
Sixto Palavecino El violín que vino del monte
Tiene 85 años. Llegó a compartir escenarios con León Gieco y Chico Buarque. Tradujo el Martín Fierro al quechua hace diez años y ahora planea realizar la edición bilingüe del poema
1 minuto de lectura'
Justo en esa parte del mapa no hay nada. Una vena verde (las convenciones del mapa aclaran que el verde es camino de tierra) llega hasta un pueblo llamado Atamisqui. Una vena violeta (camino consolidado, indica el mapa) llega hasta Salavina, la ciudad cabecera del departamento. Pero a Barrancas no llega ninguna ruta y los colores del mapa no indican que el paisaje sea montañoso ni salino ni desértico. El mapa, en esa parte, es blanco.
-Monte.
Dice el hombre en esta casa del Gran Buenos Aires, propiedad de una familia amiga donde se hospeda cuando viene. Eso. Monte.
-Yo nací en 1915, en Barrancas, departamento de Salavina, provincia de Santiago del Estero.
Agrega con orgullo reluciente. Le cuesta caminar. Por lo demás, una mirada del hombre todavía puede dejar temblando a cualquiera. Sixto Palavecino da sus señas de nacimiento y uno se puede imaginar una larga extensión de nada cubierta por esos árboles domados por un calor de pesadilla, y un rancho, y dentro del rancho un chico de 12 años gritando que su madre está muerta como dormida. Pero hoy el chico tiene 85. Usa bastón. Le gusta hablar con diminutivos.
-Vengo con mi salud bastante aporreadita. En Favaloro me hicieron tres by pass hace dos años.
Nació un día de 1915. Lo parió su madre en la cama, rogando que saliera sanito y aguantara después la vida en el monte, que era dura.
-Aguantamos los fuertes nomás. Yo tenía un hermano que falleció, 24 años. No teníamos médicos, eran curanderos, nomás. Se enfermó con gripe: complicación. Geniol no había todavía. Cuando he sido grande apareció el Geniol.
Petronila Palavecino. Los mejores recuerdos, entonces, para mamá, que fue valiente.
-Mi madre jovencita se casa, y tiene una hijita mujer. Tenía dos meses la chiquita y en un rezabaile, un baile que se le ofrece a un santo donde se reza y se baila, al marido lo matan, y a los seis meses muere la chiquita. Queda sola, pero tenía majada, ovejas, vacunos. Se conocen con un hombre y viven juntos sin casarse. Ella va descubriendo que el hombre era calavera, y totalmente desengañada dice que dijo: "No me caso. Mis hijos quiero que lleven mi apellido". Nosotros hemos sido los hijos de ese marido. Pero no he salido calavera yo.
Del padre al que nunca le dijo padre no se acuerda nada. Un solo recuerdo tiene. Recuerdo de la infección. -No me sé olvidar de una cosa. Una persona se perdió en el monte, a los cuatro días lo encuentran muerto, medio descompuesto el cuerpo ya. El marido de mi mamá se acerca y lo pone en la zorra abrazando el cuerpo y dice que de las manos le caía el cuerpo del muerto a pedazos, y parece que con eso murió este hombre, de esa misma infección.
En la casa fueron, entonces, cuatro hombres: Sixto y sus hermanos, Eulogio y Faustino, y el abuelito de 120 años, el Tata Martin. No había muchas cosas en el monte: no había luz eléctrica, escuela, médicos. -Lo que no había era dinero. No se usaba. Había un almacén. Mi mamá hacía esquilar ovejas, y avisaba al comerciante que ya estaban esquiladas. Mandaba dos carros el almacén. Venían y empezaban a cargar los montones ésos, sin pesar. Mi madre, pobrecita, confiaba en el comerciante. Después la llamaba a mi mamá el comerciante. "Petronila, tu fruto con la lana pesó tanto, arreglamos tu cuenta y te ha quedado tanto para gastar." Quedaba plata para gastar, pero plata no nos daba.
En la ciudad, las familias tenían un hijo cura y otro militar. En el monte tenían músicos. A él le dio por el violín.
-No sé de dónde he sacado yo la idea para hacerme un violincito. Había una madera como esta mesa, la corté en dos a cuchillo, le di forma, la pegué. Pero cuando mi madre me encontró con el violincito me dijo: "No te voy a dejar aprender porque vas a ser un enfermo trasnochador y calavera". Lloré cuando me quiso sacar el violincito, pero cuando se ha ido lo he llevado al monte y lo guardé en un quebracho de doscientos años. Todos los días salía a traer las cabras, y por el caminito había que pasar. Derechito me iba ahí a tocar. Nadie nunca me enseñó nada. Además canto. Yo canto fiero, pero canto. He aprendido todo del monte, no hay nada que venga de los pueblos, de profesores.
Un día, los hermanos lo descubrieron tocando el violín debajo de una frazada. Le preguntaron qué sabía tocar, y él tocó, sin decir ni mu.
-Me dejaron tocar para siempre. Y ya era musiquero chico.
Lo empezaron a contratar para tocar en las fiestas, los carnavales. En un rezabaile conoció a su primera novia, una chica a la que le regaló el pañuelito de seda que llevaba clavado en el bolsillo del traje.
-Le digo: "Te lo voy a dar... pero ya sabes por qué". Mi declaración era ésa. Me dijo: "Y, sí". Ahí nomás fue mi novia. Nos veíamos, solitos nos veíamos. Tú sabes que solitos ya... uno se divierte mejor, ¿no? Mejor el momento se pasa, solitos, y todo protege, pues, en el monte.
Por esa época, con 24 años y a días de casarse, murió su hermano Eulogio y Petronila, su madre, cayó herida por un rayo de pena. Doce años tenía Sixto y Petronila no paraba de llorar. Flaca se puso, dice.
-Yo sé decir que con eso ha muerto. Cuando yo me levanté la encontré muerta. De encima de ella había caído una sobrecama al suelo. Se la tiré encima y no se movió. Me arrimé. "Mamay -le digo-, mamay." En quechua quiere decir: mi mamá. Muerta. Pegué la vuelta y lo llamé a mi hermano mayor. "Faustinito, Faustinito, ha muerto nuestra madre." "Ayyy", dice él y salió corriendo. No había caso. Así que así fue. Nos quedamos solitos.
Los animales se morían en la boca caliente de una sequía imperdonable, y los dos huérfanos migraron a treinta kilómetros, en busca de tierras. Faustino fue su padre, hasta el punto de que cuando Sixto tuvo 16 y se quiso casar con una muchacha de 17, Laura, fue el hermano el que firmó los papeles del civil. -Locurita. El casamiento duró ocho meses. Se separaron y el día en que él volvió del servicio militar le avisaron que su esposa Laura había muerto. De ese matrimonio tiene una hija, Rosa. En aquel tiempo, Sixto trabajaba como cosechero por las provincias, hasta que decidió que iba a ser independiente. Se mudó a Villa Salavina, la ciudad más cercana en ese mar montaraz y achaparrado, y puso un almacén con la plata que había cobrado en carnaval.
-Cincuenta pesos me pagaron. A otros musiqueros les pagaban 10, 15. A mí me pagaron 50 porque yo era... es como Palito Ortega, Leo Dan, toda la gente venía donde estaba yo. Todos quemaban cuete, tomaban. Se armaba cada pelea.
-¿Se peleó a cuchillo usted?
-No me lastimé, pero sí me junté con uno. Era por sospecha, sospechándome amorosamente con la señora. El tenía un facón y una escopeta. Cuando quiso sacar cartuchos del bolsillo, lo avancé y le agarré la escopeta. El me sacó a punta y hacha. Yo tengo escopeta sin cartucho, y él tiene cartucho sin escopeta. Había sido que hay una rama y me caigo. Y me ha largado una puñalada. "Así que me quieres matar, le digo. Ahora te voy a enseñar cómo se pega." Lo saco a amenaza de puñalada. "Vamos a dejar -me dijo-. Vamos a abrazarnos." "No, te voy a abrazar con esto", le digo yo. Era para traicionarme. Ahí paramos. Uno tenía que vivir armado, hacerse respetar.
El almacén empezó a crecer hasta recibirse de ramos generales. Sixto compró violín nuevo a veinticinco pesos.
-Vendí una vaca y compré el violín. En esa época yo ya no sabía cobrarles para tocar. Tocaba para los amigos.
Se pone pícaro, este hombre que porta mal de Chagas desde joven. Dice que a las mujeres, a todas las mujeres, les puso nombre nuevo. -Parrita. Parrita de uva moscatel, la más dulcecita. Por eso, porque son dulces. Pero para tener esa parrita, ¿qué hay que hacer? Cuidarla muchííísimo. Tenerla bien podadita. Bien regadita. Para que nos brinde su sombrita, su frescura. Su frutita. Ji, ji.
Fue en un rezabaile de San Antonio que Sixto sintió unos ojos. Una sombra más bien. Una sospecha. Ese fue el conocimiento de Argelia. Nombre de país tenía, y hablaba en quechua, y lo quiso mucho. Unos ojos así, Argelia. -Esa noche la vi a Argelia. Me puso tres años de plazo para casarnos. Tan-to perseguirla le hice bajar a dos años y así le arañé hasta que... nos casamos a los seis meses. Nos casamos de civil en la casa de ella, pero esa noche no me entregan la novia y me volví a mi casa, casado y sin mujer. Así nos trataban. Cuando iba a visitarla cuando fuimos novios, me recibía el padre, ni la veía. Mi suegro ni pintado me quería. Porque yo era musiquero, era pobrecito. Cuando veo que estoy tan despreciado por mi suegro le hice llegar un papelito a ella: "Argelia: te voy a pedir, pero sé que tu papá se va a negar, si vos estás dispuesta yo estoy dispuesto a sacarte, directamente nos casamos". Ella me contestó que sí. Pero los padres al final cedieron. Fue para toda la vida. Cincuenta y tres años y cuatro meses de alegría y felicidad.
La historia del amor empezó con una cabalgata de locos hacia la iglesia de Salavina. La fueron a buscar a la novia al monte, y a caballo la llevaron a la iglesia. Un contingente de caballos, hombres, mujeres, chicos, viejos y viejas reventando cohetes en honor de los que tanto se querían, del hombre del violín y la chica con nombre de país africano sin que ella supiera por qué.
-Y ahí recién, a la nochecita, nos juntamos en mi casa, ya casados por iglesia. Hemos tenido tres hijos. Dos seguidos y hemos dicho vamos a suspender. Luego hemos tenido otrita, y ahí hemos parado para siempre. Así hemos hecho el convenio. A esa época no teníamos ninguna precaución para evitar el embarazo. El hombre es el que tiene que buscar la forma. Hay otros que meta hijo nomás. No queríamos muchos porque decíamos: hay que educarlos. Entonces yo tenía que sacrificarme para evitar que se ponga embarazada. Ella era para mí la mejor del mundo. Calladita era. No era de ésas. Cuando andábamos mal, jamás se ha puesto triste ni nada, porque podría haber dicho este hombre, siempre se funde. Murió de 75 años, hace cuatro. Cuanto más tiempo iba pasando, más nos queríamos. Los últimos años, a mí me parecía que más la quería.
Se fundió, sí. Una vez en Santiago, y otra vez en Buenos Aires, adonde vino con Argelia y las dos hijas mujeres a probar suerte en la radio. De paso puso pizzería, se fundió y terminó hombreando bolsas en el puerto. Dos años vivió en esta ciudad a la que Sixto no deja de ver con espanto.
-La primera vez voy en el subte y empiezo a pechar esas como trancas que hay.
-Molinetes.
-Eso. Empiezo a pechar esas como trancas y yo no sabía que hay que largarle moneda para pasar. No. Buenos Aires nunca me gustó.
Grabó su primer disco cuando tenía 50 años, en 1966, para RCA. Es autor de 300 temas, hizo 25 grabaciones en LP y dos en CD, más una tercera que está por salir. Recibió un Premio Konex, fue Disco de Platino, es Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Santiago del Estero, el ex presidente Carlos Menem le concedió el título de Personalidad Emérita de la Cultura Argentina, tocó con Chico Buarque, Pablo Milanés, Mercedes Sosa, Milton Nascimento, Pete Seeger, se presentó junto a León Gieco -que lo registró en su magnífica obra De Ushuaia a La Quiaca- en estadios como Vélez Sarsfield y Boca Juniors. Hizo aportes a la Caja de Autónomos toda su vida, y gracias a eso tiene jubilación.
-Bueno, son ciento setenta pesos. Ja ja.
Dice. ¿Hay que reírse?
-Nunca he vivido de la música. Yo he hecho más cultural que contrato. Más en los últimos años empezaron a tenerme en cuenta por la musiquita sachera, que sachero quiere decir del monte, montaraz. Pero vivir de la música no he vivido.
-¿Le hubiera gustado?
-Y, bueno, a lo mejor me iba a gustar, pero no pensé nunca vivir de la música porque no pensé que alguien iba a tener en cuenta lo que yo hago. Yo soy un sacherito pobre que canta en quechua.
Quechua. De los 27 departamentos de Santiago del Estero, 14 de ellos son quechuahablantes. Sixto no se resigna a que la lengua, avergonzada durante años, se pierda. Por eso canta y habla en quechua, y por eso en 1969 empezó a hacer un programa de radio, Alero quechua santiagueño, que sale por LRA 21, Radio Nacional de Santiago del Estero, que perdura hasta hoy. Por su defensa del idioma fue invitado a Perú para el Quinto Congreso Internacional de Quichua y reconocido como inca en aquel país. Este año, del 18 al 20 de octubre, el Sexto Congreso Internacional de Quichua se hará por primera vez fuera de Perú, en Santiago del Estero, claro. Mientras, y hasta hace quince años, este hombre vivía de cortar el pelo. Puso peluquería en Santiago, y cuando no había clientes, Sixto despuntaba el vicio del violín. Una tarde de tantas se puso a traducir el Martín Fierro al quechua. -Yo pensé: "Vivo hablando, cantando en quechua, qué más puedo hacer". Entonces pensé en el Martín Fierro. Tardé ocho años para traducirlo.
En cientos de pedazos de papel, fue armando un Martín Fierro primero y único en el mundo, respetando rima y métrica, que fue editado en 1990. Desde hace dos años está corrigiendo aquella versión con la ayuda de Gabriel Conti, estudioso del idioma. Pero esta vez la edición será bilingüe.
-En quechua y castellano. Si Dios quiere, nos va a apoyar para editarlo la Universidad Nacional de San Luis. Queremos hacer la primera presentación en la Biblioteca Nacional. Nosotros estamos teniendo fe de que este gobierno deje, ¿no?
Con los años, le empiezan a sobrar dos cosas: fe e independencia. -Ahora ya hemos grabado un disco y va a salir dentro de dos o tres meses. Es una firma discográfica independiente, pero distribuye EMI. En EMI estuve muchos años, pero en 1986 grabé mi último disco y en 1987 suspendieron el folklore. El director me decía que no me vaya, que vamos a grabar en cuaquier momento. Así pasé ocho años sin grabar. De ahí empecé a grabar y ya son tres compactos. Estoy con esta compañía, son más criollos.
Paciencia dice que tiene. Ni ahora -que dicen que van a sacar la enseñanza de quechua de los colegios de Santiago por falta de presupuesto- se enoja.
-Hay que evitar tener bronca, no hace bien. Yo me siento y me callo. No opino de política. No entiendo. Hasta mi último suspiro voy a seguir peleando por el quechua. Menos bolilla dan, más ganas me da. Si no se ha difundido porque no hay sellos grabadores, no hay periódicos, y bueno, yo digo... si no se difunde qué vamos a hacer. No lo querrán hacer. Pero no me enojo.
La inteligencia de Sixto encandila como un susto, asusta como todas las cosas salvajes y repentinas.
-Yo sigo haciendo. No me pongo a discutir con nadie porque yo soy un sacherito humilde que no entiendo nada.
Sabe ponerse irónico. Mostrar los dientes, usar un sable de palabras afiladas.
-Y si la discusión es en castellano, yo no le voy a discutir. Porque yo el castellano, la verdad, no lo hablo bien.
Brujerías
A comienzos de los años 90, Sixto participó de unas charlas sobre folklore en la Universidad de Belgrano. "Había sido una reunión muy grande. Todo el salón lleno de gente, nosotros cada uno con un micrófono. Y se pusieron a hablar de la Salamanca." Según las leyendas santiagueñas, la Salamanca es una cueva de brujas, donde a cambio de cierto pacto non sancto un hombre puede aprender alguna habilidad. Así, dicen, han salido eximios violinistas, guitarristas, bailarines y hasta galanes irresistibles. El hecho de aprender a tocar el violín solito y solo le valió a Sixto varias veces la acusación de salamanquero. Que no es, por cierto, un elogio. "La Salamanca es un lugar que sirve para todo eso. Hay que entrar sin ropa, y tiene que pasar pruebas para que lo tomen como alumno -explica Sixto, muy en serio-. Primero viene un sapo y le camina por el cuerpo, después un escuerzo ponzoñoso, después una víbora, y si pasan todos, el alumno puede entrar. Adentro, los asientos son rollos de lampalagua. Pero en la Universidad todo eso no contaron, nada más dijeron que para entrar a la cueva hay que negar a Jesús, que para eso a la entrada hay una imagen de Jesús que hay que escupir en la cara. Entonces ellos me quisieron hacer una picardía y dijeron: ¡Cómo, Sixto, has entrado a la Salamanca, has negado a Dios!. No, les dije yo, es que yo entré a la Salamanca por la puerta de atrás. Fue una carcajada todo el salón."






