
La galería FoLa presenta una muestra de Vivian Maier, la niñera que, entre 1956 y 1972, retrató, con una mirada personal y cautivante, la vida cotidiana en la ciudad de Chicago.
1 minuto de lectura'
Por Mauro Libertella
Había una vez una chica que trabajaba de niñera y a quien le gustaba sacar fotos. Había nacido en Nueva York pero vivía en Chicago. Eran los años 50 y la ciudad del viento empezaba a crecer de modo frenético al ritmo dorado de la posguerra norteamericana. La chica, que se llamaba Vivian, trabajaba en la casa de una familia de dinero y cuidaba a tres hermanos, pero era distraída. Su cabeza, recordarían años después los chicos, parecía estar siempre en otro lado. Se diría que a esta chica le gustaba callejear. No era una devota de la vida sana, caminaba porque quería mirar y capturar. Fanática de la fotografía, salía siempre con una cámara Rolleiflex colgada del cuello. En esa casa, en la que trabajó entre 1956 y 1972, Vivian consiguió lo que Virginia Woolf les pedía a las mujeres del mundo: un cuarto propio. En su sucucho erigió un improvisado cuarto oscuro en el que reveló más de 5.000 de aquellas fotos que sacaba todos los días por las calles de la ciudad eléctrica. Su vida era silenciosa y en cierta manera idílica, pero en 1972 las cosas empezaron a cambiar.
Desde que dejó la casa de esa familia para la que había trabajado durante tantos años, sus días se volvieron algo erráticos. No tuvo un trabajo fijo por más de dos años seguidos y dejó de revelar sus negativos por falta de un espacio para hacerlo. En la era predigital, Vivian Maier no vio gran parte de las fotos que sacó. Es un caso rarísimo, casi imposible de equiparar con otras artes. Y así discurrió la vida de esta mujer de fábula, entre Chicago y Nueva York, hasta que ya no pudo trabajar más y terminó en un geriátrico sin dinero, ni familia ni amigos. Los más de 100.000 negativos de sus fotos estaban en cajas en un depósito hasta que ya no lo pudo pagar más y terminaron en una subasta. Y ahí entra el segundo personaje de esta historia.
John Maloof trabajaba en una inmobiliaria y tuvo la inocente idea de armar un libro con fotos viejas de ciertos barrios de Chicago. ¿Dónde podía encontrar fotos antiguas, de los años 40, 50, 60? En las subastas, por supuesto. A una de ellas llevó entonces su humanidad una tarde como cualquier otra y cuando se anunció un lote con miles y miles de fotos callejeras sintió que encontraba lo que estaba buscando. Desembolsó US$ 380 y se hizo con el patrimonio de toda la vida de Vivian Maier. ¿Pero qué eran esas fotos? ¿Tenían algún valor, además de su carácter puramente testimonial? Maloof no lo sabía. Empezó a subir imágenes sueltas a un blog para ver qué pasaba y el rebote fue inmediato: las fotos tenían algo, una vibración, y el buen hombre supo, de modo fulminante, que había encontrado un tesoro. Inició entonces una pesquisa en busca de datos y referencias de esa mujer misteriosa, pero no había nada. Era como si no hubiese pasado por este mundo, a no ser por esas miles de fotos increíbles que nunca había revelado. Maloof ya tenía en las manos un combo explosivo: las fotos y el enorme misterio. Hizo entonces un documental, dio a conocer ese patrimonio visual y la cosa explotó. Hoy, esas imágenes giran por el mundo, todas las galerías de todos los países las quieren, y este mes una buena selección llegó a Buenos Aires.
La historia es fascinante no solo porque las fotos son muy buenas, sino porque parece esconder una moraleja cargada de sentido. Vivian Maier fue una artista invisible de los años previos a la explosión del mercado del arte; cuando muchos estaban por confundir producción con circulación, ella se refugió en la categoría de hobby, en un placer privado y anticomercial. Significativamente su obra, ya canónica, no puede sin embargo entrar en los grandes museos de su país, que solo consideran piezas reveladas por los propios autores para sus colecciones. Es un caso poco frecuente, en ese sentido, porque toda su obra es póstuma y entonces es lícito preguntarse, una vez más, por la voluntad del artista: ¿habría querido Vivian Maier que sus fotos se hicieran públicas? ¿John Maloof tiene la potestad de contestar esa pregunta por el solo hecho de haberlas encontrado en un remate? El caso Maier tiene también la seducción que ejercen los personajes secretos en la era de la globalización y lo digital, donde toda la información parece estar ahí nomás y donde todos estamos tan conectados que ya no han quedado resquicios para que alguien se esconda. De hecho, el mundo contemporáneo no puede soportar al artista que se esconde: Salinger, recluso emblemático, fue perseguido por la prensa hasta el día mismo en que se murió. Thomas Pynchon fue más cuidadoso y nunca dejó que se filtrara una sola foto suya, para salvar su privacidad. Vivian Maier fue quizás la más radical de esta cofradía: para asegurarse su anonimato extremo, jamás dio a conocer su material en vida, a tal punto que casi ni ella lo vio. Hoy se la considera, unánimemente, una de las grandes del siglo XX. Cuando murió, en 2009, ni su familia sabía lo que había hecho en el cuartito oscuro del fondo.
Vivian Maier (1926-2009) The Street Photographer. En FoLa, Fototeca Latinoamericana, Godoy Cruz 2626.
Lunes a domingo, de 12 a 20. Miércoles cerrado. Entrada: $80. Lunes gratuito para jubilados, estudiantes y docentes con acreditación. Más info en fola.com.ar





