
Tiempo no apurado
Tiempo suelto, no enjaulado, como dice con mucha agudeza María Elena Walsh. Ese es el que escasea, el que queda último en la lista de prioridades.
Si algún cambio significativo se anuncia con la llegada de las vacaciones, es la ruptura de la rutina cotidiana, acelerada y sin respiro, en la que nos vamos enredando con el correr del año.
¿Cuál es el pulso urbano de la vida en familia?
Las agendas explotan a todas las edades. Falta en la infancia, tiempo de jugar -que sin duda es el mejor-. Jornadas escolares de 8 ó 9 horas, seguidas de actividades tan atractivas como comprimidas, dejan al día sin resto. Clases de idioma, canto, escuela de fútbol y otras ofertas interesantes, que responden a las leyes del mercado, aprietan el cronograma infantil. Y allí falta incluir con calzador: la vacuna, el cumpleaños de un amigo, la renovación de un documento.? Coordinando y sosteniendo este escenario, hay madres y padres llenos de energía y buenas intenciones, pero que corren agotados para cubrir sus resposabilidades múltiples. Ellos mismos -los adultos- terminan padeciendo aquello que eligieron. En cuanto a los chicos, llegan a casa irritados, terminando su día con fastidio e insatisfechos.
Arrastrados por la ciudad, corriendo contra el reloj, los hijos cumplen con un vasto programa con el que los padres creen protegerlos de los vicios tecnológicos. Pareciera que la única opción fuera: atosigarlos de actividades fuera de casa o entregarlos a la condena del chat, la Play o la Wii.
En un clima de tensión e intolerancia, llega la noche y el panorama doméstico se torna aún más complejo. No queda tiempo y la lista de tareas pendientes se hace oír a los gritos. Convocar al encuentro familiar en esas condiciones no brinda un muy buen pronóstico. Cuando en el grupo hay adolescentes, el estribillo repite, enfático y displicente: Ya voy, te dije que ya voooy. En ese tiempo de descuento llegan a su casa padres que siguen trabajando un par de horas más que las previstas, con lo cual tampoco tienen, a esta altura de la noche, ninguna posibilidad de compartir un rato de juego con sus pequeños. No hace mucho tiempo escuché a Francisco, de 8 años, preguntar a su padre, al verlo tan dedicado a sus ocupaciones: Papá, ¿vos vivís para ir a trabajar? O vas a trabajar para vivir? Coincidir en una misma mesa y en una misma sintonía, para compartir una comida familiar al día, no es un desafío sencillo, y hacerlo sin interrupciones, menos aún.
¿Y qué tiempo le queda a la pareja adulta para sí? Casi nada... En esta dinámica, exigente para todos, no hay resto para un buen encuentro de a dos para algún diálogo, un poco de contacto e intimidad.
Paradójicamente, a las clásicas exigencias con las que tenemos que lidiar, se le han sumado nuevas presiones. Hoy somos conscientes de la importancia de disponer de un tiempo sin libreto, o un rato solitario para estar con uno mismo. Cuántas veces nos reprochamos no ofrecernos a una acción solidaria. Desafiar esta encrucijada es ineludible. Pero no se accede al cambio desde el forzamiento. Hay que parar primero, barajar y dar de nuevo? Recién entonces podremos recuperar el placer de un momento especial o la sorpresa de un instante pleno de sentido. Son esos instantes los que nutren y alientan nuestra fugaz reconciliación con el misterio del tiempo.
Quizás no le perdonemos a nuestra condición de humanos el ser mortales y pretendamos, aun sin quererlo, burlar el límite que la vida nos impone de esta manera: con voracidad y cierto atropello en el uso del tiempo vital.
Posdata: días después de escribir esta reflexión, María Elena Walsh dio vuelta la página de la vida. Gracias por su canto, su poesía y su tiempo no apurado.
La autora es psicoanalista; autora, junto con Noemí May, del libro Desvelos de padres e hijos (Emecé)







