Se fue para crecer, logró crear un negocio millonario, pero hoy elije volver a Argentina: “Veo cambio, oportunidad”
Desde chico tenía sed de mundo, logró irse a los 21 y en Países Bajos fundó una empresa exitosa; hoy cuenta por qué volver no responde únicamente a la nostalgia, sino a razones más profundas
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Para Matias Rodsevich, Argentina nunca dejó de estar presente. Desde su lugar en Ámsterdam, jamás dejó de seguir las noticias, ver los partidos de la selección de hockey o fútbol en la madrugada europea, o realizar constantes llamadas por WhatsApp.
Y en cada uno de los regresos a la Argentina, vivía una experiencia intensa en la que sentía que el país había cambiado, junto a sus nuevos gobiernos, nuevas crisis, nuevas esperanzas: “En los años del cepo era volver y andar por la calle con bolsas con efectivo cambiando euros a mis amigos. Otros años las cervecerías artesanales estaban de moda, después los cafés de especialidad, después el techno, y así. Y a medida que notaba esos cambios, veía también a la familia y amigos cada vez más mayores avanzando en sus vidas, casándose, teniendo hijos. Me di cuenta de que yo también había cambiado. Veía el país con otros ojos, con más perspectiva pero también con más nostalgia”.
“Y de a poco, con cada charla, cada viaje, viendo a mi sobrina crecer, la idea de volver se fue haciendo cada vez más presente. La sensación de querer pasar cada vez más tiempo allá... La idea se fue gestando hasta volverse inevitable”, relata Matías mientras trae al presente su historia.

Sin embargo, como fundador de una agencia de relaciones públicas que trabaja con startups y scale-ups en Europa, y con una facturación anual millonaria, volver parecía no tener sentido. ¿Para qué regresar?, comenzó a cuestionarle la mayoría.
Resulta que lo de Matías no es únicamente nostalgia, existen razones más profundas.
Un sueño desde la infancia: “Tenía sed de mundo, y no sentía que Argentina me pudiese ofrecer eso”
Matías se recuerda queriendo irse desde muy chico. A los 13 años se autogestionó un intercambio con el Rotary Club para vivir un año en Hamburgo, pero sus padres no lo aceptaron. Varios años más tarde, logró cumplir su sueño en Australia, donde estudió parte de su carrera, que concluyó en Argentina siendo aún muy joven.
Para entonces, Matías quería volver a irse, pero de verdad. En aquellos tiempos el país atravesaba una situación económica complicada, con cepo cambiario, inflación alta, y él sentía que para alguien de su edad las perspectivas de crecimiento profesional e independencia financiera eran limitadas. Pero no se trataba únicamente de lo económico, ese niño explorador que vivía en él emergía una y otra vez y le pedía volar: “Tenía curiosidad, ganas de probarme en otro contexto, de ver qué pasaba si me tiraba a la pileta en serio y estar rodeado de otras culturas. Tenía sed de mundo, y no sentía que Argentina estando tan lejos de todo me pudiese ofrecer eso”, asegura Matías.

“Esta vez, la familia lo tomó con una mezcla de preocupación y aceptación, como es lógico. Mis viejos me apoyaron, pero fue duro para ellos. Me fui en 2015 con 21 años. Ámsterdam no es la vuelta de la esquina. Los amigos de acá estaban tristes pero se lo veían venir y siempre me apoyaron. Fue un salto al vacío, pero de esos que sentís que tenés que dar”.
Ámsterdam, una sociedad calvinista y de meritocracia real: “No importa de dónde venís, qué apellido tenés o a quién conocés”
En Ámsterdam vivía una amiga, y en esa urbe fue donde Matías eligió quedarse. La ciudad amaneció tan increíble como vertiginosa y `calvinista´. El joven pronto descubrió que allí no se ostentaba y que incluso estaba mal visto hacerlo. `Doe even normaal´ (sé normal) oía decir por ahí, una frase que remarcaba que querer diferenciarse del resto con marcas o mostrando cosas caras, cae mal.
En aquellos primeros días no pudo evitar quedar impactado por la eficiencia y la confianza en el sistema, todo funcionaba, desde los trenes, hasta las reglas impuestas a los ciudadanos, de quienes pudo percibir una cultura de responsabilidad individual muy marcada: “Eso para alguien que viene de Argentina, donde la viveza criolla es casi un valor cultural, es un choque total”.
“Lo positivo, entonces, es que la meritocracia es real. Si laburás bien, te va bien. No importa de dónde venís, qué apellido tenés o a quién conocés. Eso me permitió construir una carrera desde cero. En Ámsterdam se creó el capitalismo moderno, son los pioneros del comercio internacional. Creo que no conozco una ciudad más cosmopolita y abierta a lo internacional que Ámsterdam”, manifiesta Matías.

“Acá todos vivimos vidas similares, y por lo general no se le asigna valor a la gente en base a cuánto gana o dónde se va de vacaciones. Eso me encantó viniendo de Sudamérica donde las clases están sumamente divididas y marcan el día a día de todos”.
“Lo no tan positivo: los holandeses son directos hasta un punto que puede resultar chocante. No hay filtro, no hay vueltas. Al principio me costó, pero después lo aprendí a valorar. Es mucho más eficiente que andar con indirectas todo el tiempo, y aplica a todo, desde salir de citas con gente hasta lo laboral”.
Una calidad de vida muy alta, pero con bemoles: “Otros problemas, ni peores ni mejores, otros”
Semanas, meses y años pasaron, y la adaptación de Matías fue casi completa, salvo por el clima: nunca se acostumbró del todo a los inviernos grises y eternos. El mar de bicicletas, en cambio, pasó de ser un paisaje extraño a uno amado. Sin importar las condiciones climáticas, la bici fue la reina desde el primer día en Países Bajos y ningún plan se cancelaba aunque la temperatura estuviera bajo cero: “Me voló la cabeza como uno puede hacer literal todo en bici, hasta llevar muebles que se encuentra en la calle”.

La calidad de vida, evidente desde el comienzo, trajo mejorías invaluables en la vida de Matías, como poder caminar y andar en bicicleta a cualquier hora sin mirar para atrás, así como contar con acceso bien organizado a la salud, la educación, y a la infraestructura de la ciudad.
“Pero como cualquier país, Holanda tiene sus problemas también. Es un país muy chico pero con 18 millones de personas, básicamente no hay espacio y el metro cuadrado es carísimo. A eso sumale que Ámsterdam se está hundiendo en pilotes de madera, que estamos 2 metros abajo del nivel del mar, que los costos de vida se volvieron altísimos —1200 euros una habitación en un piso compartido y con los mismos sueldos que hace 5 años—, mucha gente que se mudó a Ámsterdam post-Brexit lo que hizo que los costos incrementen, que estamos constantemente amenazados por guerras cercanas. En fin, otros problemas, ni peores ni mejores, otros”.

“En cuanto a calidad humana, es distinto. Los holandeses son respetuosos, profesionales, pero las amistades son más difíciles de construir. Todo es más estructurado, más planificado. Se extraña la calidez argentina, el asado improvisado, la juntada espontánea. Sin embargo, debo admitir que también aprecio la honestidad holandesa y el respeto a la palabra, algo que en Argentina no es tan común. Si quedaste el martes a las 20hs, podes contar con eso y no dudar un segundo que el plan va a suceder”.
Animarse a emprender y crear un negocio millonario: “No hay amigo del primo que te tira una mano”
Tras algunos trabajos en relación de dependencia, Matías se aventuró a una odisea desafiante: a sus 25 años fundó PRLab, sin inversión, sin socios capitalistas, tan solo con la idea de ofrecer relaciones públicas para startups.
Carente de red de contactos ni comprender del todo los códigos culturales, el reto parecía imposible, pero Matías sabía que contaba con una gran ventaja: vivir en un país con el ecosistema de startups y tech más desarrollados de Europa.
“Ámsterdam, Rotterdam, Utrecht... están llenas de empresas innovadoras, inversores, talento internacional. Ahí aprendí lo que es trabajar en PR tech, primero en agencias y después fundando la mía propia”, explica.

“Pero que quede claro: emprender en un país que no es el tuyo no es para nada fácil. Cada cliente que conseguís es porque te lo ganaste puramente por mérito. No hay amigo del primo que te tira una mano, no hay `che, hablá con fulano que te puede ayudar´. Es todo a pulmón”, asegura.
“Hubo momentos de muchísima incertidumbre, de preguntarme si no estaba loco, de sentir que estaba compitiendo con agencias establecidas que tenían todo lo que yo no tenía. Pero justamente esa dificultad me obligó a ser mejor, a ofrecer algo diferente, a no poder depender de nada que no fuera el valor real que generaba para mis clientes”, continúa Matías, quien trabajó junto a clientes startups que se expandieron a nuevos mercados y fueron destacados en TechCrunch, Bloomberg y Financial Times, y en 2024 expandió la agencia a Estados Unidos. “Los retos fueron enormes. Competir en ese mercado siendo extranjero te obliga a ser mejor. Tenés que demostrar valor todos los días”.

Cuando volver a la Argentina no se siente como retroceder: “Veo cambios, veo ganas, veo una ventana de oportunidad”
¿Por qué volver ahora? Esa es la pregunta que todos le hacen. Tras una década de crecimiento y éxitos de los cuales siente mucho orgullo, Matías decidió regresar a la Argentina. No lo hace porque las cosas no funcionaron, lo hace porque hoy siente que volver tiene más sentido que quedarse.
El niño explorador que lleva dentro, ese con sed de mundo y de apertura mental, hoy - y como sucedió siempre- busca mayores desafíos, y, al parecer, Argentina lleva consigo el reto mayor, la aventura que precisa en este presente.
“Podría darte una respuesta romántica sobre extrañar el país, la familia, el dulce de leche. Y todo eso es cierto. Pero hay algo más profundo”, reflexiona. “Después de 10 años construyendo en un mercado maduro, hipercompetitivo, siento que aprendí todo lo que tenía que aprender ahí. Y hay algo en Argentina, en este momento específico, que me llama: disfrutar de lo conseguido. Veo un ecosistema emprendedor que está creciendo, talento increíble que está subvalorado, oportunidades de construir cosas que en Europa ya están saturadas”.

“Y en lo personal, quiero disfrutar a mi familia y amigos. Me fui con 21 años, vuelvo con 32. Muchas cosas cambiaron y me cansé de no estar en sus momentos importantes: bodas, cumpleaños, funerales. Ya no me los quiero perder más”, continúa. “El timing es complejo, lo sé. El contexto político y económico es incierto, tanto acá como allá. Pero también veo cambios, veo ganas, veo una ventana de oportunidad”, manifiesta Matías.
“Mis expectativas son realistas. No vengo a `salvar´ nada ni a ser el argentino que vuelve con la receta mágica. Vengo a aplicar lo que aprendí, a conectar lo que construí afuera con lo que se puede hacer acá, y a estar cerca de los míos. Argentina tiene cosas hermosas para ofrecernos, hay espacio, el clima es hermoso, hay diversidad de paisajes, es fácil conectar con la gente y hay una apertura mental que en muchos países de Europa no hay.
“Los desafíos van a ser enormes. La inestabilidad económica, la burocracia, la falta de previsibilidad. Pero si algo aprendí en estos 10 años es que los desafíos son oportunidades disfrazadas y que cada uno puede construir su propia realidad, esté donde esté. Aprendí que no hay un solo modelo de éxito. En Países Bajos aprendí disciplina, eficiencia, meritocracia, la importancia de cumplir con la palabra. En Argentina aprendí adaptabilidad, espontaneidad y a aceptar el presente”.

“Entendí que podés construir una vida profesional exitosa sin sacrificar quién sos. Durante años intenté `ser holandés´, adaptarme completamente mientras rechazaba mi cultura. Hasta que entendí que mi valor estaba justamente en ser distinto, en traer otra perspectiva. Y aprendí que extrañar no es debilidad. Que podés estar agradecido por lo que un lugar te dio y aun así decidir que tu lugar está en otro lado”.
“Y que una experiencia no se mide por lo que duró, sino por lo que te dejó. Estoy aprendiendo que volver no es retroceder. Es integrar todo lo vivido y elegir conscientemente dónde querés estar. Con 32 años, con una empresa funcionando a nivel global, con perspectiva internacional, vuelvo porque quiero, no porque no me quedó otra. Esto último, para mí, hace toda la diferencia”, concluye.
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Si querés compartir tu experiencia de regreso podés escribir a argentinainesperada@gmail.com
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