
Ricky Sarkany: Me rindo a tus pies
Hiperquinético y desbordante, el diseñador favorito de las celebrities locales habla de sus orígenes inmigrantes, de cómo se ganó un lugar en el esquivo mercado de la moda y del arte de saber, cada temporada, qué calzado elegir
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Prescinde de la respiración. Pausas y silencios son objetos de anticuario. Para Ricky Sarkany los espacios entre palabras y pisar la pelota para ver a dónde le pegará no parecen ser opción. Hasta lo que cuenta parece morir si no se apura. Cuesta pensarlo cepillándose los dientes. Sólo cepillándose los dientes.
En el diván de Sarkany la historia comienza en Hungría, cuando sus padres escaparon de la Budapest de posguerra. "Hubo un plebiscito para votar a favor o en contra del regimen comunista. Mi padre votó en contra. Esa misma noche los fueron a buscar; mis padres ya tenían quien los cruzara". Checoslovaquia, Austria, Italia y la fortuna que quiso que ese barco que zarpó de Génova llegara a Argentina en 1950 y no a Australia. Don Sarkany vino con poco dinero y un español ajeno. Grabó dos frases para asegurarse lo necesario: "Tenga la bondad de darme fuego" y "un cuarto de sémola, por favor".
Unos cueros, el oficio (transmitido por su padre) y la subsistencia fueron el combo para devorarse los días desde una pieza de Núñez sin estudio de mercado. Así fue que las botas ajustadísimas y con flecos confeccionadas recibieron un "no" de los comerciantes de la calle Florida. "La cultura de la mujer argentina no es como la europea", recuerda Sarkany que su padre le contó. Pero lo fabricado había que venderlo. Las prostitutas fueron las clientas, "felices de usar diseños transgresores". La historia se repitió en el verano, y el hijo de quien había vestido los pies de Sza Sza Gabor supuso que unas sandalias con tiritas finitas y forro rosa Dior serían el objeto de deseo. Error, otra vez. Mismas clientas, otra vez.
El relato de los Sarkany inmigrantes no escapa a la media. Querían un m’hijo el dotor. Lo querían lejos del taller y en aulas. Eso pasó, pero no se despegó de la tradición familiar. En 1982, con bagaje de las clases de Administración de Empresas, Ricky empezó a hacer lo que la historia marca en toda empresa familiar: el que llega hace cambios. "Nos teníamos que abrir al público. Papá puso un aviso: Ricky Sarkany, el calzado más caro del país, a precio de fábrica, ahora vende al público ". De ahí, al shopping. Casi 20 años y una sola queja: él no hubiese permitido que le pusieran su nombre, pero ya estaba hecho.
-La crisis de 2001 fue tu despegue
-Fue una súper oportunidad. Aparecieron nuevos clientes, el argentino que compraba en el exterior dejó de viajar, o viajaba pero no compraba. Y el que venía del exterior a aprovechar el 4 a 1.
-El consumidor es consumidor de tendencias. Vos sos el que las piensa.
-No, no marcamos tendencia: somos esclavos. La marcan los principales centros de la moda: Milán, Nueva York y París.
Llegamos a la paradoja; Sarkany es marca buscada pero con una amplitud de público notable. El lo explica: "Vendemos en lugares con la misma imagen pero donde hay tres mujeres con mismo poder adquisitvo y distinto estilo. Patio Bullrich, Unicenter y Alcorta. En base a eso se arman las vidrieras". Y le funciona. Más acrílico en una, más animal print en la otra, más sobriedad por allá.
-¿En los pies de quién, si pudieras, evitarías que estén tus zapatos?
-¡Uf! ¡De tanta gente! Pero no tengo derecho de admisión, es un problema cuando uno tiene una escala importante.
Dice que la cosa no está en asistir a desfiles, sino "en los restaurantes de onda, la peluquería de onda. Ahí ves la actitud, qué se ponen. En un Fashion Week veo la popular de la cancha de fútbol, los que asisten."
Son las seis de la tarde pero se sospecha que su cabeza está en las 20. O en la temporada que viene. En las tiritas finitas -o no-, en el rosa Dior -o no-. Lo sabremos cuando los pies busquen el verano que viene. Cuando la búsqueda coincida, mágicamente, con lo que está en la vidriera.
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