
Mascotas de alquiler y hombres que bañan chicas de pies chuecos y dientes de niñas. En Japón, está prohibido fumar caminando, las mascarillas esconden la vergüenza y los hombres pagan para que los masturben
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El sexo es brutal. O primitivo. La pantalla devuelve a una mujer con el cabello atado en un rodete y el gesto desesperado. Está boca abajo y llora. Plano cerrado a los ojos: rasgados, reventados. Tiene la piel muy blanca, como de perla, y los senos pixelados. De él se sabe que es hombre sólo por el vello de sus muslos y porque su pene también está cubierto de una nube de cuadraditos. En ningún momento es posible apreciar su cara. Sobre él habrá que adivinar: como todo, como debemos hacer los occidentales que estamos de paso por Japón. El tiempo que lleva poner a prueba la interpretación se va en lo evidente: la penetración es anal y salvaje. No hay erotismo en la escena porque la mujer grita, pide que no con la mano en el aire, intenta una posición fetal, falla en el ademán de ovillar el cuerpo. Es ero-guro, porno japonés extremo, consumido por millones en la isla. Y, en el vaivén, la mujer tiembla. Todavía tiene la piel muy blanca, como una cala.
El hombrecito del semáforo va del rojo al blanco y los cuatro cruces de Shibuya se encienden. Este barrio situado al oeste de Tokio está de moda –y a la moda– y es, sobre todo, famoso por el Scramble Kousaten: es el cruce más transitado, los peatones van de un lado a otro desde las cuatro esquinas. Es invierno y se sabe por el frío, y porque los cerezos no han florecido. En Japón, uno es un extranjero genuino, ignorante. Somos gaijin, foráneos algo tontos para los nipones. Pocas señales, como las del tránsito, son universales. Al resto habrá que buscarle el sentido, arriesgar una hipótesis, equivocarse. Derrumbados los significantes y sus significados: la imposibilidad del lenguaje.
La musiquita que escupen las máquinas de pachinko, su "tragamonedas", el tintineo de las bolitas de metal que esperan en los canastos hasta sumar puntos. Una joven de voz infantil e impostada invita con un megáfono. No es Sailor Moon, pero se parece. Las publicidades aéreas, aunque mudas, gritan desde la luz de sus leds. Suenan las plataformas de las mujeres. Todo en la capital de Japón es una coreografía perfecta regida por el imperativo de los semáforos, los horarios, la sumisión a las reglas. Y la vergüenza, sólo equiparable a la culpa occidental. Shibuya –brillante, vertiginosa– es un solo ruido. Un sonido indescifrable.
En apenas cinco páginas, la Constitución japonesa de posguerra suscribe el poder democrático, reconoce el derecho a la "felicidad", la libertad de expresión y de culto, entre otras cuestiones. Y prohíbe la esclavitud, la nobleza y la prostitución. Sin embargo, por esa callecita de Shibuya (y en las de Tokio, Nagoya, Osaka y Kioto), el sexo pago está naturalizado. La sociedad japonesa lo sabe y no lo discute. Las mujeres casadas, por caso, administran el dinero del marido y le destinan una parte a la manutención de su benefactora.
Al norte de la estación de trenes se abre Dogenzaka, una calle estrecha, apenas iluminada por el reflejo tenue de las marquesinas color rosa chicle. Algunos carteles tienen forma de corazón y están cruzados por la leyenda, universal, "+18". La única certeza es que con aires de animé, mujeres vestidas de marineritas, sirvientas o colegialas sonríen desde los monitores. Son los Pink Box, que pueden ser también Soapland, sitios habilitados para bañar chicas, sólo bañarlas. En la recepción, no hay justamente recepcionistas. Hay pantallas, largos catálogos virtuales de mujeres. En los monitores cada mujer tiene su perfil. Allí está Yuki, de mirada melancólica. O Marin, más atrevida. Es posible elegirlas por edad, grupo sanguíneo o lugar de nacimiento. Y también hay características personales. A Yuki, por ejemplo, le duele el pie derecho; y el animal favorito de Marin es el gato.
Por 600 dólares se puede comprar "el paraíso" de Yuki y Marin. Así lo indica el monitor. No dice "sexo" porque, claro, es ilegal. Entonces, ¿cómo es posible que estando prohibido haya tanta oferta? Burlar la ley a lo japonés: "Una vez adentro, conversás con la mujer que seleccionaste, le sacás la ropa, la tocás. Lo que no se puede es penetrarla. Pero sí pueden chupártela. La Constitución no dice nada sobre el sexo oral", concede Yoshihiro, que aprendió a hablar inglés parando gringos en la calle para que probaran una chica autóctona.
La Yakuza , la mafia local, la más numerosa del mundo, controla casi todo el negocio del sexo. Suyos son los locales de venta de mascotas, abiertos las 24 horas. Suyas son las japonesas que desde la vereda le piden a su "benefactor" –traducción al castellano del hombre casado que las mantiene– que se las compren. Y suyo sigue siendo el animal: una vez que el benefactor pague 140 mil yenes, es decir, 1780 dólares, ella lo paseará por un día y, al siguiente, lo devolverá al lugar donde se lo compraron. Un puggu de patas cortas, pelo duro y hocico chato y cuadrado se acurruca en un rincón del nicho de vidrio en que lo guardan. La luz lechosa de los neones. Sin hora, la miniatura perruna espera.
Maki Nishiyama tiene 26 años, mide 1,68 y pesa 48 kilos. Y es una de las celebridades japonesas del momento. Canta, baila, actúa, conduce; todo lo hace bien y cotiza. Ella y tantas otras famosas son algo así como un modelo para las niponas, que copian del televisor, con disciplina. En público, cambian la voz por otra infantil y es común que lleven accesorios de color rosa o de animé. Las chicas son chuecas y de ninguna manera usarían brackets. Torcidos los dientes, torcidas las piernas: la mala dentición se asemeja a la boca de los niños, así como caminar con los pies para adentro recuerda a los primeros pasos de los nenes. En Japón excita lo ingenuo, lo infantil calienta.
¿Orgasmo? No. Así como el sexo pago es una convención social, las mujeres no disfrutan del sexo, no saben qué es el erotismo ni están acostumbradas a las demostraciones de cariño. El barbijo suele usarse en invierno, y por pura responsabilidad social, dado el temor al contagio de gripe. Pero también esconden gestos detrás de ese pañito blanco. Gestos cálidos como la sonrisa, como las carcajadas. La timidez y el pánico a atravesar una situación de vergüenza valen como motivos, sobre todo para ellas.
En los konbini, maxikioscos abiertos todo el día, hay revisteros. Las revistas porno-hardcore-hentai, se mezclan con los diarios y las publicaciones de espectáculos. Ocupan casi la mitad de los estantes. Un enorme culo de trazo grueso, un par de tetas gigantes, una nena clava los ojos grandes y brillosos desde la portada. Esa misma niña será sometida en las páginas de adentro, con las medias puestas. Exagerados los tamaños (el sexo de él sólo puede ser realidad en la fantasía), los dibujos conforman la contradicción de la estética japonesa. Un baldazo de semen cae en la cara de la niña animada. "Acepta mi esperma", dice él al final de la viñeta.
Es alto, muy delgado. Está vestido con el traje monotono que usó todo el día en la oficina. El pequeño estallido del encendedor le ilumina el rostro; la geografía de su perfil es una línea recta, una cascada. Se detiene porque en Japón está prohibido fumar mientras se camina. Detrás de él, hay una puerta abierta. Desde la calle se ven las cortinas. El hachazo de la luz interior dibuja la silueta de las patas de una silla. Pisa el cigarrillo que fumó por la mitad y entra.
Lo que sucede después lo cuentan los que saben: detrás de las cortinas, inspirado por la foto tamaño natural de una mujer, el hombre logró una erección. Justo donde debería estar la vagina de esa mujer de póster, hay un hueco. Detrás del hueco, quién sabe. El hombre introdujo su pene en ese agujero. Alguien lo masturbó.
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