
Romper el silencio en la isla del fin del mundo
Una periodista se embarca en un crucero por el canal de Beagle para explorar junto a europeos la Patagonia chilena austral y desembarcar en el legendario cabo de Hornos
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CANAL DE BEAGLE.- Lo recuerdo bien. Tenía 9 años, no se podía encender la luz ni siquiera la televisión dentro de la casa. La ciudad debía ocultarse en la penumbra. Era la directiva marcial. Un simulacro impuesto y patriótico para que ningún avión de combate chileno pudiera identificar un blanco en un eventual bombardeo.
Esa fue mi primera lección sobre el conflicto del fin del mundo. Una guerra de amagues, que no fue inflamada tras décadas de desinteligencias limítrofes. Una tensión entre dictaduras, llena de incertidumbre, que aún frente a los ojos de una niña asomaba demencial. Aquella noche oscura del 78 fue también la primera vez que supe de la existencia de Picton, Nueva y Lennox, esas islas enigmáticas sobre el canal de Beagle que, ahora, mientras nos aprestamos a desembarcar en el cabo de Hornos han quedado atrás. Igual que en la historia argentina.
Navegar por las aguas gélidas del Atlántico Sur, asumirme en ese punto austral del mapa, escuchar la tonada chilena, por momentos imperativa de la tripulación, activó mi memoria emotiva. Como fotos blanco y negro, los recuerdos -¿los traumas?- asomaron apenas zarpé de Ushuaia, con ese punteado rojo en la pantalla del GPS del barco que exhibía los límites meridionales de ambos países. Un boicot al goce esa evocación, en medio de una travesía fascinante. Junto a 94 extranjeros, la mayoría europeos, nos embarcamos en el Via Australis, un crucero de lujo chileno, pero con dimensiones humanas. Desprovisto de boato, no tiene casinos ni piscinas ni spa. De elegante estilo inglés, seduce con un lujo auténtico: navegar las aguas del cabo de Hornos, desembarcar allí donde el mundo luego desaparece y ponerle el cuerpo a glaciares, fiordos y paraísos inaccesibles de la Patagonia chilena austral.
Un viaje de aventura, con tripulación bien adiestrada en la sincronicidad con los zodiac, conferencias temáticas y platos gourmet.
Vientos y mares iracundos; cielos plomizos que en un parpadear mutan al carbón; lluvia y olas lamiendo ojos de buey tienen un rol protagónico en la travesía. Los extranjeros agradecen esas condiciones. No atraviesan el globo, dicen, para ver decorados bonitos desde una reposera con un drink. Buscan vivenciar la crudeza de estos confines inhóspitos tal cual son. Llenarse los pulmones con del aire del fin del mundo para sentir la Patagonia en el cuerpo. Experiencia sin maquillaje, de cuatro noches, con destino final Punta Arenas.
Ya en los zodiacs, con vientos de 90 km/h, atajando olas que nos repelen, enfilamos hacia tierra firme en el cabo de Hornos. Mil kilómetros al sur comienza la Antártida, el otro desvelo europeo. Vamos surcando aguas tempestuosas, el mayor sepulcro oceánico del planeta. Unas 10.000 naves con miles de navegantes zozobraron allí sin dejar rastros. Justo en el punto donde el Pacífico y el Atlántico se abrazan; el límite norte del pasaje de Drake. Es esa bravura la que ahora, con 5°, algunos timoneles de vela intentan domar. Cruzar el cabo de Hornos y asomar en el Pacífico puede ser una hazaña. El crucero no la emprende. Fondea en Caleta León, en aguas más sosegadas sobre la cara del Atlántico.
Desde el semirrígido, la isla Hornos parece una montaña hundida en el mar. Su costa es un acantilado, en partes abismal, que se eleva hasta 425 metros. Trepamos en fila india por una escalinata en zigzag y arriba nos espera el alcalde de mar Samuel Gutiérrez. Junto a su mujer y sus dos hijos son los encargados de ejercer la soberanía chilena. Viven en una casa anexada al faro, que en su interior atesora banderas de todas las nacionalidades. Son el testimonio de las embarcaciones deportivas que llegaron -al igual que el pionero Fitz Roy- hasta este promontorio de 30 km2 de roca y turba recortada como el filo de un serrucho. La isla del fin del mundo. Uno la siente así al palpar su desolación, interrumpida por el vuelo de gigantes: los albatros. Pero los sentidos muchas veces mienten. El rigor cartográfico señala que América recién culmina 100 km al sur del cabo de Hornos. En el islote Águila, en las islas Diego Ramírez (Chile), se ubica el punto más austral. Nada de eso importa ahora. Nadie habla. Escuchamos el bramido del viento y sus azotes al mar. Estamos -intuyo- extraviados en otro viaje. Nos embarga una rara emoción. La de poder robarle algo de su intimidad al colérico cabo de Hornos.
Lo podemos recorrer de punta a punta gracias al desminado humanitario de 2009 y 2010. Treinta años atrás, durante la Guerra de Malvinas, esas trampas eran escudos con los que la armada chilena esperaba una invasión argentina. "Era un campo de 18.000 m2 sembrado de explosivos", me precisa un economista suizo, compañero de mesa. Antes del viaje tomó la previsión de estudiar el terreno. En su casa de Zurich -me confiará- colgará el diploma que acredita su paso por el fin del mundo.
Con los salvavidas puestos, recorremos la isla por una angosta pasarela de madera. El viento asume la intensidad de un huracán y sus ráfagas de 148 km/h taclean nuestro equilibrio. Desde cualquier punto se ven las aguas sediciosas del cabo. Son un espectáculo cinético de fuerte impacto por su vaivén azul demencial. Como el resto, quiero llegar hasta el monumento que honra a los hombres engullidos por este mar: esa sugestiva silueta en lo alto que, enmarcada en un rombo de bronce, dibuja en el aire el vuelo de un albatros. Antes de llegar, grabada en un mármol, una poesía nos revela su significado: Soy el Albatros que te espera en el final del mundo/ Soy el alma olvidada de los marineros muertos que cruzaron el c abo de Hornos desde todos los mares de la tierra/ Pero ellos no murieron en las furiosas olas/ Hoy vuelan en mis alas, hacia la eternidad/ en la última grieta de los vientos antárticos.
Yo creo escucharlos. El viento vocifera ahora a 188 km/h, y nos expulsa de sus dominios. Podría voltearnos. Nadie se quiere ir. Apuramos la visita a la capilla Stella Maris, virgen protectora de los navegantes, y al interior del faro. Algunos nos corremos del sendero de madera para sentir, además del viento, la maleza del suelo. No crece otra cosa allí. Lo paradójico es que en la isla del fin del mundo no hay nada y a la vez todo está allí.
Refugiados en el crucero, con rumbo norte, veo al cabo de Hornos empequeñecerse hasta desaparecer. La bruma lo tapa primero; el oleaje lo borra después. En los próximos días nos esperan otras mil maravillas: las paredes azuladas de glaciares besando el mar; los bosques subantárticos con sus enjambres de canelos, ñirres y calafates; las colonias emparejadas de pingüinos magallánicos; los ecos de las andanzas de Darwin por los fiordos de los Yamanas. Y hasta la alegre custodia de delfines australes que, en manadas, improvisan sus piruetas al lado de los zodiac para llamar nuestra atención. Pero nada se comparará con el misterio del cabo de Hornos y su ascetismo. En la última cena, mis compañeros de mesa me dicen: "Es una experiencia singularmente anormal".
Salgo a cubierta. Las estrellas no brillan porque el cielo continúa encapotado. Todo está oscuro. Tengo la sensación de que en los barcos se viaja dos veces: hay un viaje geográfico y otro interior. Sumergida en esa oscuridad percibo cómo el viento patagónico diluye un viejo trauma.






