
Rumania: fabricante de gimnastas
La producción de atletas rumanas continúa. Las nenas que participan no lo hacen para servir al comunismo, sino para escapar de la pobreza
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En las Olimpíadas de Sydney, las jóvenes de Rumania enfrentaron, una vez más, a las grandes potencias de la gimnasia. Para un público acostumbrado a ver por televisión a las diminutas rumanas desplazándose por el aire con tanta naturalidad como si fuera su elemento, ansiosas de ganar medallas, el hecho no resulta sorprendente.
Pero ya han pasado 24 años desde que Nadia Comaneci consiguió aquel perfecto 10, y más de una década desde el derrumbamiento del bloque soviético... que se llevó consigo sus infames fábricas de medallas. Es decir, todas menos una. El sistema que produjo a la gimnasta más famosa del mundo todavía sigue en actividad, con todos los engranajes perfectamente aceitados: el año último, las rumanas ganaron su cuarto campeonato mundial, y entraron en Sydney con las mejores posibilidades de llevarse la medalla de oro. Ahora, sin embargo, las gimnastas ya no lo hacen para mayor gloria del comunismo o del Estado, sino por ellas mismas, dado que es una de las poquísimas maneras de escapar de la pobreza en uno de los países más pobres de Europa.
Al caer en el desnivel de las barras paralelas asimétricas, el aparato gimnástico de mayor complejidad, el cuerpo humano alcanza una fuerza equivalente a 3,7 veces su peso normal. La posibilidad de tener brazos suficientemente poderosos como para ejercer esa fuerza y volver a elevar el cuerpo es el resultado de una sencilla ecuación: la proporción entre la fuerza de los músculos y el peso del cuerpo. Uno podría creer que la persona mejor equipada para esa proeza sería un pato vica, un fisicoculturista. Y estaría equivocado. En la realidad, la persona ideal para lograrlo es una chica pequeñita. El legendario entrenador rumano Bela Karolyi fue uno de los primeros que lo entendió, y reforzó esa evidencia con un brutal régimen de entrenamiento para catapultar a las gimnastas rumanas a un lugar de privilegio en la escena mundial.
La cavernosa sala de deportes de la Escuela de Gimnasia Nadia Comaneci, el lugar de entrenamiento de elite, ha decaído mucho desde la época de Karolyi (que ahora es el coach del equipo de Estados Unidos). El yeso se desmorona, la pintura está descascarada, el linóleo se despega del piso y está lleno de bombitas quemadas. El presupuesto de Rumania para todo su programa de gimnasia es de 650.000 dólares, pero no es el dinero lo que hace que esta fábrica funcione. Es la disciplina de las 220 niñas que entregaron su infancia para poder participar.
Golpeando las manos, un instructor da por terminada la sesión de tres horas. Jadeando, las chicas guardan su equipo y salen corriendo a almorzar. "La gente que viene del exterior no puede entender cómo son las cosas para nosotros -dice una de las entrenadoras, Ludminita Railea-nu-. Sólo ven algo muy bello. Pero nosotros lo vemos de otro modo, porque sabemos cuánto trabajo hay invertido en esto. Vemos la diferencia entre las chicas que recién llegan y las que ya han estado un año aquí. Las mayores tienen gran concentración. Han dejado de ser niñas."
A los 13 años, Madalina Ripeanu ya es una de las mayores. (Idealmente, las chicas ingresan a la escuela a los 6 años.) Es una de las 12 chicas del equipo junior que se está preparando para las Olimpíadas de 2004. "En otros países no hacen gimnasia como en Rumania. En Estados Unidos lo hacen por placer. Aquí es un trabajo. Otras niñas tienen infancia, tiempo para jugar. Aquí no hay tiempo para nada de eso."
Para Daniela Georgescu, la madre de Simona, de 15 años, dedicarse a la gimnasia resulta una opción muy razonable. "Desde la revolución, la vida es muy dura, es la ley de la jungla -dice-. La gimnasia implica un futuro más fácil que trabajar en una fábrica o ser vendedora".
Pero el presente es muy duro para estas nenas. Se levantan a las 7.30 para desayunar, asisten a clase de 8 a 10, entrenan de 10.30 a 13.30. Después del almuerzo, estudian de 14 a 16, y luego tienen un poco de tiempo libre antes de cenar e irse a la cama.
El entrenador jefe de las gimnastas rumanas, Octavian Belu, dice que el sistema se ha suavizado un poco desde la época comunista, pero no gran cosa. "Después de la revolución, todo el mundo sentía la tentación de pensar que todo lo de antes estaba mal -dice-. Pero nosotros no lo creíamos así. Conservamos los métodos que usábamos antes. Es importante gastar dinero, pero creo que el secreto es que nosotros invertimos más tiempo en entrenamiento".
Pero incluso en Rumania, la gente está empezando a cuestionar un sistema que somete a las chicas a tanto castigo, tan sólo para ganar el oro olímpico. "Si tuviera una hija, yo no lo aceptaría -dice Cristina Vladu, una ex gimnasta y ahora integrante de la Federación Atlética Rumana-. En otras actividades atléticas, empiezan a los 14 años, así que se quedan con sus padres durante sus primeros años. Para los niños es muy bueno estar con sus padres."
Belu minimiza las quejas, alegando: "Nadie entiende que en Rumania la gimnasia es opcional. Nadie está obligado a dedicarse a la actividad".
Es posible, pero una de las entrenadoras que trabaja bajo las órdenes de Belu tiene reservas con respecto al régimen de preparación: "Mi hija jamás será gimnasta -dice Raileanu, que fue gimnasta de niña-. Ninguna ex gimnasta sometería a su hija a esto. Es demasiado cruel".
El oro, y el antidoping positivo en Sydney
"Nuestras gimnastas no amenazaron con devolver las medallas si su compañera Andrea Raducan no es rehabilitada por el Comité Olímpico Internacional (COI), que la despojó de la medalla dorada, por dar positivo en un control antidoping", afirmó Ion Tiriac, presidente del comité rumano. Tras la descalificación de la joven atleta, de 17 años, por detectársele, pseudoefedrina en el análisis efectuado tras su victoria, el 21 del actual, en la competencia individual que se había adjudicado.
Tiriac, ex coach de Guillermo Vilas y Boris Becker, salió en defensa de la atleta y argumentó que "el doping positivo se debió a la ingesta equivocada de un fuerte antigripal (Nurofen)", que figura en la lista de sustancias prohibidas del COI.
A poco de conocerse la noticia, el Movimiento Olímpico actuó con celeridad: descalificó a Raducan de la prueba individual de gimnasia artística y le quitó la medalla dorada.
La menuda gimnasta, de 37 kilos, aseguró en más de una ocasión, delante de un tribunal del COI, que no sabía que este medicamento contenía seudoefedrina, sustancia no prohibida porla Federación Internacional de Gimnasia, pero sí en la lista del COI. Ante estas cataratas de información, el Comité Olímpico Rumano no se quedó con los brazos cruzados y de inmediato despidió al médico de la delegación, Iachin Oana, que había recetado el medicamento a la atleta.
El doping positivo de la rumana suscitó fuertes controversias no sólo en la delegación rumana, sino también en el seno del COI, ya que se afirma que la atleta simplemente ingirió un medicamento para poder sobreponerse de un resfrío.
Pero el caso de la joven Raducan excedió los límites de los Juegos Olímpicos y generó repercusiones de todo tipo.
En la ciudad de Craiova unas cuatrocientas personas manifestaron por las calles reclamando la devolución de la medalla de oro a Raducan. "Fue despojada de su medalla por querer curarse de un resfrío", decían varios carteles de los manifestantes que no se resignaban a ver humillada y fuera del podio a su deportista.
El gobierno rumano tampoco se quedó en silencio y aclaró que si ella queda sin su medalla de oro, no recibirá el premio de 15.000 dólares prometido para los atletas campeones en Sydney. El caso de Raducan fue el primer doping positivo que se registró en los Juegos Olímpicos de Sydney2000.





