
Si no existe, podemos inventarlo
Detrás de cada inventor argentino suele haber una historia interesante y un premio internacional. Y también una odisea compartida: cómo conseguir que los que tienen la plata se arriesguen a invertir en sus ingeniosos descubrimientos
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N o se trata de científicos locos ni de matemáticos alucinados. No son teóricos ni metafísicos. Son inventores: gente que encontró soluciones novedosas y sencillas para necesidades diversas. Ellos saben que toda idea merece ser cuidada como una plantita, para que crezca -regándola con el trabajo diario- hasta que pueda dar frutos.
"La invención es una modalidad específica de la creatividad humana y la creatividad humana es una respuesta a la adversidad", define Eduardo Fernández, inventor y presidente de la Asociación Argentina de Inventores, entidad fundada en 1990 que ya goza de su copa de oro, otorgada por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI).
"Diferenciamos nuestros inventos en dos grandes rubros. Uno se refiere a la modalidad técnica: un artefacto doméstico o industrial, por ejemplo, y el otro a una modalidad intangible: el psicoanálisis, el periodismo y el crédito son también inventos sociales."
Entre sus inventos sociales, Fernández ha ideado y puesto en marcha un taller para inventores orientado a chicos de entre 4 y 16 años. Dentro del área docente, Fernández también dicta la materia psicología de la creatividad, como profesor invitado de la Facultad de Psicología de la UBA.
En lo técnico, el presidente de la asociación es el que imaginó, entre otras cosas, un sujetador automático para cordeles, aplicable par a cualquier calzado, que permite sujetar los cordones de zapatillas o zapatos sin necesidad de hacer nudos y moños. Según el autor, éste es su invento de mayor evolución, porque tiene patente en la Argentina y los Estados Unidos; está hecha la matricería para su fabricación; hay inversores interesados en el producto; hay folletos que lo promocionan, y tiene un premio internacional. Aunque todavía no alcanzó un impacto fuerte en el mercado, el desarrollo del producto se orienta hacia esa meta. La Asociación Argentina de Inventores agrupa a 500 inventores de todo el país y es filial de la International Federation of Inventors Associations (IFIA), con sede en Ginebra.
El noventa por ciento de los miembros de la asociación local son amateurs. Es decir, no han industrializado aún sus inventos. El diez por ciento restante ha tenido por lo menos una experiencia exitosa en el mercado.
La Argentina está en el puesto 14 de inventores en el nivel mundial y en el último certamen internacional, realizado en abril de 1997 -participaron 44 países y más de 200 inventores-, el grupo argentino fue ampliamente galardonado. De siete representantes, seis volvieron con medallas de oro y de plata. Además, la Argentina ganó la copa al mejor equipo de inventores. Con ustedes, los protagonistas.
De la navegación a la cocina
Carlos Arcusín sabe que su capacidad creativa funciona en cualquier área porque tuvo la oportunidad de comprobarlo a lo largo de sus años de inventor.
"En el verano de 1985, en Pinamar, empecé a pensar en un sistema que podía mover un barco, poniéndole unas ruedas adelante. Se trata de un principio de hidrodinámica de ahorro de energía", explica Arcusín, al tiempo que aclara que no es ingeniero. "Yo planteo que los cuerpos a revolución, por el solo hecho de girar, reducen la resistencia al avance", explica el hombre sentado tras el escritorio de su empresa de equipamientos gastronómicos.
El inventor cuenta su hazaña: "Trabajamos con un grupo de ingenieros durante dos años y llegamos a hacer prototipos en un canal de experiencias. En octubre de 1986, las prácticas demostraron que yo tenía razón -dice con amargo orgullo-. Se me cayeron 50 años de biblioteca encima , dijo el entonces director de la carrera de Ingeniería Naval", cuenta Arcusín. En 1987, viajó a España acompañado por un ingeniero naval. Volvieron a hacer prácticas en un canal y lograron interesar al Ministerio de Defensa de España. Se presentó entonces un proyecto a la Argentina, a través de Cancillería. El embajador argentino y el ministerio español empujaban el proyecto, pero acá no le prestaron atención. El trabajo duerme ahora un tranquilo sueño, esperando encontrar quien financie el desarrollo de la investigación. Se necesitan 250.000 dólares para terminarla. "Recorrí todas las oficinas del Gobierno, pero no conseguí financiación. Finalmente, el tema me agotó. Entonces lo dejé y me puse a hacer otras cosas."
Entre esas otras cosas, inventó la jeringa autodescartable y la aguja de seguridad. Se trata de una jeringa con un mecanismo que impide que se vuelva a usar. La aguja es una hipodérmica de seguridad que se está fabricando actualmente en Israel, y tiene patente en los Estados Unidos. Aunque el invento se quedó con tres medallas de oro en la Exposición Internacional de hace cinco años, los inversores argentinos sólo vieron problemas a la hora de desarrollar la fabricación local.
Entonces aparecieron los equipos gastronómicos. En esta línea, a la que se dedica actualmente, su último invento es una máquina de cocción de hamburguesas que no produce humo ni olor. Se trata de un artefacto de 78 centímetros de alto capaz de cocinar 120 hamburguesas por hora.
Arcusín y la máquina para cocinar hamburguesas sin humo y sin olor. Parece que puede asar divinamente hasta 120 por hora.
Arcusín tiene antecedentes en el rubro: es el creador de las pancheras y choriceras profesionales que sirven como equipos portátiles, un multigrill, un horno pendular que permite cocinar de manera homogénea y una freidora con purificador de aire.
Instalado en su doble papel de inventor y empresario, el hombre rechaza la definición que iguala al inventor con un productor de ideas descabelladas. "Yo no diseño naves intergalácticas ni cosas imposibles. El inventor no está aislado con su locura", afirma.
El plástico reciclable
Mirta Fasci tiene un invento con nombre propio: se llama Emium y significa Envase Modular Interconectable de Usos Múltiples. En otras palabras, Mirta inventó una botella de plástico que puede usarse de miles de maneras antes de arrojarse a la tierra. O al mar.
"Siempre me preocupó la contaminación ambiental. Las botellas de plástico son un problema que no resuelven ni el Cinturón Ecológico, que en realidad es un basural tapado con arbolitos, ni los cestos para residuos que pocas personas usan", dice Mirta, vecina de Palermo, militante independiente de la causa ecologista, coordinadora de talleres de creatividad barriales. La botellita mágica surgió ante una pregunta que Mirta propone en su práctica docente: ¿Qué sería esta botella si no fuera una botella? o ¿cómo hacer para convertir esta botella de plástico en otra cosa útil?
Mirta diseñó un sistema de encastre para las botellas que permiten adosar unas con otras indefinidamente, para construir otros objetos. "El límite está en la imaginación de cada uno, -asegura la inventora-. Con esto se pueden hacer mesitas para el jardín, bibliotecas, juegos para los chicos, techos aislantes, paredes divisorias de ambientes. Pueden usarse como envases portátiles."
Mediante este nuevo envase puede evitarse que miles de toneladas de botellas plásticas se transformen diariamente en basura. "Cada botellita de éstas tarda 500 años en ser absorbida por la tierra. Pensemos cuántas botellas de plástico tiramos por día solamente en una ciudad como Buenos Aires", especula Mirta.
Aunque ella piensa que el envase sería ideal para agua mineral, la botella podría servir para champú, cremas corporales o lácteos. "Estamos pensando un nuevo modelo diseñado para yogures para chicos: los envases serían como unos pequeños cubos que se transformarían en juguetes."
Su carrera como inventora fue vertiginosa: en enero de este año patentó la botella y participó en el concurso INPI (Instituto Nacional de Patentes). El premio que entonces recibió fue la pista de lanzamiento para presentarse en el premio OMPI; "el Oscar de los inventos", define Fasci. La señora es ganadora de la medalla de oro de la OMPI y aclara que es la primera mujer latinoamericana que ganó esta mención.
Entre las ventajas del invento la autora destaca no sólo la importancia ecológica, sino además su capacidad de resolver problemas: "Estas botellas, rellenas de arena o de cemento, pueden transformarse en ladrillos que además no necesitan mezcla para adherirse unos con otros". El invento apunta a resolver problemas de construcción: paredes divisorias, pequeños techos, jardines de invierno. El perro de Mirta bien sabe de estas soluciones: su cucha es una construcción exclusiva realizada con envases reciclables.
Problemas y soluciones
Marcelo Schuster es integrante de la nueva generación de inventores. Tiene 26 años y es diseñador gráfico. Antes de mostrar su invento se ataja: "No te imagines nada del otro mundo", dice y muestra un cuaderno con anillos en forma de espiral cuya contratapa es de doble superficie, lo que permite transformar el cuaderno en un libro, es decir, una carpeta con lomo. "Es casi una pavada, -insiste Marcelo-. Yo lo llamé el libro instantáneo, porque sin pegar, ni coser, tenés un libro", explica.
Todo surgió a fines de 1996, cuando Schuster estaba haciendo un trabajo de memoria y balance para un cliente y veía que el sistema de anillado resultaba muy burdo . Pero como la tirada de carpetas era reducida no se podían mandar a coser: aparecieron entonces las tapas plegables.
Marcelo participó en el concurso de la OMPI y viajó a Ginebra integrando la delegación argentina. Con sorpresa, la pavada del chico recibió la medalla de plata en su categoría. "La experiencia en Suiza fue muy buena. Pero a la vuelta te espera todo el trabajo para poder comercializarlo y hacer que el producto salga a la calle", dice.
Marcelo Schuster se sentía inventor antes de saber que lo era. "Estar sin crear algo, sin inventar cosas, es como estar sin comer. Trabajo de creativo porque es lo que me sale", se autodefine el muchacho. Para el inventor del libro instantáneo, la diferencia entre creativo e inventor tiene que ver con un criterio de mercado. "Los inventos no te los pide nadie, surgen del empuje personal." Sin embargo, Marcelo inventor le enseñó a Marcelo diseñador gráfico a cuidar las ideas. "Patentar las ideas es muy importante", dice. En estos días el chico empuja su invento por diversas empresas esperando que alguna grite, junto con él, eureka.
En el garaje de casa
Ricardo Maclen inventó una máquina manual para emblistar (poner en blisters) las cápsulas y pastillas que elaboran las farmacias que hacen especialidades medicinales. Esta invención le valió la medalla de oro en su categoría en la última exposición de Ginebra y le permite hoy manejar su propia empresa. Pero mucho antes de este presente, está la historia de un inventor nato. "Cuando tenía 15 años, mi papá me mandaba siempre a cortar el pasto con una máquina mecánica. Yo odiaba esa máquina. Entonces le puse un motor de lavarropas. Con un fuentón armé las ruedas, conseguí unos fierros para hacer los ejes y fui a una herrería para que soldaran todas las piezas. Lo único que compré fue la cuchilla, y así armé la cortadora de pasto que aún funciona en casa de mis padres", dice Maclen. Para él, arreglarse con lo que uno tiene es la fórmula fundamental.
Esposo de una farmacéutica, el problema de las especialidades medicinales no le era tan distante. "Quería tener mi propia empresa, en función de algo que yo hubiera inventado. Cuando alguien dijo blister cerca mío, me iluminó", dice con aire divertido. Pero pasaron varios años desde ese momento fulgurante hasta que vendió la primera máquina. Ese tiempo estuvo dedicado a investigar y pensar. Con perfiles de máquinas y prensadoras estándar aparecieron los primeros modelos. "Trabajaba en el garaje de mi casa, limando piezas a mano, para hacer los moldes: un trabajo de preso", comenta.
La máquina tiene una cinta deslizante donde se colocan unas planchas de plástico -el blister- con las pastillas. Mediante una prensa manual se le pone la placa de aluminio que se sella con calor. Cada vez que uno baja la manija hace un blister. "Lo que más trabajo me dio fue pensar en un sistema que pudiera hacer desplazar la cinta por donde se alimenta de plásticos la máquina. Estuve dos semanas así (abre grandes los ojos, que deja flotando en un punto fijo) frente al tablero. Por poco levitaba." Antes de pasar a estado alfa, logró resolver el problema con un sistema de planos inclinados que funcionaran como correderas. "Ahora parece una pavada", comenta.
"La clave en este tipo de trabajo es no aflojar. Yo me cerré todas las puertas para encontrar esta única salida: cuando me di cuenta de que el proyecto iba a funcionar renuncié a mi trabajo y me dedicaba todo el día a la máquina." Entonces compró una casa para hacer el taller. Allí se fabrican ahora las planchas de plástico -con una máquina que él acondicionó a la medida de sus necesidades- y las máquinas que sirven para cualquier farmacia. Sin descuidar el negocio, Maclen proyecta nuevos inventos basándose en su fórmula preferida: "Hágalo con lo que tiene y en el desván de su casa".
La posibilidad de viajar a la exposición internacional de inventores y la medalla de oro le valieron fuerte repercusión en la prensa. "Salimos en la tapa de un diario, me llamaron de todas las radios, fui a los programa de Neustadt y de Susana Giménez", dice Maclen y confiesa que el contacto con los medios fue tensionante, pero que más nervios sintió cuando tuvo que hablar de su trabajo frente a todo el grado de su hijo: "Las preguntas de los chicos me llenaron de dudas", reflexiona y confiesa que aún hoy no puede responder certeramente a la pregunta fundacional: qué es un invento y cómo se hace.
Desarmar para volver a armar
De niño desarmaba cosas. Adolescente ahora, Julián Perfumo (de 15 años) está profesionalizando su vocación. Hace cuatro que participa del taller de chicos inventores que funciona todos los sábados en la Escuela del Sol. Julián ha diseñado diversos proyectos, que van desde un alicates que recoge los pedacitos de uñas para que no se desparramen hasta un modelo especial de contador de pelotitas de golf. Mientras los más chicos hacen y deshacen sus inventos en el taller, Lucas visita archivos de Internet buscando antecedentes de patentes. El chico compara ahora un gráfico que ofrece la pantalla con su propio contador de pelotitas de golf. "El mío es más sencillo", dice con orgullo y, aunque no está registrado aún, ya circula en redes informáticas. "La red TELAR, que conecta a muchas escuelas del país, tiene una página de inventos. Ahí ponemos nuestros inventos con diagramas y descripciones para que otros chicos los conozcan y puedan hacer comentarios y críticas", explica.
En las mesas del salón están los inventores del taller. Los chicos, provistos de diversas herramientas, diseñan sus proyectos. Cables, pilas, testers, pinzas, placas de computadoras, botellas de yogur, recipientes para helados, restos de lavarropas, un secador de pelo roto, un walkman destruido, son materia prima a la hora de ponerse a trabajar.
Tomás tiene 12 años y ha desarrollado un equipo de música con controles a distancia. Aunque sus detractores y compañeros de mesa -Federico, Emanuel y Rodrigo, de 11, 11 y 10 años respectivamente- dicen que sólo ha distanciado los controles del grabador con un cable, Tomás está muy contento porque el invento le sirve para manejar el aparato desde la cama. Ahora manipula una caja de telgopor. "Esto es el modelo de un tacho de basura que transforma los residuos orgánicos en gas metano", dice, sin temerle a términos técnicos. Tomás explica: "La basura sin aire produce gas metano, que es el que usan las hornallas y la calefacción de una casa. Si unimos el tacho de basura por medio de un caño con la hornalla de la cocina, tenemos gas". Emanuel sostiene que "va a volar todo, pibe", mientras manipula envases de yogur. Su invento consiste en un pico vertedor diseñado para envases de cartón. Rodrigo piensa. En su cuaderno de un año de taller atesora 93 proyectos con instrucciones, gráficos y descripciones. Dentro de esta vasta obra, el chico destaca un filtro de cigarrillos "para que corran menos riesgo los fumadores pasivos" y un prolongador de aerosoles. "Se trata de una varilla que prolonga el pico para que se pueda echar aerosol en zonas altas", explica. Federico, mientras tanto, piensa el diseño para un aire acondicionado para su pieza: "Se puede hacer con hidrógeno líquido o con hielo seco. Es una espiral de hielo seco alrededor de un motor. Refácil".
Las ideas tienen dueño
Alfredo González es agente de la propiedad intelectual y asiste a los integrantes de la Asociación de Inventores a la hora de proteger legalmente sus ideas. "Los inventos que están apareciendo en la Argentina se basan en uno de los pocos recursos técnicos de bajo costo en estos días: el ingenio. Se trata de objetos simples, porque la inversión monetaria no es el fuerte de los inventores", dice González escudado en sus décadas de experiencia en el tema y una tradición familiar que lo avala. Su padre hizo la patente de muchos inventos de Biro, entre ellos el de la mismísima birome.
La ley de patentes es de 1864. Desde entonces hasta la fecha se han registrado 300.000 inventos. En las últimas décadas se hacen 2500 patentes por año, aproximadamente. Para comenzar el trámite de patente un inventor debe pagar una tasa de 200 pesos, pero a lo largo del trámite llegará a invertir 2000 pesos en sellados diversos y otras tasas. Si el trámite lo realiza con un agente, la suma se duplica. Alfredo González se queja de las nuevas tasas que por decreto se han ido sumando a la tasa inicial que prevé la ley. "El decreto reglamentario no puede modificar la ley, y mucho menos las disposiciones", denuncia.
Frente a las dificultades económicas algunos inventores están pensando patentar sus productos en Uruguay donde el trámite es más simple y más barato. De esta manera, los inventores podrían probar durante un año si sus inventos funcionan, antes de encarar el tortuoso trámite en la Argentina.
La oficina de patentes debe evaluar cada invento: analizar si hay antecedentes, es decir, chequear si el producto está inventado en cualquier lugar del mundo y si tiene aplicación industrial viable. Los evaluadores deben realizar un informe crítico sobre cada producto presentado. La Asociación de Inventores ha conseguido, luego de insistentes demandas, una tasa diferencial para particulares, una manera de restar dificultades al camino de cada invento.
Texto: Gabriela Baby
Fotos: Daniel Pessah
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