
Soledad Una chica pop
Después del éxito como la chica que revoleaba el poncho, busca otro camino. Ahora cree que su futuro está en la actuación y en la destreza del cubano Emilio Estefan para fabricar mitos latinos. Mientras, sigue creyendo que su carrera no hubiera existido sin su padre
1 minuto de lectura'
A golpe de vista no parece un personaje famoso esta damita simpática y de baja estatura que llega a la cita vestida con pescadores negros, remera al tono, campera de jean celeste y luciendo con natural desparpajo una seguidilla de granitos salpicándole el mentón adolescente. Nadie hubiera dicho tampoco que bajo esa apariencia delicada se escondía un bíceps tan alimentado, capaz de zamarrear el poncho como si fuera más liviano que un pañuelo, y menos, que esta circunstancia tan fortuita la haría repentinamente popular a lo largo y ancho del país. Nadie lo diría porque la mayor parte del tiempo Soledad Pastorutti intenta ser una chica del montón, aunque cada tanto la fama le juega en contra y se ve obligada a demostrar cierta madurez a la hora de explicar su propio fenómeno.
Mucha carga ser un símbolo nacional. Sin embargo, la niña mimada del folklore dice ser consciente de que el éxito es una tómbola. Y por eso, pasada la furia mediática que convierte al sujeto más encantador en una hastiante figurita, la Sole intenta construirse a sí misma y no transformarse en sólo una anécdota.
"Yo soy muy chica y adolezco de un montón de cosas. Nunca me imaginé hacer esto profesionalmente, lo mío era hobby. Aun hoy lo tomo así, a veces me cuesta venir desde Arequito para hacer una nota. Digo ¡puf! -confiesa-. Cuando empezamos tenía menos responsabilidad. ¿Quién me iba a criticar si yo no era nadie? Pero después llegó la época en que Soledad era una novedad y había que aprovechar el momento. Entiendo que no toda la vida sos un furor y que es duro lidiar contra la desaparición de una novedad. Un día estás primera y mañana no, además la gente también se olvida de uno. Ya todos saben quién es Soledad, que revolea el poncho, etcétera. Pero no puedo robar toda la vida con un revoleo de poncho. Me interesa ofrecer algo más. No quiere decir que deje de revolear el poncho, pero somos una piedra en bruto que hay que pulir, como dice papá."
A los 8 años con un vestidito rosa con puntillas, la primogénita de los Pastorutti subió al escenario del Club Atlético 9 de Julio de Arequito -su pueblo natal, en Santa Fe- en una peña para recaudar fondos para la escuela de guitarra a la que ella y su hermana Natalia asistían. Esa tarde la ovación del público sonó como música a los oídos de su padre, un mecánico que estudió por correo y que hasta entonces se las rebuscaba para sacar adelante a sus dos hijas. Loco por el folklore, ingenuo o poco diestro para los negocios, Omar Pastorutti fundió cada uno de sus emprendimientos comerciales y estuvo a un tris de que le remataran la vivienda. Pero desde el día en que su criatura recibió la bendición del aplauso no dejó de ahorrar cinco pesos para llenar el tanque de nafta y llevarla de gira por los pueblos. Le eligió el repertorio. Del resto se encargaría el encanto de la infancia y un innato dominio de la escena.
"En ese momento el folklore no tenía futuro, no podía plantearme eso como una carrera. Yo soy del interior, de un pueblo donde la visión de la gente es más cortita. Pero a mí la vida me dio otras oportunidades, de lo contrario no hubiera conocido ni Buenos Aires... El día que canté delante de gente por primera vez papá quedó embobado, se le caía la baba. A todos les decía: Yo tengo una nenita que canta folklore. Una vez consiguió que en Rosario me pagaran una grabación en cassette, una reproducción muy casera, pero que nos servía para vender cuando terminábamos las presentaciones. Papá lo hacía porque ama el folklore y porque encontró en mí una compañera de aventuras."
Cierto es que otro hubiera sido el destino de Soledad de no mediar la férrea voluntad paterna. A los dos les rondaba en la cabeza la quimera de consagrarse en un podio nacional, como Cosquín.
"Papá lo hacía, en definitiva, porque se daba cuenta de lo que pasaba con la gente. Por eso siempre digo que el mérito es de él. En realidad teníamos como meta llegar a Cosquín. Nosotros pensábamos que ahí se terminaba todo, pero justamente fue allí donde comenzó la historia."
La dentadura apretada por los aparatos de ortodoncia y perfumada con colonia Pompis para bebes. Era una adolescente en febrero de 1995 cuando partió a la meca del folklore, en una chata destartalada junto a tres músicos y su inseparable compinche, dispuesto a montar guardia a la entrada de la carpa donde César Isella organizaba una peña paralela al festival de Cosquín. Con las ilusiones trasnochadas luego de horas al pie del cañón, padre e hija no dieron crédito a su felicidad cuando finalmente Isella decidió escucharla, y luego llevarla como artista invitada a su última presentación en Cosquín.
La nena era un boom. Pero una disposición legal echó por tierra el asunto simplemente porque nadie tuvo en cuenta que la promesa tenía 15 años y que entonces estaba prohibida la inclusión de menores en espectáculos públicos después de medianoche.
Soledad remontó con mucha dignidad el mal trago. Volvió a casa, consoló a su padre y siguió presentándose en festividades locales donde después de todo ya la habían entronizado. "Yo siempre cantaba en lugares donde había muchos abuelos y gente grande que aplaudían todos sentaditos, no había euforia ni fanatismo. Tenía 13 años cuando incorporé una chacarera a mi repertorio y veo un hombre grande atrás, entre el público, que se para y empieza a revolear una campera y para que se dé cuenta que yo lo estaba mirando agarré el poncho que había dejado sobre una silla y empecé a revolearlo. Fui evolucionando con la vestimenta desde que mamá me vestía de dama antigua para ir a las competencias. Usé jeans y chalequitos, las bombachas cuando se pusieron de moda; iba a una doma y me regalaban un sombrero, y así iba incorporando el vestuario. Un día mamá me prestó el poncho que papá le regaló cuando eran novios, pero ahora lo guardé porque han intentado robármelo varias veces."
En el verano siguiente el nunca vencido dúo Pastorutti volvió a la carpa de Cosquín y la suerte quiso que la celebridad de Arequito se convirtiera en máquina de vender discos: Ariel Ramírez y el intendente de la ciudad la invitaron a cantar un tema en el cierre del festival. Pero el público pidió cinco bises. Soledad los cantó y fueron definitorios para su carrera. En 1996 ganó el Premio Sadaic, y desde entonces no se habló sino de la mocosa que revoleaba el poncho.
En 1997 se presentó en un horario razonable y ganó el premio consagración de esa edición de Cosquín. Y lo que eso significa: despabilar la música popular y las tradiciones de un género concentrado en unos pocos próceres, pero que en los últimos años no logró cautivar a sellos de la talla de la poderosa Sony Music. Resistida y criticada, Soledad revirtió esa historia: vendió casi dos millones de copias con sólo cuatro placas.
"A veces me siento culpable de tener 19 años y haber vendido casi dos millones de discos, porque hay tanta gente que está hace años detrás de algo y no lo consigue. Supongo que las posibilidades también tienen que ver con el carisma. Hubo gente que se resistió, como me hubiera resistido yo en el lugar de ellos porque, ¿cómo explicarte?, no es envidia, es decir, a esta chica le está yendo bien, pero hay que ver qué pasa con el tiempo, si crece, si sigue con éxito. En eso le di la razón a todo el mundo. Y yo no venía preparada para ser artista. Pero siempre hemos sido de la idea de no meternos en problemas. Por dentro masticábamos bronca por las críticas, pero a mí me daban más ganas de estudiar y mejorar. Después hubo gente que cambió de opinión porque me conoció y se dio cuenta de que lo mío no era inventado, porque era esto lo que decían... que Soledad era algo inventado para vender discos."
Discos de platino y metales varios. Condecoraciones, presentaciones. Y una película casi biográfica de asombrosa repercusión comercial que le sirvió para descubrir que le gustaba la actuación más que la música. En esa dirección conduce su carrera, de la mano del cubano Emilio Estefan, el hacedor de mitos latinos que para lanzarla al mercado le suspendió el poncho y recicló su imagen, hasta el punto de la tapa del último CD, donde los ojos de la Sole asoman sugestivos entre unos reflejos capilares color canela y la sonrisa enmarcada en lápiz de labios. También dejó las zambas por una mezcla de ritmos rebautizada por la crítica especializada como popclore.
"Ahora tengo tiempo para organizarme, hago diez presentaciones al mes, pude terminar mi secundario en la escuela nocturna. Y quiero estudiar teatro. No me considero una cantante, sino una artista, nunca digo voy a cantar, sino voy a actuar. No voy a dejar de estudiar canto, porque la música me encanta, pero en realidad lo que me gusta es el show más que la parte musical. Participo de los arreglos, de oído, pero adoro armar la lista de temas, los efectos, la escenografía. Pensar en cómo llegar a las emociones del espectador."
Desde que se convirtió en quien es no ha tomado más de cinco días de vacaciones, por aquello de que alejarse demasiado induce al olvido, así que mejor aprovechar bien el momento, porque si bien ya no vive bajo el yugo del fin de mes hay que sostener esa realidad. Para evitar posibles altibajos, su papá compró la casa del vecino, algunos campos y unas cuatro hectáreas para construir una casa más grande, con quincho y pileta y espacio para los diez perros y los abuelos. "Es una locura, los medios inventan cifras y la gente se lo cree, como si tuviera una fortuna, y yo hace mucho que estoy ahorrando para comprarme un auto. El dinero es lo de menos, pero lamentablemente lo económico en este momento para nosotros es importante, porque si vos desaparecés un tiempo después hay que recuperarlo. Y para tomarse un año de descanso hay que tener buenas bases, porque por ahí si querés volver encontrás las puertas cerradas. Eso sí: puedo decir que es un orgullo saber que tu viejo ya no tiene que levantarse a las 5 de la mañana para ir a laburar, es un alivio saber que a mi abuela no le van a cortar el cable ni el teléfono. Además, en el pueblo le dimos trabajo a mucha gente. Por ejemplo, los choferes de la combi estaban desocupados. Bueno, no cobran muy bien, pero al menos tienen trabajo."
En Arequito funciona una oficina con teléfono para atender a los fans. En pocos meses estará en marcha una fundación con su nombre.
"Hay gente que no puede salir del pueblo porque no tiene la posibilidad de seguir estudiando. A mí me esperaba ese destino. Pero sé que papá se iba matar para que estudiara una carrera, lo conozco, y no iba a parar hasta que lograra algo así. Papá es especial para mí, porque pese a su escasa educación y a que se quedó huérfano muy chico aprendió mucho en la vida. Estuvo en política, fue el tesorero de la Comuna, el encargado de los espectáculos del Festival de la Soja, trajo un montón de artistas al pueblo, conoció a Atahualpa Yupanqui. El es mi modelo a seguir. Si papá hubiera sido el típico gringo de pueblo que se conforma con su campito y nada más, quizá mi vida no hubiera tenido remedio."
1
2“¿Qué hago con esto que me tocó vivir?”: le diagnosticaron esclerosis múltiple y decidió cambiar su vida para ayudar a otros
3Efemérides del 12 de marzo: ¿qué pasó un día como hoy?
4Ya funciona en Buenos Aires: cómo es el novedoso modelo de viviendas para jóvenes adultos con discapacidad intelectual


