
En la nueva película de Jonathan Demme, la multipremiada actriz encarna a una rockera descarriada que intenta reconstruir su vida familiar.
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Por Leonardo M. D’Espósito
Todos aquellos cuya educación incluye una buena porción de Los Simpson sabemos que versatilidad es Meryl Streep. Lo dice Lisa y lo decimos nosotros, porque sí, nadie más versátil que la Meryl, la chica que hizo un secundarísimo papel en Manhattan y hoy va por el récord absoluto de premios Oscar. A esta altura de las circunstancias, tiene algo de Mirtha Legrand de Hollywood: puede decir lo que quiera y su opinión deja roncha (se equivoque o no, aunque Meryl Streep se equivoca menos). Pero supera a la señora cenadora –que fue nuestra gran estrella clásica del cine, no lo olviden– en que es capaz de hacerlo todo. Especialmente, y desde principios de los años 90, comedia.
En los años 80, después de Kramer vs. Kramer y La decisión de Sophie, Streep era la señora de hacer llorar, y es posible que de allí provenga el reflejo al aplauso unánime. Entonces hizo Recuerdos de Hollywood, la versión cinematográfica de la autobiografía disfrazada de Carrie "Leia" Fisher Postales desde el abismo, donde terminaba cantando. ¡Porque Meryl canta y se ríe!, lo que implica más que la Garbo.Y nos mató a puro garbo de ahí en adelante con La muerte le sienta bien.
Ricki and the Flash es la nueva película-que-se-estrena-para-los-Oscar protagonizada por Mrs. Streep. Y la dirige Jonathan Demme. Demme hace ficciones y hace documentales, y es muy bueno en ambos campos. En el primero, se ha ocupado de minas con problemas en el mundo de los hombres como su ópera prima de cárcel de mujeres Caged Heat, pasando por Totalmente salvaje y El silencio de los inocentes, hasta La boda de Rachel, un clásico de la pantalla de I.Sat. En el segundo, de rockers en estado de gracia, sean los Talking Heads en el cénit cuando Stop Making Sense (1984), o un audaz Robyn Hitchcock (Storefront Hitchcock, 1998) o Neil Young (Neil Young: Heart of Gold, 2006). Es cierto, también Demme es un gran director de ficciones y de documentales con tintes políticos, pero lo más interesante es cuando narra un cuento para contar otra cosa. O cuando mezcla todo, y Ricki... es, justamente, la mezcla de todo.

La historia es la de una mujer que abandona a su familia para perseguir el sueño de triunfar como cantante de rock, que no lo logra, que anda con una banda de bar en bar (la "banda" la componen Rick Springfield, el bajista de Neil Young Rick Rosas, el ex-Eagles Joe Vitale y el ex-Parliament Funkadelic Bernie Worrell), hasta que decide volver a casa para recomponer su vida. Que no es algo fácil, claro que no. Después de todo, el film se construye alrededor de un dilema que está en la base de toda la filmografía del realizador: la posibilidad de ser uno mismo en una sociedad que obliga a cierto grado de represión. Otra vez, conviene repasar la olvidada obra maestra que fue Totalmente salvaje para comprender cuál es el camino. Uno de los núcleos de la película tiene que ver con –adivinen– la relación entre madre e hija, que aparece invertida: el espíritu adolescente está del lado de la progenitora. La chica no tan chica ha sido abandonada por su pareja. También está el otro costado: el hijo a punto de casarse que se avergüenza de la madre. Y el ex marido que asume el rol de padre. De paso, el marido es Kevin Kline, lo que suele funcionar como garantía. En medio de todo esto, hay mucha música. Canciones de Bruce Springsteen, Tom Petty y Lady Gaga en la voz de la señora protagonista.
Si vuelve a leer la apurada sinopsis, puede pensar que se trata de una versión retrorocker de Mary Poppins, con el agente fantástico del destino que viene a poner orden en la casa familiar. Quizás sea eso lo que pensó la guionista Diablo Cody a la hora de plantear la historia, pero conociendo a Demme, lo más probable es que nos encontremos con algo más agridulce que irónico, más comprometido con la mirada de los protagonistas que acusatorio de los males del mundo. A la hora de sumar nombres, el ensamble parece justo y que cada pieza está en su lugar. Uno le tiene confianza; de última, Meryl vuelve a divertirse y, cuando eso pasa, todo mejora.
La hora de la comedia
Para recomendar las comedias de Meryl Streep, es mejor hacer un ranking. En un quinto lugar, Recuerdos de Hollywood (Mike Nichols, 1990), como una actriz que perdió su oportunidad y encima tiene una madre estrella. En cuarto, La diabla (Susan Seidelman, 1989), donde peleaba con Roseanne Barr por el amor de un torpe Ed Begley Jr. En el tercer lugar, obviamente, El diablo viste a la moda, con su tremenda editora de modas con dirección de David Frankel (2006). El segundo lugar es para la bellísima Julie y Julia (Nora Ephron, 2009), como la gran gastrónoma Julia Child. Y, en primer lugar, la perfecta, desatada, misantrópica y cartoonesca La muerte le sienta bien (Robert Zemeckis, 1992). En esas películas, en hacer reír, Streep se recibe de actriz en serio.






