
Sol Gabetta, el sonido de un ángel
Nació en Córdoba y pronto se descubrió como un prodigio del violonchelo. A los 12 años tocó en el Colón. Hoy vive en Suiza y es una de las intérpretes de música clásica más requeridas
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Todavía puede verse en You Tube un brevísimo video en blanco y negro de Sol Gabetta en un programa de televisión de Antonio Carrizo. Es una niña muy rubia, de trenzas, con un vestido que ahora nos parece vintage y que toca un chelo todavía grande para su estatura. En esos escasos segundos se advierte ya todo el virtuosismo y la felicidad luminosa. No mucho tiempo después, a los 12 años, tocaría en el Teatro Colón.
Gabetta no es ahora niña. Es una mujer de brazos bellamente marcados, con una presencia escénica que impresiona, que toca un chelo Giovanni Battista Guadagnini de 1759 y que habla con una tonada inequívocamente cordobesa, pero con una sintaxis que tiende al alemán, la lengua que habla todos los días en Basilea, la ciudad donde vive desde hace años. Su intimidad en Suiza está dominada por músicos: su novio también es chelista y Andrés, su hermano, es violinista especializado en el repertorio barroco. A punto de cumplir treinta años, Gabetta no es esa niña. Pero la felicidad de tocar sigue intacta. Creció sin dejar de ser lo que fue en el comienzo: niña y prodigio.
Su carrera internacional -esa que le hizo ganar en 2010 el premio Gramophone, el más prestigioso de la industria del disco clásico, como Artista Joven del Año- empezó cuando actuó con la Filarmónica de Viena, dirigida esa vez por el ruso Valery Gergiev. Vinieron entonces los discos para el sello Sony. Primero grabó piezas de Tchaikovsky, Camille Saint-Saëns y Alberto Ginastera, y ganó por ese registro el premio Echo. A partir de entonces, las apariciones en la televisión alemana empezaron a hacerse frecuentes. Su belleza le abrió una zona del mercado clásico, el mismo que comparte con otra chelista, Natalie Clein. Pero Gabetta es diferente. Después llegarían sus versiones de Antonio Vivaldi, Leopold Hofmann, Joseph Haydn y Dmitri Shostakóvich. Es decir, un arco que une los siglos XVII y XVIII con el XX. Ultimamente, se editó su lectura del Concierto de Edward Elgar, una obra asociada para siempre con otra mujer genial, Jacqueline Du Pré, y que Gabetta logró hacer suya.
Cada uno de esos registros revelaba cierto aspecto de Gabetta: en uno (Hofman y Haydn) era la inteligencia para comprender el fraseo de un clasicismo con restos barrocos; en otros (Elgar), para pasar de la extrema espesura emocional a la liviandad del aire. Algo unía sin embargo a todos ellos: su afinación pasmosa y su toque enérgicamente expresivo, aunque dotado de infinita sensibilidad, inconfundible.
Gabetta es una intérprete de esta época, no solamente por su edad. Su enfoque de la música es estrictamente contemporáneo: sabe que cada repertorio -y sobre todo el barroco- demanda una pericia en particular, conoce el origen y el destino de cada estilo y concibe las obras como una totalidad, más allá de su lucimiento como solista. Pero está, además, su contacto con los compositores jóvenes. "Desde mi punto de vista, la vida es demasiado corta para fijarse en un único repertorio. La primera obra escrita para mí que voy a estrenar es del compositor holandés Michel van der Aa", contó en una entrevista de principios de este año. "Escribió un concierto para violonchelo que incluye una filmación, de manera que la música se refleje en la filmación como en un espejo. La meta es que, ya sea que el público escuche la música o mire la pantalla, vea y escuche la misma cosa." Hace pocos días, Van der Aa, el compositor, comentó en su cuenta de Twitter, después de reunirse con ella: "Sol Gabetta, ¡qué intérprete fantástica! Me inspira muchísimo escribir para ella".
Uno de sus discos se llamó Cantabile. Tomaba allí arias de óperas transcriptas para su instrumento, pero el nombre tiene también otras resonancias. En el último, incluyó una obra del letón Peteris Vasks cuya segunda parte, Dolcissimo, demanda que ella cante, con su hermosa voz de soprano, algo que suena como un eco de la cuerda. Los músicos que no son pianistas suelen ser uno con su instrumento, una relación particularmente íntima. Gabetta logra verdaderamente que su chelo cante como si formara parte de su propio cuerpo. Con sus voces más sombrías y más luminosas.






