroz.
"Soy violento. Muy violento. Pero tengo conciencia de esa violencia, y eso hace que sea absolutamente pacifista, tranquilo. Nunca me permití sacar afuera la violencia, porque las veces que me pasó lo que sentí después fue una cosa aterradora. Aterradora. Decir: !Ah!, caramba, resulta que también puedo ser así. Mi violencia no sale ahora en forma de agresión directa, pero soy muy violento verbalmente. Soy asquerosamente ácido e irónico. Mi mujer dice que se maravilla de ver cómo la gente cree que yo nunca hablo en serio. Dice: Nadie tiene idea de hasta qué punto vos estás hablando en serio, no captan el nivel de agresividad que hay en lo que decís. Le puedo decir las asquerosidades más grandes a alguien, y el tipo lo toma con una sonrisa y le dice al que tiene al lado: Ja ja ja, mirá lo que me dijo." Antes de que se estrenara Nueve reinas, Darín almorzó con Mirtha Legrand junto a Alfredo Casero, Jaime Bayly y Alejandra Pradón. Con su mejor cara de nene buenísimo dejó deslizar que le había encantado el programa en el que Mirtha le dijo a Cecilia Rosetto que tenía una ideología pasada de moda con respecto a la época de la dictadura. Hubo quienes escucharon lo que Darín dijo, y quienes pensaron que era un poco pavo, mire usted que decir que le gustó justo ese programa que fue un lío total. Un rato después, y como era 29, día de ñoquis, la señora le preguntó a Bayly si en Perú tenían la misma costumbre. Bayly, que desconocía, preguntó qué costumbre era ésa. Y Darín aclaró: "Que comemos nada más que los 29."
Frase tras frase, Darín dio una lección oculta de cómo ser una bestia sin que se note. Estaba allí para hacer de muchacho macanudo, de sobrino ideal. Y eso fue para unos. Y para otros, todo lo contrario. Puro Darín marca registrada. Enterrar un cuchillo hasta el mango sin que se note. Herir con bondad, sabiendo que la miseria es condición humana.
No terminó la escuela. No tomó la comunión. No es fanático de ningún club de fútbol. No tiene puesta la camiseta de ningún canal. Hay, en la vida de este hombre, una notable ausencia de instituciones.
"Y de la colimba me salvé porque soy clase 57. Fue cuando la edad pasó de los veinte a los dieciocho, y hubo dos clases con las que no sabían qué hacer. Por suerte no nos fusilaron. Mirá si decían: ¿Qué hacemos con esas dos clases...? Fusilemos." La única militancia que profesa es la de ser enemigo de los privilegios. Cosa complicada si se es un actor de éxito, hermano de una actriz y de una mamá ídem.
"Sí, mi hermana carga con una mochila pesada. Ella es la hermana-de-Darín. Ahora lo llevamos bien, pero durante una época no. Es medio inentendible cómo a tu hermano o a tu hijo le va tan bien, y a vos no, y él no te ayuda. Tengo una idea formada al respecto y es que éste es un medio donde la recomendación no existe. Cuando estás sin trabajo es difícil de entender que se está armando un elenco y cómo vos que sos el protagonista no metés baza, pero el estigma de caer recomendado es una factura que te pasarán de por vida. No quería eso ni para mi mamá ni para mi hermana. Ahora la veo trabajar en Por ese palpitar porque es ella y es una actriz descomunal, y no porque es la hermana de Darín." Sólo un repaso a sus últimos años profesionales muestra que hizo durante seis años Mi cuñado en Telefé, filmó El Faro con Eduardo Mignogna y El mismo amor, la misma lluvia con Juan José Campanella, protagonizó la tira La mujer del presidente en televisión y se trepó y se trepa todavía al escenario para hacer Art, junto a Germán Palacios y Oscar Martínez. Y este año, además, hizo Nueve reinas.
Un día se fue a dormir famoso y al siguiente se despertó revelación. Su personaje, Marcos, lo puso en la difícil situación de ser llamado el mejor actor argentino. El dice que no es la primera vez.
"Hace 20 años que me descubren todo el tiempo, cosa que me encanta. Está bien. Uno también es responsable de eso. Si te tocan seis años seguidos de Mi cuñado de alguna forma estás cimentando esa base. Como yo no me subo a ninguna palmera, también propicio que la gente diga: Este sigue siendo el mismo cabeza fresca de siempre. No sé. Me despierto y soy el gran actor argentino... una vez más."
Es probable que ahora sea diferente, porque Marcos no es un chanta adorable, sino un ser oscuro con barbita candado. Antes de Marcos, todos estaban de acuerdo en que Darín era un gran comediante. Después de Marcos, empezó a ser políticamente correcto hablar de lo grande que es Darín.
Ahora, Darín es un actor serio. "A mí me encanta la comedia, pero no es un género prestigioso. Siempre dijeron de mí que soy buen comediante, y yo agradezco el piropo, pero preferiría que dijeran que soy un buen actor, porque hay algo implícito en decir de alguien que es un buen comediante. Es como decir: Es bueno, pero no le pidas otra cosa, lleva una carga crítica el halago."
Por ahora prefiere no hacer tele. Mantenerse alejado del centro del huracán catódico. El año último hizo al mismo tiempo cine -El mismo amor, la misma lluvia-, teatro -Art- y televisión -La mujer del presidente-, y el desgaste se quedó con buena parte de su cuerpo.
"Tres hernias de disco me hice, sin tener ningún accidente. Me contracturo y me lo hago yo mismo. Los médicos no lo podían entender." Afuera canta un zorzal. No le gustan las plumas ni las cosas con alas, pero desde que vive en una casa con pájaros entiende un poco mejor a los pájaros y un poco menos esto de correr para llegar tarde a todos lados.
"Me parece que soy mucho más parecido a lo que debo ser cuando estoy relajado que corriendo de un lado a otro de la ciudad y no sabiendo demasiado bien por qué. Se supone que cualquiera diría: Este tipo está salvado... qué problema tiene." Se reclina en el sofá y su cara vuelve a ser la de un chico. El sobrino de todas las señoras, el novio de las muchachas en flor.
"... y yo vivo corriendo. Y me parece que esto no es muy parecido a la vida que yo quería... tener. Necesito una vida más relajada, aunque nunca la tuve. Sé cómo es esa vida esporádicamente. Digamos que más bien tengo la sospecha de cómo sería."
El living flota en la sombra. "Y me gusta."
Perder no es lo peor
Desde hace un año y medio, Ricardo Darín y José Luis Maza llevan adelante la tarea de administrar el teatro Regina, de la Casa del Teatro.
-Buscábamos un teatro para hacer una obra, y en la Casa del Teatro nos recibieron tan contentos que dijimos: "Será una señal". Y me puse a refaccionarlo yo, cuando el Regina tendría que ser arreglado por el Estado, porque es el teatro de la Casa del Teatro. Me metí en una inversión muy alta y ahora estoy medio atrapado. A lo mejor yo soy más responsable de lo que creo, y no elegí una programación adecuada. Está bien que no recibí la ayuda que me prometieron varios, pero también es cierto que nadie está obligado a ayudar a nadie. Me metí en una época que estaba facturando bien, hacía televisión, estaba con Art, y todo lo que salía de ahí iba a parar al Regina, y está ahí. Si me tengo que ir ahora me daría mucha bronca. Pero si perdí, perdí. No estaría tan mal, después de todo, que un tipo que tiene tanta suerte pierda.






