
Hay una banda de sonido para cada tipo de ejercicio y así lo comprobamos al abandonar las pesas y entrar en la zona prohibida del gimnasio: la sala de spinning.
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Y un día me animé. Dejé mis prejuicios a un lado de las mancuernas de 12 y 14 kg del sector de musculación de un gimnasio ubicado en Acoyte y Rivadavia y me introduje en el submundo del spinning, aquella secta cuyo dios es la velocidad, y sus feligreses le rinden culto moviendo alocadamente las piernas en bicicletas que no van a ninguna parte. Algo ocurría en esas clases. Lo sospechaba mirando desde afuera, del otro lado del vidrio de aquel primer piso. A una hora señalada, hombres y mujeres de todo tipo de estado atlético se acercaban a ese salón como una congregación se agolpa a la hora de una misa. Armados con su botellita de agua y sus toallas, más que a sufrir, iban a divertirse en esta actividad aeróbica bastante movida que, después supe, acelera el metabolismo y en una sola sesión quema casi 700 calorías. Lo veía en sus gestos, en la manera en que entraban al salón y saludaban al instructor de turno, Cristian, bajito y fibroso, antítesis del típico profesor de gimnasio, panzón y canchero, cuyo máximo esfuerzo diario consiste en sonreír y tratar de levantarse a las pocas mujeres que asisten a estas fábricas de Narcisos.
Así fue como puse en pausa mi rutina, aquel mandato por verme más como Thor que como el Capitán América, y me trepé a una de las bicicletas con la curiosidad del antropólogo y la ingenuidad del debutante. Apenas Cristian pronunció su acostumbrada frase de arranque –"redondo el pedaleo"–, recordé que había leído en alguna parte que el spinning es una práctica más que joven, ya que fue creada en 1987 cuando un triatleta estadounidense llamado Johnny Goldberg hackeó una bicicleta en el garaje de su casa así podía entrenarse para una supercarrera de Los Ángeles a Nueva York los días que no podía salir a la ruta. Como se aburría, le agregó música. Luego registró la marca y, como un virus, introdujo esta actividad en un gimnasio. Y fue un boom. En unos años, el spinning se expandió por Estados Unidos y el mundo como un chisme se disemina en una peluquería femenina. Además de ejercitar el cuerpo, el invento de Goldberg había nacido con una especie de filosofía zen adosada: pedalear para agotarse y combatir el estrés cotidiano.
Sorteada la primera clase, de repente me encontré con que mi cuerpo era convocado por la música, por los gritos de "¡velocidad!", "si no me exijo, no mejoro", "¡arriba!", "¡cambio de ritmo!", "¡más resistencia!" o "¡mantengo!", que Cristian arrojaba desde una tarima. Mi cerebro había recibido un shock de endorfinas, aquellos neurotransmisores de placer que, según exageran los bioquímicos, provocan sensaciones similares a las de la morfina, el opio o la heroína, pero sin sus efectos negativos. Quería más. De ir sólo los sábados a las seis de la tarde, comencé a ir también los lunes, los miércoles, los viernes. Había algo ahí, en ese mix explosivo de música, velocidad, transpiración y grupalidad, que me había vuelto un adicto.

Como los
habitués
de cierto colectivo o subte que se cruzan todos los días a la misma hora –aquellos "otros" que sentimos que conocemos desde hace años, aunque no sepamos sus nombres–, los rostros, cuerpos y peculiaridades del resto de mis compañeros de
spinning
comenzaron a resultarme familiares: la chica de piernas esculpidas que se sienta en la bicicleta de la esquina, la rubia que no para de mirar de reojo su Blackberry, el ridículo de las calzas largas, el que se acalambra siempre, los que gritan o los que no se callan.
Con el tiempo, mis piernas se agrandaron sin el dolor vergonzosamente paralizante del día posterior a cualquier ejercicio de fuerza de gemelos, aductores y cuádriceps. Ir a una clase de spinning era como entrar en un boliche, pero sin el riesgo de ponerme en pedo –y gastar un dineral en tragos– o de volver a mi casa con la ropa cargada de olor a humo.
Tenía que saber qué provocaba en mí tanta compulsión por una actividad que hasta hacía unos meses consideraba ajena, una rutina de oficinistas con poco tiempo, para hombres y mujeres que sólo pretendían bajar de peso y calzarse el bikini o la sunga en el verano. ¿Era la música que ponía Cristian, las llamadas por los especialistas power songs? ¿Era el hecho de pedalear hasta no distinguir la silueta de mis rodillas en el sprint final al ritmo de American Iditot, de Green Day; o Nookie, de Limp Bizkit? ¿O me atraía verme tentado a exigirme aún más que el tipo de al lado, en una competencia secreta, primitiva y no declarada, para demostrarle que yo podía más que él?
Entonces me topé con los estudios de un tal Costas Karageorghis, un psicólogo de la Brunel University de Londres, que certifican lo que venía sintiendo: escuchar música efectivamente mejora los resultados de una actividad física. Con la música adecuada uno puede mejorar su rendimiento hasta en un 15%, me comentó por mail. Motivado con la canción adecuada, uno se esfuerza un 7% más de lo habitual, ya sea pedaleando o corriendo. La clave, cuenta, son los llamados "bpm" o "pulsos por minuto" de una canción.
Las de hip-hop suelen tener entre 88 y 112. Las de house, entre 112 y 136. Como cuentan en rockandrunning.com, para trotar o pedalear tranquilo, las canciones deberían ser de 135 a 139 bpm ( Enter Sandman, de Metallica; Jump, de Van Halen; Push It, de Garbage); para ir más rápido, en cambio, 150 bpm ( Dancing in the Dark, de Bruce Springsteen). Ritmo atleta: 159 bpm ( Richard III, de Supergrass; The Rockafeller Skank, de Fatboy Slim). Ritmo "bestia": 169 bpm ( I Wanna Be Sedated, de los Ramones; Paint it Black, de los Stones). Y ritmo "keniata": 174 bpm ( I’m on Fire, de Bruce Springsteen; Such Great Heights, de The Postal Service).
"La música es como una droga legal para los deportistas –dice Karageorghis–. Reduce la percepción del esfuerzo y aumenta la resistencia. Los estudios demuestran que cuando el sistema nervioso se sincroniza con la música, la mente se olvida por un momento del esfuerzo." Además, está el hecho, por todos conocido, de que ciertas melodías regulan el humor de las personas e incluso disparan memorias y emociones. El musicólogo y filósofo Julius Portnoy va más lejos y asegura que la música puede cambiar las tasas metabólicas, aumentar o disminuir la presión arterial, los niveles de energía y la digestión.

Hay que admitirlo. Las investigaciones sobre la música y su efecto en el cerebro son increíbles. El psicólogo Lorenzo Stafford, de la Universidad de Portsmouth, Inglaterra, descubrió algo que los dueños de los boliches saben hace tiempo: la música puede alterar el sabor que tenemos del alcohol. O sea, cuando la música está muy fuerte, no distinguimos bien cuánto tomamos o creemos que un trago es más dulce de lo que en realidad es. Así se explica por qué muchos consumimos más alcohol en entornos ruidosos (además de por qué en ciertos boliches se esfuerzan por volvernos sordos, claro).
Otra razón del furor del spinning podría también estar en su esencia grupal. Al correr o nadar solos, nos ensimismamos y –hay que confesar– evitamos las malas compañías. Sin embargo, por lo general, nos amesetamos. No superamos cierto umbral de esfuerzo. Y no mejoramos. Aquellos que corren en grupo o entrenan acompañados podrían tener la solución. No importa que sea un amigo o una pareja. Hacer una actividad física con alguien despierta nuestro demonio interno, nuestro "yo competidor".
Hay psicólogos que ven en esto también los trazos de la evolución, así como advierten en el temor a las alturas cierto resabio evolutivo en nuestros cerebros, que protegía a nuestros antiguos ancestros primates de caerse de los árboles. Como humanos, somos una especie social, y no podríamos haber sobrevivido sin cooperar ni comunicarnos. El neurobiólogo alemán Stefan Koelsch de la Freie Universität Berlin dice que, cuando los individuos cooperan y realizan en conjunto cualquier tipo de actividad (pedalear juntos, hinchar por un mismo equipo, y sí, aunque parezca disparatado, asistir a una orgía), emerge una sensación de cohesión social, un sentimiento de unidad, de comunión, que se fortalece incluso más si está mediado por música reconocida entre pares.
También podría ser que lo racionalizo todo. Que le busco una explicación a lo que no la tiene. O que el spinning dentro de unos años será un recuerdo lejano como lo es ahora el paddle. Hasta entonces, yo seguiré pedaleando mientras tarareo, sin que me vean, una canción tras otra.
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