
La personalidad arrolladora de un fox terrier inspiró a esta empresa que, estampados mediante, revolucionó el mercado de los accesorios.
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Por Cicco / Foto de Ignacio Sánchez
Podrán decir que un padre, un error, un vacío en el mercado pueden inspirar un negocio. Pero que un fox terrier inspire un negocio, ese es otro cantar. Sin embargo, la historia de cómo una empresa agitó, de la noche a la mañana, las aguas del mercado de los accesorios hay que rastrearla en el mejor amigo del hombre: un pichicho llamado Simón.
Este pichicho en cuestión, en verdad, tenía una personalidad personalísima, más que un humano. Era él, él y siempre él. Le gustaba tanto meterse a la pileta que no dejaba que nadie se metiera con él y tampoco había forma de sacarlo. Y si llegaba alguien sospechosamente con título de veterinario, no había forma de que entrara a la casa. No conocía el miedo y a los perros más grandes les mostraba los dientes.
Esta es la historia de un perro y un experto estampador. El estampador se llama Diego Siekiera y, aun cuando no terminó la carrera de estampado –se formó como autodidacta–, cuando Simón llegó a su vida junto con la idea de negocios que le contábamos más arriba, estampaba para las grandes marcas de indumentaria de la Argentina. Desde María Cher a Tucci. La vida de Diego tuvo mucha tela para cortar. Nieto de textiles, luego de salir de la escuela, pasaba la semana atendiendo el negocio de telas de los abuelos Simón y Alicia, en Liniers.
Luego, a los 22 años, se puso su propia estampería. Alquilaba la máquina y empezó a hacerse buenos clientes. Tan buenos que las grandes marcas empezaron a decirle que le daban las estampas a él. “Lo que pasa, Diego, es que las grandes estamperías tienen muchos sectores, está todo despersonalizado y nunca terminan haciendo lo que queremos”, le explicaban. “En cambio, con vos confiamos en que vas a seguir y controlar el proyecto hasta el final”.
Diego les daba a las empresas trato cercano, profesionalismo, espíritu artesanal y una pizca de amor por la estampa.
Así fue como se compró su primera máquina y la instaló en su casa de Palermo. Invirtió cerca de $40.000. Y, a partir de ahí, no paró.
De tanto estampar y estampar –el proceso era algo novedoso, la sublimación, que permitía emplear colores a gusto–, Diego empezó a cansarse. Al fin de cuentas, los aplausos se los llevaban las grandes marcas. Y Diego también se propuso ser él mismo su propia marca. No estaba solo, claro. Su esposa, Laura Lichtmaier, trabajaba de actuaria en la Superintendencia de Seguros de la Nación y empezó a sumar ideas. ¿Por qué no arrancar módicamente produciendo fundas de computadoras? Fabricaron 100. Sumaron luego fundas para celulares. Y luego de tenerlas en mano se preguntaron: ¿Y ahora a quién se las vendemos?
Empezaron a vender a mayoristas. Y pronto estrenaron los productos que los harían reconocidos en toda Sudamérica: los bolsos estampados. Diego y Laura se propusieron emplear materiales innovadores: gamuza y corderito. Algo impensado para la época.
Laura amaba –los ama aún– los perros. Así que llevaron ese amor a los diseños de las estampas. Un hallazgo. En 2012, decidieron participar en la Feria Puro Diseño de La Rural. Para entonces, concibieron su propia marca, en honor a su perro fox terrier, el espantaveterinarios de la casa. Le pusieron Simones.
Y lo que vieron en esa Feria en La Rural los conmovió: en medio de una disputa con marcas ya instaladas y la mar en coche, la gente hacía cola para llevarse sus bolsos a dos manos. Dos o tres por cliente. Habían fabricado una primera línea con un bulldog francés con el logo, romántico mascotil, “Mon amour”.
Para entonces ya se sentía que algo grande estaba por suceder. Los bolsos de Simones los vendían los mayoristas en 200 puntos de venta que incluían la marca. El ritmo, inmejorable: 3.000 bolsos cada mes. Al año, un promedio de 25.000.
Haciendo cuentas, descubrieron que, en muchos de esos locales, sus bolsos eran el ingreso principal. Así que en 2013 apostaron a abrir sus propios locales.
Laura, cuyo fuerte dentro de la carrera de actuario es medir riesgos, estudió el asunto y se concentró en cómo lograr un impacto de la marca.
En medio de tanto cálculo, tuvo una idea que consolidó Simones en el inconsciente colectivo del cliente: ¿Y qué tal si los perros de los diseños tienen nombres, historias y personalidades definidas? Y así fue. La primera, como le contábamos, la llamaron Sofía. Y fue un boom.
Laura y Diego pensaron en grande: querían un debut con bombos y platillos en un shopping, el equivalente para toda marca con las grandes ligas.
No querían cualquier shopping, querían el Alto Palermo, el mejor cotizado, donde para acceder a un local hay que apuntarse en lista de espera, y esperar y esperar. “Pero solo entran allí las grandes marcas”, les explicó alguien del rubro. “Ustedes son muy nuevitos. No les van a dar bola”.
La pareja fue estratégica: invitaron a dos gerentes de IRSA, la empresa inmobiliaria que maneja los grandes shoppings de la Argentina, a la siguiente feria de Puro Diseño en la Rural. “Que vean todo lo que vendemos –se dijeron–, así nos facilitan la entrada al Alto Palermo”. Dicho y hecho: fueron los gerentes y vieron con sus propios ojos cómo el público que pasaba por su stand en la feria se arrojaba sobre sus bolsos con voracidad de shopping. En ese evento, se llevaron dos bolsos llenos –una facturación aproximada a los $300.000–. Los gerentes de IRSA abrieron los ojos y propusieron dos shoppings para que Simones tuviera su estreno triunfal. Pero ninguno de ellos era el Alto Palermo. Laura, que vivió toda su vida a la vuelta, sabía el magnetismo consumista y posicionador de ese paseo de compras. Se pusieron insistentes. “Les vamos a demostrar que la marca puede estar en este shopping y evolucionar y ser rentable”, los retaron a duelo. Y lo lograron.
El desafío, bravo: un local de seis metros cuadrados, con un alquiler de hasta $70.000. Laura sacó –otra vez– números: “Solo para sobrevivir hay que vender seis bolsos y medio por día”.
En septiembre de 2013, inauguraron por dos: un local en Salvador y Armenia y otro, el esperado, en el Alto Palermo. No solo sobrevivieron, además se reprodujeron.
Al comienzo, Laura y Diego eran los mismos que atendían la tienda. La gente no entendía nada: no sabían si Simones era una marca nacional o extranjera. A veces escuchaban, de boca de los clientes, historias inesperadas. “¿Viste quiénes son los creadores de Simones? Son una pareja de brasileños que vinieron a vivir acá”. Ellos, los verdaderos creadores, ni afirmaban ni negaban las historias. Las dejaban correr.
El público se hizo fan. Esos dos primeros locales facturaban $500.000 por mes cada uno. Y las ventas trepaban a los 1.000 bolsos mensuales. Y así nació y así creció Simones. La perra Sofía se hizo celebrity entre las teens y las no tan teens.
Laura y Diego crearon una línea para que lo recaudado fuera a campañas de castración. Hoy, venden 15.000 unidades al mes: el 70% en accesorios y el 30% restante en los famosos bolsos. Tienen ocho franquicias, cinco locales inaugurados en el último año, y seis licencias que quieren explotar el sinfín de perritos con nombre propio hasta en útiles escolares, figuritas y libros para colorear.
Entre las clientas famosas están desde Nicole Neumann hasta Silvina Escudero, desde Flor Peña hasta Calu Rivero.
Hoy en día, Diego y Laura montan la estructura para hacer de Simones un negocio for export, y recibieron pedidos para llevar sus locales a Paraguay, Chile, Perú, Uruguay, Brasil y España.
¿Una mala? Mientras la idea crecía, se consolidaba y se hacía fuerte en el inconsciente colectivo, el pobre Simón estiró la pata. Y pasó de muso inspirador a ser la estampa de la compañía. Hoy, para homenajearlo, lanzaron una línea con su nombre.
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