
Siempre Proust
En estas líneas, la autora desgrana impresiones y anécdotas sobre el gran escritor francés que se desprenden del libro Monsieur Proust
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Tengo ante mí dos fotografías de Marcel Proust, acaso las más divulgadas. La primera refleja al joven elegante, un dandy con flor en el ojal, retratado por el pintor Jacques-Emile Blanche. La otra imagen nos devuelve un hombre maduro –a pesar de los pocos años que median entre ambas–, y lo muestra en esa pose que conservó hasta el final: la cabeza con su mechón rebelde, el rostro apoyado en el dedo índice y la mirada encerrada y reflexiva. ¿Cuál de las dos figuras corresponden al verdadero Proust?
No es una pregunta que deba formularme, acostumbrada desde pequeña a convivir con las anécdotas de este personaje y también a las lecturas que mi padre nos hacía, en la infancia, traduciéndonos del francés a su amado escritor. He leído con los años diversas biografías de Proust, de las cuales me atrevería a señalar la de André Maurois, En busca de Marcel Proust, y la más reciente de Pietro Citati, La paloma apuñalada. Existen muchas otras: aludo ahora a las que parecen adentrarse con mayor vigor en la intimidad del autor de A la recherche du temps perdu. El tema de lo íntimo es cercano a Proust, y es también absoluto en el tratamiento de su novela: sólo el lector dispuesto a esta atmósfera de casa cerrada, de disimulados rituales, de silencios cargados de poesía y de voces apenas murmuradas, sólo ese lector podrá confraternizar con Proust y disfrutar de su lectura como si se tratara de una música a la cual se desea volver una y otra vez.
En ocasiones se produce, por secretos designios del azar, el encuentro con ese libro que, por diversos motivos, necesitamos para abrazarnos y dejarnos abrazar por él. Fue lo que me ocurrió una tarde, paseando por Madrid, al encontrar en la vitrina de una librería el libro que estaba yo, sin saberlo, esperando encontrar: Monsieur Proust, de Céleste Albaret, la mujer que atendió al escritor durante los últimos nueve años, cuando él compuso la mayor parte de su obra. Editado en francés en 1973, no había yo leído sino algunos tramos del texto: ahora, la traducción al español me facilitaba todo.
Para componer este valioso texto, el escritor Georges Belmont entrevistó y grabó, durante cinco meses, a Céleste. Dice el autor de esta hazaña: "Si, cuando uno lee este libro, se oye tal como yo mismo lo oí, sólo se podrá encontrar en él la más sincera de las voces: la del corazón". Belmont desaparece detrás de Céleste y nos permite escuchar su palabra en una compaginación a la vez literaria y emotiva. El volumen me acompañó por el resto del viaje y, al anochecer, esperaba yo ansiosa el momento de retomarlo en el sitio marcado con algún boleto del metro o una servilleta doblada.
Vayamos al libro. Céleste es una muchacha muy joven, recién llegada de la provincia donde ha crecido y acaba de casarse con Odilon Albaret, el chauffeur predilecto de Monsieur Proust. A pocos días de llegar a París, el marido comenta con Monsieur lo apenada que está su mujer. Es cuando Proust le dice: "Lo que ocurre, Albaret, es que su mujer echa de menos a la madre". Y propone que ella comience a trabajar unas horas al día para entregar la correspondencia: esquelas, respuestas, libros envueltos en rosa o en celeste según el destinatario. En los comienzos, ella no trata con el escritor: llega al 102 de Boulevard Haussmann, sube por la escalerita de servicio y ya están esperándole los paquetes para repartir. Céleste viaja en coche cumpliendo con su tarea y de este modo comienza a familiarizarse con la ciudad que tanto la atemorizaba. A veces debe aguardar por la respuesta y conoce gente del círculo de Proust. Le agrada el buen trato que recibe allí: ya comienza a ser alguien en este nuevo mundo tan alejado del pueblo de la infancia. En este primer período, mientras hace lo que ella misma llama la courriere, va conociendo los extraños hábitos del lugar: el extravagante dueño de casa vive recluido en la habitación más alejada de la entrada; duerme en horas en que nadie más lo hace y trabaja de noche hasta la madrugada; no habla casi con sus empleados y se alimenta en forma casi exclusiva de café. Este tiene que ser preparado de manera especial: gota a gota debe verterse sobre el filtro para tomar todo su sabor, y han de servirlo, siempre en silencio y cuando »él haga sonar el timbre, sobre una bandeja al alcance de la mano; si pasan acaso dos horas y Monsieur no lo ha tomado, debe renovárselo con uno recién hecho.
Hay algo de misterioso, piensa Céleste, en este ámbito de silencios; algo extraño en el murmullo del secretario, cuando explica que "no deben llegar al señor los ruidos". Existe algo inquietante en las ambiguas alusiones a las sombras vaporosas donde habita el dueño de casa.
Cuando por fin Proust decide presentarse a Céleste, ella lo encuentra en exceso amable, como un príncipe encantado, y si bien siente la escrutadora mirada detenida en ella con dulzura y algo de melancolía, advierte en ese mismo mirar un aire de cierta ausencia, como si en lugar de dirigirse a ella se posara en otra parte, o en otros tiempos.
El destino mueve las piezas de modo irrevocable: un año más tarde estalla la gran guerra. Odilon parte al frente y Proust le propone a Céleste vivir y trabajar en su casa. Aún está probándola, pero los otros sirvientes ya no le resultan cómodos; tal vez no lo entiendan del todo. Llega el día crucial: Proust decide emplear a Céleste en forma exclusiva y permanente. Para resaltar el valor de su decisión, le dice algo que la deja sin dormir: "Usted ni siquiera sabe hablar en tercera persona".
Pero Céleste ya ha captado lo esencial de la situación y, acaso sin entenderlo en forma cabal, intuye dos cosas: está frente a un creador, a un gran artista, y junto a él, un destino excepcional comienza a envolverla. Ella le dice: "¿Por qué no me llama Céleste? Y él responde: "Porque no puedo, Madame".
No obstante, más adelante, en una noche de septiembre de 1914, le habla así: "Querida Céleste, hay algo que tiene que saber: nunca volveré a salir, ni a Cabourg ni a ningún otro lugar. Los soldados cumplen con su deber, y, dado que yo no puedo luchar como ellos, mi deber es escribir mi libro, realizar mi obra". Desde ese momento, también se recluye la fiel empleada.
Por esto, por la intensa convivencia de esos años, el libro nos revela algunos aspectos que no conocíamos de Marcel (o, como gustaban nombrarlo los íntimos, "petit Marcel"), pero también nos conecta, y de un modo entrañable, con Céleste. Y de este modo, al leerlo, nos sucede como con esos relatos o evocaciones cariñosas que se hacen en las familias, en forma reiterada, de algún abuelo o de un tío ya perdidos, pero de los cuales tanto se habla que adquieren una presencia real en nuestras vidas.
Proust comienza en sucesivas charlas a entregar a Céleste la memoria de sus días pasados; le explica por qué no ha vuelto a Illiers, el escenario de la infancia: "Los paraísos perdidos sólo se encuentran dentro de uno mismo". Cita a los compañeros del Liceo Condorcet de París: Léon Blum, dirigente socialista; escritores, como Henri Barbuse, Robert de Flers; sin contar a Jacques Bizet, al que llama "el hijo de Carmen". De este modo sabemos que el joven del primer retrato, el del dandy, es su favorito y corresponde a la época de "la camelia en el ojal", cuando frecuentaba los salones de París. "Yo lo escuchaba como si me contara un cuento de hadas, y sólo más tarde, cuando me introdujo en el secreto de sus personajes, pude valorar las observaciones que había sido capaz de acumular en esos años", acota Céleste.
Pero no sólo comparten recuerdos. Hablaban en la salita o en el dormitorio de Proust, al regresar él de alguna salida, porque sentía necesidad de contarle la velada; ella lo recuerda como lo vemos en la segunda fotografía, casi inmóvil, apoyado el rostro sobre su índice, la mirada ensimismada. Y allí se quedaban hasta tarde. O como expresa Céleste: "Nunca sabía en qué momento del día o de la noche estábamos; era un tiempo sin horas".
Más adelante, cuando Proust advierte la proximidad de la muerte, comienza a preparar a Céleste para lo que vendrá: todos le preguntarán, querrán saber, verán en ella a la depositaria de "la llave" de la obra: el tono de las pláticas va mudándose a otros terrenos, aun cuando el escritor continúe siempre iniciando los diálogos y las indicaciones con el delicioso y proustiano "quizás, tal vez, acaso".
En otro momento del libro comenta Céleste, aludiendo a estas confidencias: "Ese modo de traer la comedia desde el exterior y darle vida delante de mí era un intento de atrapar el tiempo por los pelos para evitar que huyera y le arrebatara los personajes". Ella comienza a comprender el sentido del encierro y admira la voluntad de su Monsieur para completar la obra: éstos eran los términos con que se refería al intensísimo trabajo. Asimismo razona Céleste que, si había dejado de frecuentar los salones era porque ya Proust los consideraba también parte de sus paraísos perdidos. Ella ha entendido quién es en esencia el Monsieur al que sirve, y lo entiende –creo yo– gracias a su inteligencia y a su sensibilidad. Proust agregaría: y a su bondad también.
Todo lo va trasmitiendo ella a través de estas páginas con un sentimiento en parte maternal y en parte impregnado de veneración por el hombre con el que le ha tocado compartir este asombroso período de la vida; y acaso sea por esto que, al leerlo, puede sentirse la cálida compañía de ambos protagonistas.
Algo de sumo interés: en un momento, Proust no encuentra manera de ubicar los infinitos agregados que hace a sus cuadernos y lo comenta con Céleste. Ella le da la solución: prepara unas largas tiras de papel para escribir sobre ellas y que, luego de plegarlas en forma de acordeón, pueden adherirse con cola a los bordes de los cuadernos. Durante mucho tiempo se los ha llamado paperoles, si bien Céleste aclara que entre ellos dos eran los béquetes, como los llamaban los impresores.
Resalta asimismo en el texto el trato de Proust para con ella: exigente al mínimo detalle, no hablando del ajuste de horarios, la imposición de sus manías cotidianas, los reproches, por delicados que fuesen; todo frente a lo cual Céleste le dice un día: "Ah, Monsieur, si todos los tiranos fuesen como usted, el mundo sería un paraíso delicioso"; adivinaba que el "petit Marcel" había logrado recrear a la madre en el vínculo con ella.
Parece atinado repetir la pregunta: de las dos fotografías del principio, ¿cuál es el verdadero Proust?
Luego de la sigilosa lectura de Céleste podemos especular (en el mejor estilo borgeano): es a un tiempo los dos; en esencia no es ninguno; para ser uno necesitó de la existencia del otro y, en suma, los dos son uno: el artista que, al despedirse agonizante de su paraíso personal, nos alerta acerca de nuestras propias pérdidas y nos susurra al oído: la belleza, salven la belleza del mundo.
* La autora es coordinadora, desde hace diez años, del rincón de la lectura en la feria del libro de buenos aires





