
Robert Redford: gente como uno
Después de tres años, vuelve a la pantalla grande como actor. Además, se reafirma como productor cinematográfico, en una película sobre el Che. Seductor como siempre y más sereno que nunca, dice que es bueno olvidarse de la fama e invita a rescatar los valores profundos que enriquecen al común de los mortales
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El hecho de nombrar a Robert Redford genera suspiros en millones de mujeres, más allá de los 67 años que cumple en pocos días. Claro que no los aparenta. Pero igual sugiere un instantáneo respeto con sólo pisar la sala, sentarse en el sillón o compartir con este cronista la botella de agua mineral. Es inevitable que su presencia dispare recuerdos de tantos clásicos de Hollywood como El golpe, Butch Cassidy, El Gran Gatsby, Africa mía o la más reciente Juego de espías. Pasaron tres años desde aquella película, y parecía haberse retirado como actor de la pantalla grande para ocuparse de la producción. Pero decidió volver con The Clearing (que en la Argentina se estrenará en noviembre), en la piel de un exitoso americano secuestrado a plena luz del día.
–¿Se parece en algo al protagonista de la película?
–Puede ser... Yo también sufro de claustrofobia. No me gusta sentarme en la misma silla demasiado tiempo. Odio estar confinado en un lugar determinado. Toda mi vida traté de mantenerme en movimiento, con libertad de ir de un lado al otro. Pero también me gustó esta película porque muestra las dos caras del sueño americano.
–¿Cuáles son esas caras?
–Para mí, el sueño americano siempre significó una ambición por triunfar en un sentido clásico. Pero en este caso, al buscar esa obsesión, se pueden perder otros valores, como una relación personal dentro de la familia.
–¿A usted le pasó?
–Cualquiera puede decir que lo más importante es el camino que uno recorre para llegar a la cima, en vez del solo hecho de haber llegado. Cuando llegás, a veces es difícil encontrar más desafíos y no siempre funciona el incentivo mental que te llevaba a seguir. Sin incentivos, uno se aburre. Así es la vida.
–¿Ya no disfruta de la fama?
–Creo que lo demostré con mi proyecto de Sundance (que incluye un festival de cine y un instituto que creado para encontrar voces y artistas nuevos que pudieran trabajar y crecer); lo hice tratando de encontrar recuerdos de mi vida, cuando yo recién empezaba en el teatro.
–¿Cómo fue que cambió el teatro por el cine?
–Llegué al teatro en la última etapa de los más grandes guionistas como Tennessee Williams. Y al minuto de entrar, comenzó una nueva era, la de gritar en el escenario; había como una cultura de la droga. Eran los tiempos de Hair, por ejemplo. Se volvió un período revolucionario, bastante excitante, pero no demasiado atractivo para un actor.
–¿Qué buenos recuerdos le quedan de sus primeros pasos como actor?
–Lo disfrutaba a pleno, todo era emocionante. Cuando recién empecé mi carrera no sabía lo que me esperaba y tampoco tenía nada que perder. Los recursos era ínfimos y lo único que tenía eran esperanzas. Fueron momentos admirables, tiempos en los que la pasión era plena. Y el éxito muchas veces tiene sus restricciones. Por eso pienso que los caminos de mi vida siempre fueron mejores cuando los recorría sin tanta gloria en la llegada.
–¿Confiaba en que tendría éxito?
–Ahí entra el perfil psicológico. Toda mi vida tuve esa confianza, sabía que algo iba a pasar. No sabía lo que iba a ser, pero esperanzas me sobraban. También viví varios momentos en los que me rebelaba o luchaba contra ciertas fuerzas de la fama. Y las autoridades o reglas que yo empleaba trataban de convencerme de que era un tonto o estaba equivocado. Peleando por mis convicciones terminé creando un camino independiente, hasta que me di cuenta de que no tenía otra opción y debía caminar por la misma calle que todos.
Se refiere a la época de rebeldía en los años 70, cuando se había convertido en la estrella número uno en Hollywood después de los éxitos consecutivos de Tal como éramos, con Barbra Streisand; El golpe, con Paul Newman, y El Gran Gatsby. En plena fama intentó impulsar diferentes causas para proteger el ambiente, mientras invertía su dinero en un enorme rancho de Utah, que hoy es el más popular complejo de Sundance.
–¿Siempre aprovechó la fama o cierta posición en Hollywood para una buena causa?
–No me parece que yo haya sido el único en la sociedad que buscó éxito y dinero para encontrar otro tipo de valores. La gente no siempre lo nota, pero es así. Claro que se disfruta el efecto que trae la fortuna o el lujo, y es tal como uno lo sueña de joven. Pero a veces, sin saberlo, uno deja de lado otras realidades porque el éxito no te las deja ver. En la película The Clearing, el marido que busca más y más éxito deja de prestarle atención a lo que pasa en su hogar. La esposa lo acepta y suena divertido, pero esa aceptación lleva a cierta tensión en la pareja, que hace menos atractiva la situación.
Sin señalarlo directamente, en cierta forma Robert Redford se siente identificado por haberse divorciado en pleno éxito, en la época en que triunfaba con la película Africa mía. Mucho antes de convertirse en actor, ya se había casado con Lola Van Wagenen, el 12 de septiembre de 1958, después de que ella incluso abandonara los estudios universitarios para dedicarse a la vida de casada. Pero el matrimonio terminó en un divorcio oficial en 1985, y hoy sólo tienen en común el cariño por tres hijos (un cuarto bebe falleció por muerte súbita). La hija mayor, Shauna (44), heredó la pasión por la pintura y convirtió a Robert Redford en abuelo en 1991. El otro hijo, Jamie (42), es guionista; y la menor, Amy Hart (34), es la única que trabaja como actriz.
El orgulloso abuelito Robert lleva el mismo nombre de su padre, Charles Robert Redford. Nació en Santa Mónica el 18 de agosto de 1937. Al principio se ganó la vida en una compañía petrolera donde su padre era contador. También se dedicó a la pintura, en un viaje que hizo por Europa, hasta que volvió a Nueva York y se convirtió en el actor que ahora conocemos.
Al mundo del cine entró en 1962 al lado de Sidney Pollack, con la película War Hunt y un cheque de apenas 500 dólares que vale comparar con los once millones de dólares que hoy gana por film.
Nadie se animaría a cuestionar sus 45 años de carrera, durante los cuales llegó a rechazar films como El graduado, Quién le teme a Virginia Wolf o El bebé de Rosemary, además de haber sido considerado para el personaje de Michael Corleone, en El padrino, que después aceptó Al Pacino.
–¿Cine independiente o grandes estudios?
–Personalmente, para mí, las películas de altos presupuestos siempre vienen con un peso extra, una especie de obesidad donde la burocracia de las compañías que quieren protegerse embarran el trabajo, donde es difícil mantener la energía de la actuación. He hecho tanto cine del grande como del chico independiente, pero sigo prefiriendo el grande porque el ritmo y la energía son diferentes.
–Analicemos un par de rumores. El primero: ¿cuál fue aquella historia en la que alguien no quiso devolverle los documentos?
–En Utah, una vez perdí mis documentos y los pocos dólares que llevaba adentro. Alguien los encontró y llamó a Sundance diciendo que los tenía y a cambio pidió una foto conmigo. Yo no sabía nada. Y le dijeron que estaba bien, pero que devolviera los documentos. De repente, el hombre se sintió con fama y salió diciendo que yo no quería sacarme una foto con él y se resistía a devolverme algo que era mío. Pero no fue verdad lo que publicaron, yo nunca me había negado a la foto, simplemente no me había enterado.
–¿Tampoco es cierto que hace poco estuvo con Fidel Castro, en Cuba, luego de la filmación de Diarios de motocicleta, la película sobre el Che Guevara que usted produjo?
–Eso sí es verdad. Y fue bravo. Fui a Cuba, en enero, para mostrarle la película a la viuda del Che Guevara, porque ella me había cedido los derechos, y en el arreglo me comprometí a mostrársela. Y cuando fui, también estaba Fidel Castro.
–¿Le gustan los films con sentido político, como Fareinheit 9/11, de Michael Moore?
–Yo hice algunas películas con ciertas ideas políticas, así que no puedo quejarme, pero en el caso del documental de Moore, no creo que sea justo utilizar el cine como propaganda política. Pero mientras haya una buena historia y personajes determinados, vale la pena hacer cine de todo tipo.
–¿Usted no había hecho algo parecido, con El candidato, una sátira de las campañas políticas?
–En el momento en que la filmamos, sólo hacíamos cine, tratando de generar una idea, pero no pensábamos que podía sobrevivir. Por lo visto, recobra vida con cada nuevo período de elecciones.
–¿El sentido inmortal del cine es el lado de su carrera que disfruta?
–Sí. Lo único que no me gusta de mi carrera es que parezco haber llegado al final de una era, en vez de estar en el medio o en el principio. Me gustaría volver al principio.
Para saber más
www.imdb.com
www.oscars.org
www.todocine.com
Su vida
NOMBRE COMPLETO: Charles Robert Redford Jr.
NACIO: El 18 de agosto de 1937
EN CINE: Debutó en 1962, con War Hunt
ACTUO: En más de 30 films, produjo 23 y dirigió seis
FUNDO: En 1980, el Instituto Sundance, para buscar y promover nuevos talentos
GANO: Cinco Globo de Oro y dos premios Oscar (en 1981, por la dirección de Gente como uno, y en 2002, honorífico por su trayectoria
Un viaje de ida
"Diarios de motocicleta es un film sobre Ernesto Guevara antes de convertirse en el Che." De esta manera, el director Walter Salles (realizador, entre otras pelícu-las, de Estación Central) define a la película que se estrenará en la Argentina en los próximos días. Está inspirada en los sucesos que ocurrieron en la vida de Ernesto Guevara y Alberto Granado, en 1952. Robert Redford, en su rol de productor ejecutivo, encontró en estos relatos una fuen-te de inspiración. "Sabía que Walter –explica Redford– sería capaz de manejar la historia con lirismo y humanidad." Protagonizada por Gael García Bernal (Amores perros) y Rodrigo de la Serna (Okupas), y con la actuación de Mer-cedes Morán y Ulises Dumont, la película muestra cómo aquel viaje inspiró a los dos jóvenes a asumir un compromiso social que les cambiaría la vida para siempre.
Fabiana Scherer
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