
Sentirse Rocky, o las emociones fuertes que puede desatar una clase de boxeo
Inspirado en sus grandes ídolos, un cronista incursiona en un entrenamiento que deja secuelas... de todo tipo
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¿Por qué practicás boxeo, a los 42 años, cuando nunca en tu vida te peleaste con alguien? ", me preguntó una amiga, mientras yo preparaba el bolso con un par de vendas, los guantes de 14 onzas y el protector bucal. No pude responder.
No sé si fue el entusiasmo que me contagió el Chino Maidana, el crédito argentino que esta noche peleará en Las Vegas, o las 754 veces que vi Rocky, en todas sus versiones. Pero es cierto que la pregunta me disparó un recuerdo. Uno muy especial: el año pasado, a bordo de un ómnibus que unía Washington con Boston, en los Estados Unidos, convencí a mi mujer de bajar en Filadelfia, la tierra del legendario Rocky Balboa. Pretendía hacer la misma carrera triunfal de aquel grandioso boxeador de película, recordado por todos los de nuestra generación. O casi todos. Subir al trote por aquellas escalinatas del popular Museo de Arte; mirar desde arriba el Benjamin Franklin Parkway y levantar los brazos de la victoria para decir: "Acá está el campeón".
Y así fue nomás. Con los ojos brillosos cumplí aquel "sueño del pibe" por las Rocky steps. Acaso la letra chica de esta travesía revelará que para grabar mi video oficial, antes tuve que trepar las escalinatas con dos valijas de 20 kilos cada una; hice una parada técnica obligada por mi descuidado estado atlético y llegué casi sin aire. Lo peor: mi mujer, que ya me esperaba arriba, no tuvo mejor idea que filmarlo. Su voz en off decía: "Acá vemos al Rocky argentino, totalmente destruido". Cuando vi ese video, ya arriba del ómnibus, casi lloré por primera vez en Filadelfia.
En mayo pasado, después de buscar varios gimnasios para practicar boxeo encontré uno que, por sencillo, misterioso y pequeño, resultó perfecto. Se trata del club Social y Deportivo Juventud de Núñez, en 11 de Septiembre al 3600, donde en una cantina un puñado de hombres mayores de 70 años repiten historias en la única mesa ocupada.
Detrás de ese salón está el gimnasio Bonifacio Boxing Club. Tiene un ring armado en un rincón, escoltado por cajoneras de chapa que atesoran guantes, sogas y pesas. Más allá, dos gigantografías de Sugar Ray Leonard y Mohamed Alí custodian este recinto que atrapa. Si hay un sitio de dónde puede salir un campeón del mundo, es éste. Así que arranqué.
En la primera clase, Damián Bonifacio, uno de los profesores, me hizo algunas preguntas de rigor; entre ellas, "cuál era mi experiencia más cercana al boxeo". "Ninguna", le dije, sin vacilar.
Antes de pegarle a alguna de las ocho bolsas que cuelgan en el gimnasio, mi primer gran escollo fue domar "la soga". Algo que parecía sencillo -saltar repetidamente, como los chicos-, me resultó un poco menos difícil que entender las conferencias de prensa del jefe de gabinete de la Nación, Jorge Capitanich.
Coordinar los movimientos no siendo un virtuoso de la elasticidad, fue una costosa tarea. El resultado: mientras mis compañeros "bailaban" al hacer esta rutina, yo saltaba simulando el movimiento, pero... sin la soga. Recordarlo me pone la piel de gallina. Eso sí: sirvió para probar mi moral y mi autoestima. El suplicio duró seis clases. "No aflojés. En la próxima lo hacés bien", me dijo Damián una noche. Y en el séptimo entrenamiento, lo aprendí. "Si este tipo no es Dios, debe ser primo hermano de Jesús", pensé.
Entrenar boxeo es hacer una dura rutina aeróbica de 45 minutos. Se encadenan 120 abdominales, 100 burpees, 80 sentadillas, 40 flexiones de brazos, y una decena de ejercicios distintos, como pegarle con una masa a la cubierta de un camión. No hay obligaciones: uno hace hasta donde su físico resista. Y lo que yo puedo, no es poco. "Pero tampoco mucho", agregaría un colega de la sección Deportes de la nacion. Después llegan otros 45 minutos dedicados a golpear bolsas. Un reloj marca cada round, de tres minutos, y entre uno y otro hay 30 segundos de descanso. Entonces, es el tiempo de la técnica. De pulir los golpes.
Al segundo round, los guantes pesan como plomo. Los brazos se caen y las piernas sueñan con una reposera en Playa del Carmen. Desde el rincón llegan los gritos. "¡Vamos, vamos, no paramos!", se escucha. Entonces, las pulsaciones suben. El cuerpo se estremece, hasta que un timbre que hace de "campana" anuncia el descanso.
Tras ocho clases de aprender llega el tiempo del "guanteo". Es lo más parecido a una pelea mano a mano, pero sin golpear. Así se aprende a mejorar los movimientos de ataque y defensa.
La última gran emoción fuerte que me dio el boxeo fue hace pocos días. Casi al final de la clase, hubo tres minutos para "guantear", sin colocarnos los cabezales. La consigna era clara: "Es marcar los movimientos; no se peguen".
Pero la adrenalina te lleva. Te enloquece. Te entusiasma. Cuatro golpes abajo y dos arriba. Ahí estábamos, unos y otros, cuerpo a cuerpo. Gancho y cross; gancho y cross. Aunque en versión "cámara lenta". Hasta que en un momento sale esa mano perdida. Esa mano soñada. "Ma' qué marcar", pensé. En las películas, sería la mano del final; con la que el "bueno" le gana al "malo". Como Rocky, sí, o como el Chino Maidana. Y la gente estalla, salta, se emociona. Si lo pienso como espectador, me hubiese parado para aplaudirla. Pero no: era el protagonista. Sí, señor. Y esa mano me dio justo en la cara. Justo.
Dos cosas recordé en ese momento sublime. Una, la frase que Damián me repite cada clase: "Subí la guardia". La otra, la de un colega que cubrió peleas de Mike Tyson, entre otros grandes del boxeo, y me aventuró una enseñanza: "Lo peor para un boxeador que pierde por knock out no es el dolor físico, sino la cara de nabo que te deja". Terrible verdad. Terrible.
Vuelvo a la inquietud inicial de mi amiga: "¿Por qué hacés boxeo a los 42 años si nunca te peleaste con alguien?". Tal vez sea por la pasión que despierta; por la adrenalina, la emoción. También por el sacrificio, el camino con escollos y ese aprendizaje de asimilar los golpes que recibimos. Pero que te empujan a mejorar, a seguir. Sí, tal vez por eso practico boxeo; porque este deporte es lo más parecido a la vida.






