Tiempo de espera

En esta cultura de lo instantáneo y lo fugaz, lo que nos rodea va perdiendo relevancia en la medida en que no invertimos nuestro tiempo en conseguirlo
Guillermo Jaim Etcheverry
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7 de septiembre de 2014  

La sobremesa se prolongaba animada por las anécdotas que siempre surgen cuando los comensales tienen vidas interesantes. De pronto, al recordar épocas pasadas, el anfitrión dijo: "¡Qué lindo era esperar!". En su brevedad, esa frase evocaba una experiencia vital que ha ido desapareciendo. Acostumbrados a esperar para lograr lo que queríamos, en la anticipación que se generaba durante ese tiempo de espera se cifraba gran parte del atractivo que tenía conseguirlo. No siempre advertimos el hecho de que la espera añadía valor a lo esperado. Efectivamente, cuando al cabo de un tiempo, el deseo o la necesidad se concretaban, apreciábamos más lo conseguido y nos dedicábamos a disfrutarlo. En esa atención que prestábamos a lo logrado, parecía encontrar su justificación el tiempo de espera. Hoy, en cambio, vivimos en un mundo que privilegia la satisfacción instantánea de todo lo que deseamos. Pero, no pocas veces, al materializarse de inmediato, lo anhelado pierde gran parte de su atracción y encanto.

Los migrantes digitales, es decir quienes hemos habitado ese tiempo de espera, estamos en condiciones de advertir las ventajas y también las pérdidas que supone la instantaneidad que ha hecho posible el desarrollo tecnológico. Al contraer el tiempo y abolir el espacio, las nuevas tecnologías permiten satisfacer de inmediato cualquier deseo. ¿Leemos en una pantalla la referencia a un libro de reciente publicación? Sabemos que nos separa de él solo un clic y que sin movernos de nuestra casa, al instante podemos tenerlo. Que no es lo mismo que leerlo porque hacerlo realmente supone una inversión de tiempo que no siempre estamos dispuestos a realizar. Este ejemplo, uno entre muchos posibles, invita a señalar que va quedando en el olvido la costumbre de visitar librerías, hojear los libros, descubrir algo impensado en lo que nunca se hubiera reparado de no haberlo visto allí. Esas son experiencias de un pasado que parece estar en presurosa fuga.

En esta cultura de lo instantáneo y lo fugaz, lo que nos rodea va perdiendo relevancia en la medida en que no invertimos nuestro tiempo en conseguirlo, ya sea que se trate de objetos o de relaciones personales. A propósito de éstas, en segundos nos ponemos en contacto con miles de amigos desconocidos, pero no cultivamos la amistad de quienes nos rodean porque hacerlo requiere tiempo. Imprescindible tiempo de espera para que crezca la amistad.

Esta valoración social de lo instantáneo tiene múltiples consecuencias en nuestra vida cotidiana. La educación no solo no escapa a esta tendencia sino que es una de las actividades humanas más afectadas. ¿Para qué invertir tiempo en concentrarse para aprender algo si resultará accesible en un instante cuando lo necesitemos? Se va abandonando así la tarea de la construcción del interior de las personas, la real justificación de la educación. En realidad, la educación ayuda a discriminar qué es lo que se necesita. Hace poco, Zygmunt Bauman lo expresó brillantemente. Dijo: "Qué puede hacer el hombre es tal vez una pregunta que puede dirigirse a la tecnología. Pero qué hará el hombre debe preguntarse a la política, a la sociología, a la psicología". Así como levantar un edificio requiere tiempo, este es igualmente necesario para construir nuestro interior, que es desde donde, en última instancia, decidimos lo que haremos. Pero en la actualidad parece no haber tiempo que perder en construcciones laboriosas: el imperativo es avanzar rápido y sin mucha reflexión.

Ese qué hacer de los humanos, estrechamente ligado al sentido de la vida, está vinculado a la valoración del tiempo, al agregado de tiempo a las cosas y a las personas que van edificando la historia de nuestras vidas. Tal vez deberíamos tratar de reflexionar junto a las nuevas generaciones sobre el significado profundo de la sugestiva frase que, en aquella sobremesa, nos regaló nuestro amigo Bruno: "¡Qué lindo era esperar!"

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