
Muy cerca de Posadas y abrazado por yerbales, Los Yatay es un secreto tropical donde reina la naturaleza, legado de una familia que hizo de esta tierra su propio paraíso y hoy piensa en compartirlo
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A Socorro Barreiro le dicen la "portonera" de Los Yatay. Es ella la ferviente guardiana de esta casa escondida detrás de esta tranquera de Garupá, un pueblo a 10 kilómetros de Posadas. Allí, por herencia y elección, ella se encarga de cuidar los detalles de cada historia que se entreteje en sus senderos, entre las raíces del gomero y las ramas de la bilbergia, que hablan de un gran amor familiar por esta tierra de monte y colores intensos.
Los orígenes de Los Yatay, bautizada en honor a una palmera junto al guardaganado de la entrada, se remonta a 1916, cuando Santiago Barreyro, abuelo de Socorro, construyó esta casa como establecimiento yerbatero y destino vacacional para su familia. Se trataba de una casa Mecano, traída en bloques desde Europa, típica de las Colonias Inglesas ("Los que vienen por primera vez dicen que les hace acordar a la casa de África mía, contará después Socorro).
"Después de años de abandono, mi padre decidió rescatarla y, al casarse con mamá, se vinieron a vivir aquí". Socorro, cuya mirada huye de las fotos, pero se emociona cuando habla de sus plantas, hace memoria y nos cuenta que entre su madre y sus hermanos, Albert y Celeste, recuperaron el parque, rodeado de plantaciones de yerba y té, para convertirlo en la maravilla que es hoy.

"Quiero rescatar la esencia de Yatay, sus raíces yerbateras y, aunque esto sea un lugar para unos pocos, que esos pocos puedan entender este amor, entrega a la tierra y a la naturaleza de mi familia", cuenta Socorro cuando le preguntamos sobre el nuevo proyecto de recibir huéspedes en Los Yatay. Los viajeros y amantes de la selva, agradecidos.*
"Cuando llega un amigo agobiado desde la ciudad, le doy una tijera de podar y salimos a desmalezar el espíritu, a sacar lo seco y devolverle el aire para que respire", nos cuenta Socorro. Después de muchos años de vivir en Buenos Aires, decidió retornar a sus raíces y tomar la posta que, al morir, le dejó su hermana Celeste, quien por varios años fue el alma de ese lugar. Las galerías que recorren toda la casa están pobladas de rincones para disfrutar del jardín. En la apertura, el gomero que plantó el padre de Socorro impacta con sus raíces invasoras.


Los rincones son tan parte de Los Yatay como los colibríes, las palmeras y las cañas tacuara. Los hay en la casa y en el parque. Como la esquina de escritura de Socorro, armada con un escritorio de su padre y un espejo para ver el monte reflejado en él. Hoy perdura como laboratorio de germinación y almacenaje de semillas. "Un pajarito viene acá todos los días a comer y mirarse en el espejo", ríe. El living de los 60, abajo, es otra ocurrencia de las hermanas Barreiro, decorado con lámparas de colores y el equipo de música para escuchar discos viejos.


"Acá todo es ecológico, nuestra huerta, los frutales y aromáticas, la leña, el agua de perforación, la miel de yateí del desayuno…", relata Socorro, mientras nos prepara una mesa para el almuerzo embellecida con pumarosas, caquis y quinotos y acompañada con caipirinhas hechas con limas, todo de su monte.
"En Yatay las personas y los pájaros son libres de estar o de irse cuando gusten: como las bandurrias que vinieron un día del año pasado a pernoctar y se quedaron; o los loros que vienen a comer las pimientas rosas o las mandarinas, y los azulines que vienen a comer los tangarás…" Por eso, quien recorra las galerías de Yatay vivirá el espectáculo de encontrarse con estos visitantes queridos que son anunciados por llamadores de ángeles que recuerdan a Socorro que es la hora de comer.

"Con mis hermanos, pasábamos mucho tiempo hablando, inventando objetos hechos con el material que teníamos: bancos, mesas rústicas, reposeras con tacuaras, cortinas de bambú…" Muchos de los muebles del living, como la cómoda barroca colonial y la mesa de comedor, fueron comprados por Albert, que se enamoró de ellos por su estilo y su historia con raíces nobiliarias (habían pertenecido a la última marquesa pontificia).
La lámpara con pantalla de abanicos fue inventada por Socorro, la chimenea inglesa art nouveau y sillones art déco nutren su alma coleccionista. En los floreros, heliconeas y agapanthus frescos.

Socorro cuenta que su madre era una hacedora de magia en la cocina, y de ella aprendieron el arte de recibir, de preparar mesas coloridas y sorprender con sabores exóticos. Aromáticas extrañas, currys, salsas verdes, dulces, canastas con frutas del monte: la cocina de Yatay es un paraíso para el espíritu curioso y sibarita.
En el centro de la escena, la económica comprada en los años 50 cuando el padre de Socorro reformó un cuarto de la casa para transformarlo en cocina (porque las casas Mecano venían sin ella), que todavía funciona a la perfección. A su alrededor, un maravilloso caos de utensilios, todos a la vista y listos para ser usados e inspirar nuevos sabores.


El dormitorio principal y los baños de la casa están revestidos con las placas de madera originales de la casa y sus pisos, con pino tea que persiste, intacta. El pequeño baño blanco fue sumado en una reforma posterior: para lograrlo se le quitaron algunos metros a la habitación de visitas, pero sin quebrantar el estilo original de la casa.
Producción y texto: Silvina Bidabehere
Fotos: Javier Csecs






