
Sobre la incompetencia
Cómo los empleados ascienden de categoría hasta que no les de para más
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Convengamos en que la competencia, entendida como la posibilidad de hacer las cosas bien, goza de mucha aceptación en nuestros tiempos: hay libros, cursos y hasta secciones de revistas dominicales de los diarios dedicadas a ser competente, original, innovador. Pero, ¿qué hay con la incompetencia? ¿No merece también ser estudiada? ¡Claro que sí, y también tiene su ciencia!
Uno de los antecedentes más interesantes es el famoso principio de Peter, elucubrado por el especialista en educación Lawrence Peter en la década de 1960. Es muy sencillo: en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia. Piénsenlo un momento: suena muy razonable, ¿verdad? Imaginemos cualquier escalafón jerárquico: si todo va bien, los empleados van a ir subiendo de categoría hasta que ya no les dé para más y, en el mejor de los casos, se jubilen en el puesto en que alcanzaron su mejor incompetencia. El libro original de Peter, al que siguieron otros, no se queda sólo con el famoso principio, sino que tiene corolarios bastante obvios; uno de los más interesantes es que si una organización alcanza algún logro (lo que en los viejos tiempos solía llamarse trabajo), necesariamente debe ser realizado por los empleados que aún no hayan alcanzado su nivel de incompetencia.
Mucho más recientemente, hacia el final del siglo XX, apareció otro estudio sobre la incompetencia, pero en este caso se centraba en la dificultad en reconocer la propia. El título del artículo habla por sí mismo: La falta de habilidad y nuestra incapacidad de darnos cuenta de ello: las dificultades en el reconocimiento de nuestra propia incompetencia nos lleva a autoevaluarnos de manera exageradamente buena. Está bien, podría ganar el premio al título del año, pero dio lugar a lo que actualmente se conoce como el efecto Dunning-Kruger (originalmente llamado así en homenaje al nombre de los autores). En otras palabras: las personas incompetentes –todos nosotros, al menos en alguna tarea– suelen no darse cuenta de sus falencias. Miren alrededor: todos sobreestiman sus capacidades en una u otra área del conocimiento. Peor aun: según Peter Dunning, en muchos casos los incompetentes pueden vivir en una nube de autoconfianza, convencidos de que todo sale bien, una especie de ignorancia que se parece mucho al conocimiento. Dunning viene estudiando el sentido que tiene la gente de su propia pericia o conocimiento; por ejemplo, les presenta una serie de conceptos del tipo palabra difícil: fuerza centrípeta, fotón y otros. Las personas dicen que les suena, y en algunos casos pueden explicar de qué se trata. Pero lo más interesante es que cuando mezcla algunas palabras difíciles completamente ficticias, como placas de paralaje, ultralípidos o colarina…, ¡el 90 por ciento de los encuestados asegura tener algún conocimiento sobre el tema! Y no es gente rara, de ninguna manera: en mayor o menor medida, nos pasa a todos.
Dunning dice que esto es perfectamente lógico: para reconocer que somos ineptos en algo, tenemos que tener cierta pericia en ese algo, y si no la tenemos nos es difícil darnos cuenta de nuestra relativa inutilidad en el asunto.
Incluso hay estudios que demuestran que somos especialmente proclives a la ceguera frente a nuestra propia incompetencia en temas financieros. La sensación de conocimiento que tiene la gente en general no tiene nada que ver con sus saberes reales. En algún sentido, aventura Dunning, ser completamente ignorante sobre algo puede ser mucho mejor que tener conocimientos errados sobre el tema, ya que esta última posibilidad nos da una confianza que puede llegar a ser muy peligrosa en algunos casos.
En fin, que no hay cura para el efecto Dunning-Kruger (y, quizá, tampoco para el principio de Peter). Pero tratar de ser un poquito más conscientes de nuestra ignorancia y, también, de nuestras queridas inutilidades, seguro que ayuda a enfrentar al mundo con mayor humildad y disfrutar de todo lo que podamos aprender en el camino.
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