Ricky Gervais y una alarma para los que se creen despiertos
Solo porque algo te ofenda no significa que tengas razón. No todo se trata de vos. El actor y guionista Ricky Gervais respondió así a las críticas que recibió después de su refrescante monólogo del domingo pasado en la entrega de los Golden Globes, en los que ofició por quinta vez (y última, según adelantó más tarde) como presentador. El discurso de apertura, en el que, entre otras cosas, les recomendó a los que recibieran premios que evitaran las largas declamaciones políticas "porque no están en posición de sermonear al público sobre ningún tema: si ganan, suban, acepten sus premiecitos, agradézcanle a su agente y a su Dios, ¡y desaparezcan!", sonó como una alarma aguda y evidentemente perturbadora para esos que se llaman a sí mismos despiertos (woke) y que se sientan cómodos en toda gala hollywoodense que se precie.
Los referentes de la cultura woke se autoperciben con mayor conciencia y sensibilidad sobre las injusticias sociales y, por lo mismo, con una moral superior para decir quiénes deben ser cancelados por no tener esa sensibilidad. Así, en el manual habitual de la cancelación de una figura pública y de las estrategias para evitar que eso suceda, después de una noche como la del domingo, Gervais debió haberse retractado y disculpado hasta obtener la absolución de los mismísimos ganadores del Globo de Oro de la Moral (De paso, propongo esa categoría para la próxima edición de los premios, o aunque sea para la de los Martín Fierro). Como, a diferencia de lo que dijo el protagonista de After Life, en la era woke, los ofendidos siempre tienen razón, Gervais también debió haberse sometido a las explicaciones acerca de cada uno de los chistes que no le hicieron gracia a los que deciden qué es lo que está bien, al menos hasta que esa mayoría despierta lo considerase reeducado. Solo en caso de tener esa suerte habría estado en condiciones de asumir su error y acceder al privilegio de flagelarse en público con un nuevo discurso en el que reconociera lo terriblemente equivocado que estaba.
Pero el humorista no pidió disculpas, y muchos de los que en todo el mundo seguimos la ceremonia riendo desde nuestras casas quizá deberíamos estar agradecidos. Es doble su valentía: primero, por haber sido capaz de hacer humor incorrecto desde la meca de quienes lavan sus culpas a fuerza de corrección, y sin eufemismos para marcarlo ("Esta noche hay muchas estrellas muy diversas en la sala, pero todos tienen algo en común: todos le temen a Ronan Farrow", dijo por ejemplo sobre el periodista que destapó los escandalosos abusos que dieron origen al #MeToo). Algunos de los críticos se quejaron de que Gervais le pegaba en su discurso a los débiles. Pero, como se preguntó con buen criterio un tuitero: ¿acaso pegarle a las productoras y a los actores y actrices mejor pagos del mundo es meterse con los débiles? Sirve como botón de muestra para representar a la cultura woke: el victimizarse aun cuando se es una multinacional poderosa o el actor del momento.
La segunda razón para agradecerle a Gervais es justamente que no haya pedido disculpas. En un mundo en el que todo parece ficción, hacernos cargo de lo que creemos y decimos resulta uno de los pocos caminos para poder pensar sociedades verdaderamente más justas; y es que tenemos que partir de algún principio de realidad para que los cambios que buscamos también puedan ser reales. Y para eso, no viene mal que alguien nos despierte de la ilusión de que realmente podemos más estar despiertos que cualquiera que trate de vivir sus sueños como pueda a nuestro lado.
El humor ayuda a veces a decir algunas cosas que necesitamos que se digan. Ricky Gervais ya se excusó de presentar los premios en 2021, pero quizá con su monólogo y su valentía para sostenerlo, nos hizo dar esta semana un salto de varios años contra la cultura de la cancelación. En vez de postear en redes un pedido de disculpas, el actor dejó un mensaje superador: "Es mucho mejor hacer chistes que la guerra. Si podemos reírnos, es que la broma es buena".
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