
"Si te digo la verdad, te miento"
Siempre será preferible la democracia y su posibilidad de intentar cambios con el voto popular como para que sea un poco más difícil la eternización en el poder
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Los años electorales suelen ser sumamente turbulentos y están llenos de sorpresas que no lo son en verdad, pero que las sociedades aturdidas por tanto revuelo, tanto delito y tanta lentitud en la Justicia para resolver casos de dramática incidencia en la vida de los ciudadanos, terminan por taparse los oídos, vendar sus ojos y tomar por nuevo lo que es más viejo que la humedad. Desde luego, siempre será preferible la democracia y su posibilidad de intentar cambios con el voto popular como para que sea un poco más difícil la eternización en la titularidad del poder. Pero este sistema, que no es perfecto pero es el mejor que se conoce y al que se ha llegado luego de siglos de abusos provenientes de monarquías absolutas o de dictaduras civiles o militares con censuras férreas y total imposibilidad de protestar y reclamar derechos fundamentales, tiene sus bemoles y, como toda ley, sus trampas. Una de ellas es que en las campañas se prometen cosas que no se cumplen o, si se cumplen conceptualmente, no se concretan de la manera ansiada y terminan por crear situaciones iguales o peores a las que había en la administración precedente. Puede ocurrir –y de hecho ocurre a menudo– que el gobierno votado mayoritariamente adopte medidas absoluta y diametralmente opuestas a las prometidas y que candidatos que se presentan como nacionalistas defensores de los intereses patrios al llegar al poder se conviertan en todo lo contrario, vendan o mejor dicho regalen recursos y soberanías a intereses foráneos y no se les mueva un músculo de sus caras de piedra cuando, al ser consultados acerca de su cambio de rumbo con la clásica pregunta ¿Por qué prometió lo que prometió y luego hizo todo lo contrario?, con sonrisa canchera responda: "Porque lo que prometí es lo que la mayoría cree que es lo ideal, pero los que conocemos los verdaderos problemas que entrañan la complicada trama de la política mundial sabemos que primero hay que ganar y ya en el poder hay que hacer lo que se debe hacer, aunque se perjudique algún sector, generalmente mayoritario, al que si se le dice la verdad nos retira el apoyo y no nos permite cumplir con lo que realmente debemos hacer". Con peor sintaxis que esta larga exposición define, hemos escuchado lo mismo que traducido al criollo suena como: "Y… Si les decía la verdad, no me votaban".
La democracia exige transparencia, pero muy a menudo la única transparencia es la que permite ver con claridad los afanos, malversaciones y gastos superfluos y evitables que se hacen con el dinero del contribuyente.
La democracia es por definición diálogo permanente, pero también es claro que la mayoría termina por imponerse hasta el próximo período. Cada democracia es diferente según las regulaciones de cada país. En Estados Unidos y en países de Europa el voto no es obligatorio; por lo tanto, el sector que opta por la abstinencia deberá aguantar lo que venga y si quiere cambios irá a los comicios. Suele suceder que cuando las crisis son graves y perjudican seriamente el bolsillo popular el incremento de votantes es muy elevado, y cuando la panza y la moneda alcanzan vuelve a caer la concurrencia a las urnas.
Los que tenemos obligatoriedad de voto podemos castigar o premiar cada dos años a los gobiernos. Es por eso que cuando termina una elección comienza una nueva campaña financiada Dios sabe por quiénes, se destapan las ollas y los que ya no están en el poder comienzan a hacer gira por tribunales varios, gritan ¡esto es una campaña en mi contra! y esperan junto a paciencia y burocracia (dos tías viejas y astutas que no abandonan a sus sobrinitos) que la causa prescriba y puedan volver a sonreír desde afiches con bandera incluida y con el eslogan ¡Por un país mejor!
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