
En la segunda entrega de la saga de Ted, el osito de peluche adolescente, el creador de Padre de familia despliega una nueva dosis de humor delirante y políticamente incorrecto.
1 minuto de lectura'

Seamos claros: nadie va a sorprenderse con Ted 2, porque la sorpresa de la primera se esfumó a los diez minutos de comenzada la precuela. Nadie va a sorprenderse tampoco por lo que solemos llamar "incorrección política": Ted sigue siendo grosero, obsesionado con el sexo y adolescente en grado sumo. Su único consumo es la cultura popular, y lo sabemos porque, después de todo, Ted es el propio Seth McFarlane, un humorista un poco difícil de clasificar. No es un genio, no es malo, a veces es brillante, a veces es simplemente tonto, pero tiene la virtud de saber que hasta la bobería más insigne puede pasar por arte. McFarlane es el responsable de Padre de familia, de American Dad, de The Cleveland Show y de haber conducido la antepenúltima entrega de los Oscar en una noche en la que no había demasiada empatía entre el host y el público (lo mismo le pasó a Neal Patrick Harris, que es un genio, este año: el Oscar es la fiesta donde se sonríe tieso). En fin, McFarlane insiste con su osito de peluche, que fue un enorme éxito hace un par de años. Y está bien que insista.
En esta ocasión, Ted se ha casado con una rubia escultural (Jessica Barth) y su amigo John está otra vez soltero. Ted y su mujer han decidido ser padres, lo que implica una serie de problemas que exceden lo puramente biológico: para el Estado, Ted no es una persona, lo que significa que tampoco puede ser padre. Las circunstancias llevan a un juicio y a sus consecuencias, pero esto es solo el andamio narrativo para volver a las viejas andadas del muchacho torpe y el osito grosero.
El director-actor-guionista McFarlane tiene como norte encontrar aquello que más ofensivo resulte y utilizarlo de tal modo que se rompa la ofensa con la risa. Este mecanismo es la base de toda su obra, lo que en algún punto, como método, puede sonar repetitivo. El año pasado aplicó el método al western con A Million Ways To Die In The West, que aquí se llamó (ay) Pueblo chico, pistola grande. Había gags que funcionaban bien, otros muy bien, otros poco, otros nada. Pero si se compara con la otra sátira "políticamente incorrecta" del western, Locura en el Oeste (1974), de Mel Brooks, resulta menos efectiva. ¿Por qué? Simple: la incorrección política se diluye en el tiempo. Las condiciones cambian y el chiste acusatorio termina como rareza arqueológica. Sin embargo, con Ted eso no es tan sencillo, porque Ted y Ted 2 son films específicamente autobiográficos. El verdadero objeto de burla no es el mundo ni lo son sus instituciones, sino el señor Seth McFarlane.

Todos sabemos que la edad se corrió diez años. Que los cuarenta son los nuevos treinta y que la adolescencia dura demasiado. McFarlane, ese obseso de Star Wars, hace un humor que denuncia este estado de cosas desde adentro. La diferencia con otros que andan en lo mismo (verbigracia: Seth Rogen) consiste en que no escatima crueldad ni autoflagelación. Ted y John son en el fondo la misma persona; solo que el oso, desde su propia excepcionalidad, tiene la posibilidad de decir y hacer –y obligar a decir y hacer– todo aquello que John reprime. Hay algo de siniestro en esa relación, como tiene también algo de oscuro que Ted y su mujer vayan a ser papá y mamá. Y lo interesante de esta película, tanto como de la anterior, es que el autor no esquiva esa oscuridad sino que se ríe –sardónicamente– de ella. Y, al pasar, también se ríe de la falsa corrección política de Hollywood, aunque en ese campo resulta menos efectivo. Lo que es ofensivo al norte del río Grande no necesariamente lo es aquí, mucho más al sur.
Por eso es que esta película, que no es perfecta en lo más mínimo, es una rareza: puede verse como un juego cómico, pero también como una especie de síntoma del desconcierto contemporáneo. De todos modos, en un momento todo se vuelve transparente (el creador es un ferviente activista por los derechos de las minorías sexuales) y Ted 2 se vuelve casi un film de denuncia, un Selma de peluche. McFarlane, de todos modos, reserva algunos petardos sardónicos para que no nos tape la sacarina, y en última instancia tira la pelota al otro campo: al espectador le tocará decidir si vale la pena o si el film se hace el oso.
<b>De Disney al Cosmos</b>
A McFarlane se lo conoce por sus animaciones, pero no fue un genio repentino. Se formó en la era de oro del primer Cartoon Network trabajando en series como Johnny Bravo, y después pasó varios años desarrollando guiones en Disney. De esa experiencia aprendió la construcción de historias y el diseño de personajes, lo que no es poco. Y en la otra punta de la escala, es el productor de la nueva Cosmos, con Neil DeGrasse Tyson, después de lograr que los papeles de Carl Sagan y su esposa, Ann Druyan, fueran rescatados para la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.





