
Sin repetir y sin chorrear
El problema de la vela y las chinches
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El problema es viejo y bastante conocido pero, literalmente, iluminador. Como hay varias formas de enunciarlo, optemos por una de las más simples. Supongamos que nos dan una vela, una caja llena de chinches y unos fósforos. El desafío es poner la vela en la pared, encenderla y no chorrear la alfombra con cera.
Como diría el maestro Paenza: piensen, disfruten el camino y… enloquezcan un poco. No sirve pinchar la vela con chinches a la pared (miren que son rebuscados, eh), ni pegarla con cera de manera que quede en posición horizontal.
Vean de nuevo el enunciado: ¿qué pasó cuando leyeron una caja llena de chinches? ¿En qué pensaron? Lo más posible es que se hayan detenido en las chinches… y no en la caja. La solución es, entonces, vaciar la caja, fijarla con las chinches a la pared, y pegar la vela con un poco de cera derretida sobre la caja. Voilà, una lámpara minimalista. O sea, dejar de pensar la caja como un contenedor y pensarla como una especie de estante, un portavelas.
Este problema es un maravilloso ejemplo de lo que se ha dado en llamar fijación funcional: tendemos a resolver las cosas de una única manera, y asignar a los objetos una única, obvia, función. El que inventó este concepto fue el psicólogo alemán Karl Duncker en la década de 1930, ya exiliado de la Alemania nazi por sus ideas peligrosamente gestálticas. Preso de la depresión, se suicidó en los Estados Unidos en 1940, y unos años más tarde se comenzaron a publicar sus resultados.
Lo fascinante es cómo poder salir de la fijación funcional. Duncker y otros realizaron variantes a la experiencia. Por ejemplo, si se presentaban las chinches fuera de la caja, ya la gente no veía una caja de chinches, sino dos elementos independientes que podían utilizarse por separado. Incluso se han realizado experimentos en los que se predispone a la gente a pensar de otra manera. Si el problema se presenta por escrito, podemos subrayar las frases de una manera determinada: no es lo mismo caja de chinches que caja de chinches, aunque parezca una sutileza. Otro ejemplo es pedir a la gente que recuerde ciertas imágenes o palabras. Si se pide que se recuerden palabras como tabla de madera, se exagera la fijación funcional, mientras que si se presentan objetos como tabla y madera y luego se pide que se resuelva el problema de la vela y sus circunstancias… ¡se logra mucho más rápido! Sólo un vocablo conector (y) nos cambia la manera de mirar el mundo.
Otro ejemplo –también clásico– de fijación funcional es el problema de los 9 puntos. Dibujen tres filas y tres columnas de puntos o círculos negros de manera que representen un cuadrado. El desafío aquí es unir todos los puntos con no más de 4 líneas, sin levantar el lápiz del papel. Parece fácil, pero la maldita fijación hace que el cerebro imagine sólo una forma de hacerlo –y así, de esa forma es imposible–. No les diré la solución así me odian un rato, pero sólo les daremos unas pistas: aunque el cerebro lo haya imaginado como una orden, nadie dijo que a) las líneas debían quedarse dentro del cuadrado o b) que debían atravesar el centro de los círculos. ¿Van entendiendo por dónde viene la cosa?
- De nuevo: miren al mundo que tienen alrededor, lleno de objetos simples, complejos, maravillosos, extraños. Nuestro cerebro tiende a asignarles una función y nos cuesta mucho (¡pero mucho!) pensarlos de manera diferente. Sí: así como en la famosa primera escena de 2001, una odisea del espacio, ese mono descubre el poder de utilizar un hueso como un arma mortal, quizá nosotros podamos descubrir los usos ocultos de las cosas que nos rodean. Sin ir más lejos, una simple vela puede ser una linterna que ilumine la manera en que funciona nuestro cerebro. Hágase la luz.






