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Temporada de esplendor. Bignoniáceas, la familia botánica que deslumbra con sus flores

Florencia Cesio
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15 de octubre de 2020  • 00:00

Si algo sorprende de esta familia, es la vistosa floración de sus integrantes: con una centena de géneros e increíbles colores, la familia botánica de las bignoniáceas forma en conjunto casi un arcoíris. Por estos días, está en su época de esplendor, basta con observar los lapachos en avenidas y veredas de gran parte del país para atestiguar, una primavera más, su encantador despliegue floral.

Las bignoniáceas son generalmente árboles o trepadoras que, en muchos casos, son potentes lianas, pero hay también arbustos y algunas plantas herbáceas.

  • Las hojas. Generalmente son compuestas, pero hay casos en que no.

  • Las flores. Tienen 5 pétalos fusionados que crean una corola en forma de tubo, que finalmente se abre marcada en lóbulos. Para saber si una planta es de esta familia, hay que buscar dentro de la flor: es característica la presencia de 4 estambres (hay algunas excepciones que tienen solo dos, como las catalpas) y un estaminodio, que es un estambre rudimentario, no funcional para producir polen, que se ve de menor tamaño. Y los estambres están amarrados a la corola, es decir, tienen los filamentos soldados en la base de los pétalos fusionados.
  • Los frutos. Son cápsulas de aspecto variable: a veces larguísimas -de hasta más de 50 cm-, parecidas a legumbres a simple vista, como en el caso de la uña de gato; otras veces tienen una forma redondeada, plana, como en el jacarandá; a veces son elípticas y con púas, como en el peine de mono.
  • Las semillas. Son aladas; su cubierta seminal se estira en un apéndice muy tenue que las ayuda a flotar en el aire y planear. Así, la planta en miniatura, encerrada en un estuche, tiene la posibilidad de encontrar un buen lugar para arraigar y desplegarse.

Árboles de floraciones hipnóticas, lianas extraordinarias por su fortaleza y hasta herbáceas representadas en la flora nativa integran la extensa familia de las bignoniáceas.

Las bignoniáceas nativas

Izquierda: Un Handroanthus heptaphyllus en plena floración. Derecha: Una nube azul de jacarandá. Aunque son raros, también hay jacarandás de flores blancas.
Izquierda: Un Handroanthus heptaphyllus en plena floración. Derecha: Una nube azul de jacarandá. Aunque son raros, también hay jacarandás de flores blancas. Fuente: Jardín - Crédito: Florencia Cesio

Esta familia agrupa cerca de cien géneros, de los cuales 25 tienen exponentes nativos. Entre los árboles, se encuentran los mágicos Jacaranda mimosifolia, jacarandás o tarcos (este último, un nombre genuinamente autóctono). Son originarios de la selva nubosa de Salta, Jujuy y Tucumán y también se distribuyen naturalmente en Entre Ríos. Pocos árboles hay con floraciones azulinas y tan copiosas. Se lo llama Jacaranda mimosifolia porque tiene hojas como las de las mimosas. Es un árbol bastante longevo y alto, puede alcanzar de 15 a 20 m de altura. El género se compone de decenas de especies; cuatro de ellas son nativas. Además del ya mencionado, tenemos el Jacaranda cuspidifolia, el "para paray guarú", un árbol bajo de Salta y Tucumán; el Jacaranda micrantha (= J. semiserrata), la "caroba" o "caroba blanca", un árbol muy atractivo de 6 a 15 m de altura, con flores de color lila purpúreo; y el Jacaranda puberula, "caroba o caroba brava", que es árbol o arbolito. Estos dos últimos son nativos de Corrientes y Misiones.

El jacarandá enamora a las ciudades donde crece, aquí o dispersos por el mundo, porque crece bien soportando la polución y puede dar lo mejor de sí aun entre el cemento.

Antes que los jacarandá florecen los lapachos, en invierno o, más al sur como en Buenos Aires, en la naciente primavera. Están los de color rosa, como Handroanthus impetiginosus (lapacho rosado), del Chaco y el NOA, y el Handroanthus heptaphyllus (lapacho negro), que también es oriundo del Chaco y se extiende por el NEA, hasta Santa Fe. También hay de flores amarillas, como el H. lapacho (lapacho amarillo) y el H. ochraceus con vellosidades ocres, ambos de Salta y Jujuy; además, están el H. albus (lapachillo) y el H. pulcherrimus (lapacho amarillo misionero o lapachillo), un lapacho bastante bajo, de unos 6 a 7 m.

Por el parecido de sus flores con las de los lapachos, también se lo llama lapachillo o guarán amarillo al Tecoma stans, un arbolito que alcanza 7 m de altura, con hojas compuestas de un vibrante verde y una floración impactante primaveral y otra hacia fines de verano y principios de otoño. Es el más cultivado como ornamental por el tamaño de sus flores y es bastante utilizado en arbolado público por su tamaño discreto.

Hay otros Tecoma nativos con flores rojas o rojizas, pero más chicas, como el Tecoma fulva subespecie garrocha (= T. garrocha) o el Tecoma tenuiflora. Ambos del NOA y centro del país, donde crecen espontáneamente a varios metros sobre el nivel del mar.

Izquierda: Tecoma capensis, la trompeta del Cabo, un arbusto rústico que resiste vientos, algo de salinidad y de falta de agua. Derecha: Un guarán amarillo, Tecoma stans, en su mejor momento.
Izquierda: Tecoma capensis, la trompeta del Cabo, un arbusto rústico que resiste vientos, algo de salinidad y de falta de agua. Derecha: Un guarán amarillo, Tecoma stans, en su mejor momento. Fuente: Jardín - Crédito: Florencia Cesio

Entre las trepadoras hay lianas increíbles, como la sacha huasca o Dolichandra cynanchoides, con hojas compuestas por dos folíolos y flores de 3 a 6 cm de largo, amarillas, anaranjadas y rojas que atraen picaflores, y que crece naturalmente tanto en sitios secos de la región central, como en húmedos del noreste del país; bien aclimatada, puede subir a 10 m de altura. D. unguis-cati es igual de versátil, y crece en el norte y centro, hasta Buenos Aires. Es también una liana imponente cuando se desarrolla al máximo. Se va adhiriendo a los árboles por medio de raíces adventicias y unos zarcillos que parecen garras, muy pinchudos (de allí el nombre de su especie).

Izquierda: Existen muchas especies de lapachos de flores amarillas en Sudamérica, algunos tienen pelitos bronceados que cubren sus cálices. Derecha: Dolichandra cynanchoides, clarín del monte o sacha huasca, con sus pequeñas y adorables flores que nacen claras y se tornan rojas.
Izquierda: Existen muchas especies de lapachos de flores amarillas en Sudamérica, algunos tienen pelitos bronceados que cubren sus cálices. Derecha: Dolichandra cynanchoides, clarín del monte o sacha huasca, con sus pequeñas y adorables flores que nacen claras y se tornan rojas. Fuente: Jardín - Crédito: Florencia Cesio

Pyrostegia venusta es buena para cubrir fuertes pérgolas y florece de otoño a primavera, entremezclando el follaje con orlas de flores de un naranja rutilante. Ninguna de las tres es una trepadora mansa, son lianas vigorosas que, en jardines no muy grandes, hay que mantener a raya porque si no desbordan en los linderos. Pero es muy grato cultivarlas, tenerlas cerca, porque además son un aporte chiquito, pero aporte al fin, para la conservación.

Entre las trepadoras también hay tres especies de Bignonia nativas y dos son bastante cultivadas. Bignonia binata (= Clytostoma binatum) tiene flores de un violáceo purpúreo y garganta blanca, y habita naturalmente en el NEA, donde alcanza unos 6 m de altura. Necesita humedad y ausencia de heladas; puede cultivarse en maceteros grandes, donde florece bien. Bignonia callistegioides (= Clytostoma callistegioides) es la dama del monte, de flores rosadas con marcas más oscuras como guías de néctar. Es más ecléctica en su distribución (NEA, NOA y llega hasta Mendoza y Buenos Aires). Soporta temperaturas más bajas.

La nativa Bignonia callistegioides, llamada dama del monte o alegría de la mañana.
La nativa Bignonia callistegioides, llamada dama del monte o alegría de la mañana. Fuente: Jardín - Crédito: Florencia Cesio

Las dos tienen su mejor floración entre primavera y principio de verano. La diferencia entre ambas, además del color de las flores, la da el cáliz: en la binata es más largo, hasta un centímetro, y dentado. Las dos tienen un fruto diferente al de las otras lianas: una cápsula elíptica con púas, al igual que el peine de mono Amphilophium carolinae (= Pithecoctenium cynanchoides, A. cynanchoides). Esta última es una enredadera más chica, de hasta 3 a 5 m de altura, que puede generar flores pequeñas, blanquecinas y perfumadas de primavera a otoño; tiene una amplísima distribución en el país.

Las bignoniáceas exóticas

Un árbol muy cultivado es la catalpa, de hojas grandes, anchas, acorazonadas, que caen en otoño. Llama la atención por sus flores, que aparecen cuando la primavera ya se instaló. Hay dos especies cultivadas en el país y muy parecidas entre sí: la Catalpa bignonioides y la Catalpa speciosa. Esta última tiene flores y frutos algo más grandes que la otra. Los frutos son larguísimas cápsulas de hasta 60 cm, muy persistentes en el tiempo. Resisten el frío. Spathodea campanulata o tulipanero de Gabón es un árbol de altura de mediana a baja, de flores de unos 7 cm que reverberan en rojo, y con hojas compuestas. Crece bien en zonas cálidas.

Entre las trepadoras, son muy cultivadas la Campsis radicans y Campsis x tagliabuana; la primera naturalizada en algunas zonas del país, ambas con preciosas trompetas color naranja. La Podranea ricasolianabrinda el placer de sus ramas arqueadas, donde despiertan las flores rosadas desde fines de verano y hasta bien entrado el otoño. Hay que saber que alcanza un gran volumen y que crece muy rápido, y que durante el invierno -en algunos sitios- se queda sin hojas. La Bignonia capreolata es oriunda de Norteamérica, tiene flores amarillas y rojas, y soporta fríos bastante intensos.

La trepadora exótica Pandorea jasminoides, de la que hay también cultivares de flores rosadas.
La trepadora exótica Pandorea jasminoides, de la que hay también cultivares de flores rosadas. Fuente: Jardín - Crédito: Florencia Cesio

Otra trepadora muy bonita de la familia es la Pandorea jasminoides, una australiana de follaje lustroso y permanente y flores blancas con garganta roja. Si bien es de larga floración (de primavera a otoño), varía mucho según la zona, al igual que Tecoma capensis, un arbusto apoyante sudafricano que puede florecer gran parte del año. Muchas especies de esta extraordinaria familia atraen a los picaflores.

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