Secretos del arte

Guillermo Jaim Etcheverry
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23 de mayo de 2010  

Al acercarse a una obra de arte -cualquiera sea su naturaleza- se intuyen en ella secretos por descubrir. Confiamos en que esa aproximación nos los develará. Pero, en realidad, lo que atrae nuestra imaginación y curiosidad es la intuición de que el secreto que esconde no se refiere a la obra misma, sino a nuestra naturaleza humana más profunda. A propósito de las artes plásticas, lo expresa muy bien el conocido crítico de arte y escritor británico John Berger: "Uno mira siempre las pinturas con la esperanza de descubrir un secreto. No un secreto sobre el arte, sino sobre la vida. Y si lo descubre, seguirá siendo un secreto porque, después de todo, no se puede traducir en palabras. Con las palabras, lo único que resulta posible hacer es trazar, a grandes rasgos, un mapa que nos oriente hacia él".

Esto es efectivamente así porque el verdadero arte nos impulsa a explorar zonas de nuestro ser que escapan de la esfera racional, que no pueden expresarse más que por el medio que eligió el artista. Lo dijo con elegancia el poeta francés Paul Valéry: "Si un pájaro supiera explicar lo que canta, por qué y cómo canta, dejaría de cantar".

Esa es la importancia que tiene el frecuentar las manifestaciones artísticas para construir la complejidad de las personas: la de aproximarlas a la significación de su propia vida descubriéndoles rincones de su interior hasta entonces por ellas ignorados. Hace unos años, en oportunidad de dirigirse a los jóvenes graduados de la Universidad de Stanford, en los EE.UU., Kirk Varnedoe, que fue profesor de Historia del Arte en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton y reconocido curador del Museo de Arte Moderno de Nueva York, destacó que el arte trascendente tiene la virtud de proponer nuevos mundos, distintos de los conocidos. Tal vez lo más importante -decía- es que el arte logra que las personas se detengan a prestar atención a cosas que dan por supuestas, que consiga que lo que ellas creen saber les resulte extraño y, de ese modo, que termine por modificar la relación del ser humano con la realidad de su vida, descubriéndole posibilidades inesperadas.

Tal vez en esa capacidad de transformar la percepción de la realidad resida la importancia esencial del arte, tanto para las personas como para la sociedad. De allí que en nuestra formación resulte fundamental frecuentar sus manifestaciones, no sólo como una experiencia, a veces placentera, otras perturbadora o inquietante, sino como un modo básico de conocimiento de facetas de lo real y, sobre todo, de nosotros mismos. Ellas no se nos aparecen inmediatamente como tales, pero transforman nuestras relaciones con la vida al expandir las posibilidades que nos ofrece.

En la oportunidad comentada, Varnedoe señalaba ante los jóvenes que uno de los aspectos más satisfactorios e íntimos de su crecimiento y de su relación con el mundo puede surgir de reconocer el modo profundo en que los sentimientos que desarrolla el arte -que al comienzo les resulta extraño y hasta lejano- enriquecen su comprensión de lo cotidiano que los rodea.

Ese conocimiento más acabado de nuestra naturaleza logra introducirnos en los múltiples universos que, sin saberlo, alojamos dentro. Y contribuye así, de un modo decisivo, a descubrir la compleja textura de nuestro interior. El arte es una posibilidad que está allí, esperándonos para colaborar en la difícil aventura de conocernos.

Varnedoe sintetiza admirablemente las consecuencias de dejar pasar esa oportunidad: "Si son indiferentes, es posible que permanezcan sordos a una música que tal vez podría resonar con su interior, ciegos a formas que seguramente podrían modificar radicalmente y para siempre su manera de ver las cosas; en fin, corren el peligro de pasar por su vida sin vivirla". Lo ha dicho la escritora Margaret Atwood: "El arte no es sólo lo que hacemos; es lo que somos".

El autor es educador y ensayista

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