
TODOS LOS DIAS A LA MISMA HORA
De arena, de agua, de fuego... Siempre el hombre se las ingenió para medir el tiempo. Pero sólo en este milenio se encontró la precisión necesaria para poder, por ejemplo, tomar el té a las cinco en punto
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Desde los comienzos de la civilización, el tiempo ha sido una preocupación para el hombre, que, a través de diversos métodos, trató de medirlo con precisión.
Pero los animales también tienen en cuenta el tiempo y, aunque no tengan un reloj, son capaces de estimarlo casi a la perfección. Por ejemplo, algunos insectos pueden repetir determinadas acciones todos los días, exactamente a la misma hora.
El reloj tal como lo conocemos fue inventado alrededor de 1275, sin el minutero, que se añadió sólo en 1670. Pero, antes, la gente no vivía totalmente despreocupada. El tiempo se estimaba por la posición del sol, las mareas y las fases de la luna.
Claro que para medir las fracciones del día con más exactitud eran necesarios otros métodos, como el reloj de arena, el reloj de sol, el reloj de agua, de aceite...
La historia de estos artefactos, por lo menos la conocida, data de unos 4000 años antes de Cristo. Los egipcios observaron que las sombras que proyectan los objetos cambian de acuerdo con la posición del sol. Así nació el reloj de sol. Un artefacto bastante útil, aunque no así en los días nublados, y menos aún de noche.
Luego vinieron las clepsidras o relojes de agua, también empleados por los egipcios 3000 años antes de Cristo.
En China se utilizaba un reloj en el que el agua goteaba de un lado a otro. Uno de los recipientes tenía algo parecido a un corcho y, según su posición, se podía calcular el tiempo transcurrido. En la Grecia antigua este método se perfeccionó y el agua misma hacía girar una aguja que marcaba las horas.
En el año 400 antes de Cristo, Platón inventó el reloj nocturno, a base de agua, y con ciertos engranajes más sofisticados que las clepsidras egipcias. En el 350 a.C., Aristóteles se puso a trabajar en la invención de las ruedas dentadas, que se utilizan hasta hoy, y que más tarde desarrolló Arquímides, y en el 250, siempre antes de Cristo, Arquímides, inventó una esfera con movimiento de ruedas dentadas, pero se ignora qué clase de motor movía el mecanismo.
Otro reloj bastante utilizado en la antigüedad fue el de fuego, con el que se precisaba el tiempo que tardaba en consumirse determinada sustancia combustible.
El de arena, también muy antiguo, todavía se utiliza en Inglaterra, en la Cámara de los Comunes. La arena tarda dos minutos en pasar de un extremo a otro, y ése es el tiempo de que disponen los integrantes de la cámara para reunirse antes de una votación. En el siglo XVI se utilizaba para medir la duración de las misas, y hoy todavía lo vemos en algunas cocinas.
El primer reloj mecánico, movido por una pesa de 200 kilos, se hizo en 1364 gracias a Enrique de Vick por encargo de Carlos V de Francia. Funcionaba bastante bien, con un sistema que incluía un mecanismo de ruedas dentadas que se movían merced a la pesa.
A mediados del siglo XVII se produjo un gran cambio en el tema de los relojes: fue el descubrimiento del péndulo. Todo comenzó con una observación de Leonardo da Vinci (en el siglo XVI) en una catedral. Vio que una araña (hablamos de la lámpara, por supuesto) oscilaba con un movimiento uniforme, sin importar cuán amplio era su movimiento. Y lo más importante: siempre tardaba lo mismo en moverse de un lado a otro.
Basado en estudios realizados por Galileo en 1581, Christian Huygens logró poner en funcionamiento el primer reloj de péndulo en 1657, cuya pesa o plomada oscilaba gracias a la gravedad. Tenía un error de unos 5 minutos diarios, ya que lo afectaban los cambios de temperatura, cosa que se modificó más adelante con un mecanismo a base de mercurio.
El péndulo fue empleado en las torres de iglesias y castillos. Fue la primera vez que toda la población podía saber la hora al mismo tiempo. La mayoría de los relojes eran utilizados para indicar las horas de oración, y no marcaban minutos ni segundos.
Antes de eso, tenían un sistema que era bastante incómodo. Utilizaban el reloj de arena y, cada hora, una persona hacía sonar las campanas de las torres de las catedrales.
Luego se comenzaron a utilizar los relojes de pie, que eran altos como para esconder el péndulo dentro de la caja.
Los ebanistas ingleses, franceses y suizos construyeron esmeradísimas cajas para relojes. Los ingleses se concentraron en la sencillez, tallando en maderas finas. En un principio eran totalmente austeros por la influencia puritana, pero después de 1670 comenzaron a verse con más adornos y, sobre todo, con mucho trabajo de marqueterie (trabajo con la madera).
Los franceses prefirieron adornar las cajas con lujo y un poco de ostentación de riqueza. Un verdadero boom del reloj se produjo cuando en el siglo XVI se inventó el reloj de bolsillo, gracias a un cerrajero de Nuremberg llamado Pedro Henlein. Por su forma ovoide, se llamaban huevos de Nuremberg.
Otro tipo de relojes que cobraron cada vez más popularidad eran aquellos en los que al son de las horas aparecían autómatas que realizaban unas pruebas maravillosas. Eran parecidos a los relojes cucú, pero mucho más sofisticados. El primer indicio de ellos se ve en el siglo XVII, donde los ojos de muñecos con forma animales y personas se movían al compás del péndulo. Otros eran más complejos. Por ejemplo, los brazos, la cabeza o el cuerpo también tenían algún tipo de movimiento. En el siglo XIX, la fantasía se apropió de los relojes. Estaban diseñados no sólo para dar la hora, sino para fascinar. Por un lado estaban los llamados relojes misteriosos, que parecían esconder a la perfección el mecanismo por el cual se ponían en movimiento. Por ejemplo, hay un reloj de 1845 diseñado en una esfera plana de vidrio e inventado nada menos que por el famoso mago Harry Houdini.
Hasta principios del siglo XX, los relojes portátiles se llevaban en el bolsillo. El reloj siguió su curso, hasta pasar por el motor, la electricidad, el cristal de cuarzo y, finalmente, el digital.
Como dato un poco curioso existe en Londres el National Physical Laboratory, que se encarga de la calificación de los relojes y da certificados según la perfección de su funcionamiento. El puntaje se divide en A, B y C, y las pruebas son tan rigurosas que es raro que den una A. Los suizos, por su parte, ocuparon el primer lugar en la industria desde 1587, y todavía se lamentan de haber perdido la oportunidad de liderar en el tema, bien aprovechado por los japoneses a partir de la era digital. Como último exponente, en plena ciudad de Nueva York, en Union Square, hay un reloj a la inversa, que marca cuánto falta pa-ra el próximo fin de año. Pero por más modernos que sean los relojes de hoy día, siempre serán admirados algunos de los más impactantes que se construyeron en épocas pasadas. El de Estrasburgo es uno de ellos, construido en 1574, y reconstruido de 1838 a 1842. Y también el famoso Big Ben, que tiene un minutero de 8 metros de longitud.
El juego
A) ¿Cuál fue en Roma el día siguiente al 4 de octubre de 1582?
B) En 1787, Levi Hutchins inventó un dispositivo muy útil y que sin embargo se ganó rápidamente el odio de todo el mundo. ¿Qué había inventado?
C) ¿Por qué septiembre, que es el noveno mes, lleva un nombre que indica que es el séptimo?
D) ¿Cuál fue el último día del siglo XIX?
E) En los relojes de sol del hemisferio norte, la sombra se desplaza en el sentido de las agujas de un reloj. ¿Qué ocurre en el hemisferio sur?






