TITAQUIN, EL INCA ANDALUZ
De origen granadino, Pedro Chamijo fue el hombre que viajó al Nuevo Mundo en el siglo XVII y terminó coronado como inca. Aquí, un fragmento de la novela histórica que editó Sudamericana y que narra su aventura
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El hombre se arrebujó en su fino poncho de vicuña. Las noches eran frescas en los valles. No podía dejar de mirar hacia el pequeño fuerte de San Bernardo trepado junto al barranco, donde unos cien soldados también aguardaban. Era mucho lo que se estaba jugando: su libertad, su prestigio, su vida... y el destino de mil quinientos indígenas que creían que él, su Titaquín, los llevaría a la victoria.
La noche estaba estrellada y transparente y el aire purísimo de los valles calchaquíes henchía los pulmones con fuerza vital. ¿Qué estaba haciendo allí el andaluz Pedro Chamijo, alias Bohórquez y Girón, esperando a que llegara la claridad para lanzar el ataque? ¿Qué hacía en medio de todos esos hombres, los indígenas que confiaban en él y los otros, sus traicionados compatriotas? Empezaba a sentir en el cuerpo sus cincuenta y seis años. Nunca había pensado en la vejez ni en la muerte. Pero en este momento se sentía lejano y confundido. La soledad de esos lugares le trajo a la memoria, como contraste, el bullicio de las calles, plazas y rincones de la Cádiz de su juventud y el Arahal de su infancia. Pero ninguna guitarra vendría a rasgar el oprobioso silencio. ¿Volvería alguna vez a su tierra? Los recuerdos se impusieron aliviando la tensa espera. Era la noche del 23 de septiembre de 1658.
Pedro Chamijo era hijo de una bella morisca granadina, la cual, aunque conversa, no había dejado la algarabía y algunas otras costumbres de sus progenitores. Pedro había nacido de su romance con un caballero de la Villa de Utrera, Pablo Bohórquez y Girón, emparentado con los duques de Osuna, quien se apresuró a buscar un marido para que protegiera a la madre y al hijo. La morisca, cantada en coplas por todos los galanes del Albaicín, no tardó en encontrar un candidato que le resultara adecuado. Era un tal Chamijo, zapatero en la aldea del Arahal, hombre rústico pero trabajador, propietario de una casa situada en la calle del Oleo, cerca de la Plaza Mayor. El niño nació en el año 1602 y creció con la apostura de su padre natural, los ojos moros de su madre y el color trigueño resultante de la unión de ambos. El zapatero hizo de padre legal, no muy cariñoso por cierto, y trató sin ningún éxito de enseñarle su oficio. ¡Difícil tarea! Pedro había heredado la gracia chusca del andaluz, la predisposición a la poesía del moro y la arrogancia del caballero español. Demasiadas historias seguían difundiéndose en toda España sobre las fáciles riquezas obtenidas por aventureros como el en otro tiempo porquero extremeño Francisco Pizarro o sobre las portentosas hazañas de tantos compatriotas en el Nuevo Mundo. Pudiendo convertirse en ricos caballeros, servidos por indios y negros, no era cosa de ponerse a trabajar.
La villa del Arahal estaba situada en un lugar estratégico de la provincia de Sevilla donde convergían los caminos de toda Andalucía. Cantidad de forasteros, soldados, vagos y pícaros de paso se detenían en alguna de sus numerosísimas tascas y fondas a tomarse una copa y contar, a quien quisiera oírlos, sus aventuras inventadas o exageradas. Había también algunos estudiantes que vivían, en época de vacaciones, bajo la forma vagabunda de la tuna. Pedro, gracioso y levantisco en sus doce años, los admiraba, y ellos lo admitían de vez en cuando en sus tenidas.
En pago él les ofrecía toda una gama de servicios que iban desde hacer de mandadero hasta rapiñar en su provecho cuando no había qué comer. Un día, en la tasca del Moro donde se habían reunido varios de esos personajes propios de la picaresca para comer las especialidades de la casa –adobo, sangre frita, menudillos y aceitunas prietas–, el adolescente oyó por primera vez hablar del Gran Moxo y del Paitití. Uno de los estudiantes crónicos afirmaba haber leído en Lisboa un larguísimo poema llamado La Argentina, de un tal Martín del Barco Centenera, arcediano, natural de Logroño, donde éste daba todos los datos para llegar a aquel lugar selvático del Pirú, que ocultaba ingentes tesoros de oro y plata.
–¡Vaya, que esos cuentos de Dorados y Ciudades de los Césares ya han pasado de moda! –se burló uno de los asistentes–. ¡Quisiera ver esa historia escrita y el libro que la contiene!
–El poema es horrorosamente largo para que lo leáis entero –dijo el estudiante–, pero he copiado la parte que interesa y ésa sí os la puedo mostrar.
Quedaron en encontrarse la noche siguiente en la tasca de la Plaza del Santo Cristo y entre todos invitar con calamares y cerones en salsa al informante. Acudieron con puntualidad a la cita. Luego de masticar pausadamente sus calamares y mandarse su buen trago, el sujeto se limpió la boca con el dorso, carraspeó, consciente de la inusual atención que suscitaba, y comenzó a leer sobre el Gran Moxo:
Una casa el Señor tenía labrada/de piedra blanca toda, hasta el techo/con dos torres muy altas a la entrada...
A medida que el estudiante leía, los presentes recreaban las maravillas descriptas. La ardiente imaginación de Pedro construía, nítida, la imagen del palacio de mármol blanco, la fuente con caños de oro y el altar de fina plata surgiendo entre verdes plantas exóticas.
Veía la imponente figura del Gran Moxo, un viejo de cabellos y barba blancos, nívea túnica y corona de oro, rodeado de sus guerreros. Era el último descendiente del Inca, el representante del Sol que tenía bajo su custodia los tesoros ocultados a la rapiña de los invasores. Al terminar la lectura, aquellos doctos vagabundos empezaron a opinar. Pedro, con los ojos abiertos y los oídos en acecho, trataba de no perder dato ni palabra. En resumen: que el Paitití estaba en las selvas orientales del Perú, del otro lado de las grandes montañas de los Andes. Moxos era su cabeza –tal como Tenochtitlán había sido cabeza del reino de México y el Cuzco cabeza del reino del Perú– y el Gran Moxo era algo así como un emperador, dueño y custodio de tantas riquezas. Esa tarde decidió dejar definitivamente su villa. Aunque tenía apenas trece años, ya llevaba un tiempo incubando la idea. (...) Decidió partir rumbo a Cádiz para estar más cerca del mar que lo separaba de su quimera, pero que podría llevarlo a ella.
La autora, nacida en Buenos Aires, es licenciada en historia por la Universidad de Buenos Aires. Publicó, entre otros libros, "Mujeres de la Conquista" (1991) y "Delfina Bunge. Diarios íntimos de una época brillante" (2000).
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