
Sugestivos relatos de tiempos remotos
Por Eduardo Tarnassi
1 minuto de lectura'
Yo no le canto a la luna/porque alumbra y nada más./Le canto porque ella sabe/ de mi largo caminar, dice una copla de don Atahualpa Yupanqui. Esa experiencia bien puede aplicarse a los pichichus que dan tema a estas notas.
¿Por qué? Porque tal vez el largo camino por los senderos de su historia junto al hombre los impulsaron, como al poeta, a cantarle con sus aullidos a ese que (técnicamente) llaman el satélite de la Tierra.
Lamentablemente, el aullido es la voz perruna que más enigmas encierra para los expertos. Sin embargo, en la antigüedad no ocurría lo mismo porque estilitas, anacoretas, esenios o augures lo interpretaban en leyendas y supersticiones como un mal augurio.
La larga asociación entre perros y hombres, como no podía ser de otro modo, hizo recaer en el cuadrúpedo baticola (el integrante más débil de esa sociedad) una serie de historias, algunas buenas y otras no tanto, que llegan hasta nuestros días.
Una vieja leyenda, presuntamente originaria de la India, relata que cuando Dios hizo a Adán y a Eva ambos fueron deglutidos por una enorme serpiente de hábitos nocturnos.
Eso obligó al Supremo a hacerlos nuevamente. Sin embargo, el obstinado ofidio sació una vez más su apetito con la primigenia pareja.
Según el cuento, Dios, malhumorado y porque no puede ser vencido en virtud de su divinidad, les dio forma una vez más. Pero esta vez dispuso que un perro los acompañara y protegiera.
Como era de esperar, la serpiente apareció por tercera vez, aunque optó por poner pies en polvorosa (¡esta palabra es tan antigua...!), ahuyentada por los feroces aullidos del can.
La historia es poco creíble y debe ser invento de algún amante de los pichichus, ya que sugerir que el perro acompañó a Adán y a Eva es un poco exagerado, admitámoslo.
Continuando con lo nuestro, en la India y otros países se dice que cuando un perro aúlla anuncia que un hombre está muriendo.
En nuestra última nota dijimos que, gracias al olfato, estos animales detectan los cambios bioquímicos que se producen en nuestro cuerpo antes de morir. Esa percepción, de modo alguno, los hace aullar.
No obstante, ésa no es la única superchería acerca del aullido como prenuncio de muerte. En otras regiones del planeta se cree que los perros aúllan cuando la Parca pasa a su lado. Si lo hacen en dos oportunidades, dicen, anuncian la muerte de un hombre; si lo hacen tres, la que morirá es una mujer.
Otra creencia macabra es la que señala que la dirección en que aúlla el pobre perro predice de qué lado viene el cortejo fúnebre.
En materia de leyendas, una de las que más afiebra la imaginación (porque el relato quedó trunco) tiene su origen en un antiguo papiro egipcio, que data del 1500 antes de Cristo.
En él se relata la historia del Príncipe del Destino, pero la conclusión se ignora porque el escrito se rompió.
La historia cuenta que un rey que deseaba tener un hijo varón elevó una súplica a las siete diosas del Destino (que tienen cabeza de vaca).
Ellas accedieron a su ruego, pero no sin antes advertirle que su hijo moriría en las fauces de un perro, deglutido por una serpiente o ingerido por un cocodrilo.
Temeroso por la predicción, el monarca decidió que el príncipe pasara la infancia y la adolescencia recluido en una torre inexpugnable.
Cuando llegó a adulto, pidió permiso para abandonar el encierro, deseo que le fue concedido. Sin embargo, una vez en libertad vio por primera vez a un perro, por lo que le pidió al padre que le permitiera tener uno.
El rey recordó el augurio de las diosas, pero, por amor a su hijo, le dio el gusto.
Una noche, cuando el príncipe dormía apaciblemente, una enorme serpiente entró en su alcoba y reptó hasta su lecho. El perro luchó con ella y le dio muerte.
Tiempo después, cuando el heredero del trono nadaba en un río de aguas cristalinas, fue visto por un cocodrilo que exhibía su cuerpo al rayo del sol. Ante el bocado que se le presentaba, ingresó en el agua y nadó directamente hacia su presa.
El príncipe nadó con desesperación, pero no era lo suficientemente rápido como para escapar de la filosa dentadura. Ante esa imagen, el perro no dudó un instante: se lanzó al agua, luchó ferozmente con el saurio y, finalmente, venció.
Entonces...
Aquí se rasgó el papiro, por lo que la historia quedó sin final. Pero nada impide que el lector imagine el desenlace como mejor le parezca y, en una noche de insomnio de cualquiera de sus hijos, le cuente el bello relato.






