“Tengo tendencia natural a no estar en la Tierra”

Soldado de mil batallas contra los demonios, Manuel Moretti celebra los 20 años al frente de Estelares, una banda que surfeó todas las modas del rock hasta que sus canciones finalmente se convirtieron en hits y en objetos de reconocimiento
Pablo Perantuono
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9 de enero de 2017  

No olvido el espanto de los excesos, pero tampoco su maravilla.” Manuel Moretti (50, compositor y cantante de Estelares) repite la frase como un mantra y vuelve a apuntar a la médula dorsal de su aventura vital: aquello que lo arrojó a escasos centímetros del abismo fue también lo que le permitió sortear los agujeros negros de su alma. En algún momento de los años 90, Moretti cumplía todos los requisitos del poeta existencial y maldito: insular, incomprendido, fuertemente comprometido con la oscuridad y la bebida. Aquel era un Moretti cuyas bellas melodías eran elegantemente soslayadas por el gran público, lo que no hacía más que exacerbar su sensación de desplazado. La escena del rock le dejaba espacio a dos categorías de bandas: los sónicos y el rock chabón. Todo aquel que pretendía salir de ese molde binario era invitado a retirarse o a conformarse con una minoría poco sustentable. Para atravesar aquel invierno largo y menemista, Moretti se encerró en su caparazón. Se miró el ombligo, compuso un montón de canciones y tiró hasta el desgarro la cuerda de los consumos. Como ocurre con las batallas con los demonios, dejó parte de su piel en las trincheras de esas noches. Hoy no puede dejar de mirar con orgullo su condición de veterano, mientras prepara el show que dará el 21 de enero en el Parque Nacional Tierra del Fuego, donde Estelares será el número fuerte en el ciclo Picnics Musicales en Parques Nacionales.

Son varios los conceptos que sobrevuelan Las antenas, el octavo disco de Estelares, la banda que lidera Moretti y que lleva 20 años en la ruta. Hay algo de redención, de ajuste de cuentas, de pasar los dedos por la piel, y sentir las cicatrices y describirlas: un poco como suvenir, otro poco como condena. Aquello que nos puso en peligro es también lo que hoy nos constituye. El viaje –la lírica de Moretti está llena de paisajes y postales– ha sido intenso, pero apasionante.

“Supongo que hay un revisionismo, por mis 50 años y mis 20 años con la banda –arranca Moretti–. En este disco confluyen un montón de cosas. Hay algo menos afiebrado en mí que tiene que ver con el encuentro con el amor. Y el amor en sí es mi pareja y mis dos hijas. Yo no daba dos mangos por eso. Juana, la menor, tiene 10 años... Ahí ocurrió algo que tiene que ver con que me hizo correr de mi eje narcisista. Desde hace cuatro años que estoy con Julia, mi mujer. Y hace un año y medio que nació Lola. Todas esas cosas han movido muy profundamente en mí circunstancias que antes tenían que ver con la soledad. El disco se llama Las antenas porque me movió de una soledad patológica. Yo tenía una relación muy intensa con la soledad, primero por procesos conflictivos familiares, y después por la falopa y el alcohol y demás. Fueron las canciones las que primero me empezaron a alejar de la soledad. Funcionaron como antenas. Y también el revisionismo. Los lagartos mueren en familia, por ejemplo, es una canción de 1998, una canción muy cargada, que tiene que ver conmigo, con la historia argentina. Lo de los lagartos remite a García, a los dinosaurios. Y el amor, por supuesto.”

Como que aquel vacío que había que llenar con lo tóxico hoy se llena con amor y canciones producto de eso.

Sí, hay algo que se acomodó. Yo tomaba tres cuartos de botella de whisky por show. Y cuando nace Juana, había engordado como 12 kilos. Ahí algo se dispara en mí: el hecho de no soportar estar borracho si tenía que ver a mi hija. Automáticamente, en un montón de situaciones dejé de beber. Me agarraba angustia, no podía tolerarlo. Eso fue un cambio. Y no era mi primera experiencia con los excesos. Tengo experiencia de angustia y de soberbia desde los 18, 19 años.

A algunos les aparece un accidente y a vos te apareció una hija.

También hubo un acontecimiento muy importante. Yo salía de noche y me dormía, por todo lo que bebía. En una Navidad volvía a casa en el auto y tuve lo que se llama sueño blanco. Me dormí despierto, a tres cuadras de casa. Me pega una moto, la moto se hace trizas, el pibe vuela. Cayó al lado de una columna. Me decía “no siento nada”. Pensé que era el fin. Vino la ambulancia. Mi estado era tremendo. Pero al pibe no le pasó nada. Después estuve tres noches sin dormir. Fue un impacto tremendo. Que no le haya pasado nada fue increíble.

A diez centímetros de una tragedia.

Sí, y con mi personalidad hubiera sido el fin. No me lo hubiera perdonado jamás. No pasó, pero soy muy frágil con eso. No sé si me hubiese repuesto. Fue el remate, porque Juana ya estaba.

Ilustrado, descarnado y potente, el discurso de Moretti no sólo está humedecido por las horas de diván sobre sus hombros, sino también por una implacable curiosidad para sumergirse y escrutar en los terrenos de la sensibilidad. Un terreno resbaladizo: aparece el amor, sí, pero también los sentimientos o las pulsiones más bajas, los mecanismos de boicot, la atracción inapelable de ese enano interior de muchas caras, el ego . “Alguna vez dije que el solitario es aquel cuya vida interior es más interesante que el exterior. A veces es divertido, pero cuando se hace patológico, no lo es. Para mí hay una parte de la soledad que es adictiva. Mi psicoanalista dice que no. Yo a la soledad la conozco. Hoy, a veces viene y me golpea la puerta, para irnos por ahí. Pero ya no tengo ganas, ya no me pulsa.”

Encima tu oficio necesita momentos de reclusión.

Es que siempre fui así. ¿Sabés lo que es encerrarte para ver toda la filmografía de Brian De Palma, por ejemplo, y no querer hacerlo con nadie? Lo mismo con la lectura. O las caminatas. También las mujeres funcionaron como un oasis, porque siempre he sido amable en ese sentido, pero no dejaba de ser un acontecimiento extraordinariamente narcisista. Tengo tendencia natural a no estar en la Tierra. Por otro lado, tengo que decir que, aun cuando he sido despectivo con muchos acontecimientos de mi vida, con la profesión nunca he sido deshonesto.

Bueno, tal vez la profesión estaba por encima de todo. Por otro lado, una vez Darín dijo que llegando a los 50 sentía que se había esencializado, y que eso le había quitado un peso importante. A eso también hay que sumarle la gratificación, tanto en su caso como en el tuyo, del reconocimiento, porque debe ser muy frustrante tener el deseo o la ambición de que tu arte se dé a conocer, o que llegue a muchos, y no lograrlo.

La operatoria del reconocimiento es un bálsamo importante. Es el espejo de lo que vos sentís de vos, pero viene desde afuera. Incluso aunque te odies, te hace bien. Es correrte de esta patología ombliguista, que se da de mil maneras. Si el afuera te toca y te modifica, bienvenido sea.

Y la vuelta de eso es que ese reconocimiento, en tu caso, llega cuando ya estás consolidado, porque tal vez en otro momento hubiese disparado otros demonios.

También hubo llegadas a lugares por deseo y desesperación, momentos estrellados, de verdad. Si el éxito que empezamos a tener con Sistema nervioso central nos hubiese agarrado a los 25, con aquella pirotecnia emocional, y con dinero, chicas y demás, no se sabe lo que hubiera pasado. Lo que sí, como éramos excesivos, seguro que nos hubiésemos encontrado con otra cosa. Nunca se sabe, de todas maneras, qué habría pasado, pero lo que es cierto es que yo me inyectaba drogas duras, por ejemplo.

A una edad en la que te creías inmortal.

Y... sos joven. Yo creo que una de las cosas que calmó la gran desesperación y angustia con respecto a la profesión tiene que ver con el reconocimiento de personas que uno respeta.

Hablemos del ADN de la canción estelar. Hay una raíz pop, pero también una familiaridad notable con la canción popular, y esa comunión da como resultado el sonido propio.

A mí me parece que sí, que hubo una búsqueda de dignificar la canción popular argentina. Me he educado escuchando el Club del clan, Favio, Sandro, Nino Bravo, Julio Iglesias. Y todas las bandas de los 70. Pero también, como soy del interior [nació en Junín], mi mirada sobre el universo porteño está corrido, y tal vez eso me da un permiso más de canción popular argentina. El otro día venía escuchando a Eduardo Mateo y a los uruguayos y me preguntaba, “¿qué hay acá que me gusta, al margen del universo de palabras?” Y me di cuenta de que, al igual que los rosarinos, no están mirando Buenos Aires. Algo de eso a veces sucede con la canción popular. Pero todo eso no funcionaría sin la palabra, y ahí está Miguel Abuelo, o Spinetta, dos porteños que me marcaron. Todo eso confluye. Y también con las guitarras de Víctor, que son frescas. También hay una cuestión de época. Escucho mis canciones y creo que hay una similitud con el universo que vivieron Palo Pandolfo y Vicentico, que son los tipos de mi generación, que tiene que ver con los músicos que nos formaron: Charly, Litto Nebbia, Luis (Spinetta), Miguel Abuelo, Javier Matínez. Venimos de ahí. Y alguno que se mete, como Leo Dan, Sandro, etcétera.

En los 80 y en los 90, eran imposibles esos cruces.

Nosotros formamos parte de incluir. De abrir la oreja. En algún momento sentí que nadie prestaba atención a dos acordes de las canciones que hacíamos. Eran canciones más específicas, más de elite. Por ahí me enojaba, pero no estaba en ninguno de los dos procesos antagónicos, ni en los sónicos ni en el rock barrial. Bueno, vos fijate, ahí estaba pidiendo reconocimiento. Lo que es cierto es que uno no deja de atravesar todos los procesos. Es increíble, pero no hay otra película que la de uno.

En ese sentido, hay canciones tanto de este disco como del anterior que abordan de manera explícita ese proceso. Me refiero a temas como Alas rotas o Rimbaud.

Seguro. O 200 monos, que es un homenaje a la maravilla y al espanto de la ruta de vivir. Me doy cuenta de que uno no tiene miedo de morir, uno tiene miedo de vivir.

Uno tiene miedo del dolor, porque vivir duele. Entonces viene la anestesia, desde una adicción hasta el amor. Y eso da miedo, porque hasta el amor es riesgoso. Zizek dice que amar es entregarle un cuchillo al otro confiando en que no será usado.

Claro. Es que el camino es inexorablemente el que uno está atravesando. Lo importante es cuando te corrés del goce, de la repetición sin sentido, para que pase otra cosa. Porque una vez que aparece la dicha, hay que sostenerla cada día. No hay nada que no se sostenga con un ejercicio diario. Y eso es otro error conceptual, porque nos criamos pensando que las cosas llegan solas, como si uno fuera ajeno a esa construcción. Y eso también tiene que ver con el mecanismo social al que pertenecés, el universo religioso en el que te movés, la cosmovisión familiar.

Y la época, claro. La celebración de la dicha. O el mandato de felicidad. Ahora bien, esa felicidad varía de acuerdo al lugar social.

Todo eso lleva mucha emoción.

Y atención, porque nunca está resuelto el tema.

Nunca está resuelto. Yo siento que estoy lleno de miedo, pero miro para afuera y hay gente que tiene una tonelada más de miedo que yo.

Es como en la escena final de Blade Runner en la que el replicante, mientras sostiene en el aire a Harrison Ford, le dice: “Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿no? En eso consiste ser esclavo”.

Ja. Hay que atravesar los propios miedos. Para eso funciona algo extraordinario que es mirar al otro. Este es un disco amoroso, que es un poco la oposición. Porque lo contrario al amor no es el odio, es el miedo. Y este es un disco lleno de amor.

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