
Todos somos fecundos
Señor Sinay: entendiendo que la mujer logra su realización personal a través de la maternidad, quisiera conocer sus reflexiones acerca del sentimiento de tristeza y frustración que nos invade cuando ésta no se concreta, sea por problemas físicos o porque no se ha podido formar una familia. Qué fuerza motivadora debe buscar una mujer que no pudo cumplir un deseo tan básico y profundo; y cómo enfrenta la mirada de la sociedad, que también entiende que femineidad y maternidad son sinónimos.
Clara Gonzalez
Entre los propósitos fundacionales del matrimonio estaban el de ordenar la distribución de mujeres entre los hombres, el de disciplinar a partir de eso la competencia masculina y el de socializar la procreación. "Designando quiénes son los padres se añade otra filiación a la materna, única existente" (esto, antes del ADN). Esto explica en El caballero, la mujer y el cura (una historia del matrimonio en la Francia feudal) el gran historiador francés Georges Duby (1919-1996), autor y compilador de las apasionantes Historia de la vida privada e Historia de las mujeres, entre otras obras. Pasó mucho desde entonces y la pareja humana incorporó a su existencia formal una razón que en aquellos tiempos no contaba prioritariamente: el amor, el encuentro con un otro para alcanzar en el vínculo la realización de las propias potencialidades y acompañar a la pareja en la configuración de su propia esencia. El amor como una gran creación conjunta. Sin embargo, el primitivo modelo de la sociedad matrimonial dejó improntas culturales, mandatos y creencias que aún pesan, y mucho.
El angustiado interrogante que plantea nuestra amiga Clara es una prueba de ello. La sociedad entiende que maternidad y feminidad son sinónimos, dice ella. Aparentemente, esa consigna enaltece a la mujer. Le encomienda el rol principal en la procreación y, de alguna manera, le sugiere (o le recuerda) que ha venido al mundo principalmente para cumplir esa misión, de modo que si falta a la misma algo en su condición habrá quedado incumplido. ¿Pero es así? La maternidad como mandato tiene un riesgo. El de convertir a un aspecto de la persona en la totalidad, es decir en su identidad. Si la identidad de un hombre se basa en su trabajo (porque el mandato ancestral dice que debe ser productor para ser proveedor y protector), él acaba por ser lo que hace. Siente entonces (y la sociedad se lo suele recordar) que si no hace no es. Repartidas las funciones, a la mujer le toca procrear, ser madre, de lo contrario teme (con razones de larga data) no ser avalada como mujer.
Estos mandamientos reducen a las personas a una mera función, las empobrecen. Languidece el libre albedrío, que nos hace humanos y responsables al elevarnos de nuestra base instintiva. Como explica la escritora e investigadora estadounidense Laurie Lisle en su comprometido ensayo Without child (Sin hijo, no traducido al castellano), la maternidad es una expresión natural de lo femenino, pero no ni es la única ni es inevitable. Hay mujeres, recuerda, que quieren tener hijos y no pueden, hay mujeres que en algún momento quieren pero luego ese deseo desaparece y hay mujeres que nunca sienten ese deseo. Citada por Lisle, la filósofa Margaret Simons añade: "Una mujer debe poder elegir no ser madre sin perder respeto por su propia identidad".
Hay mucho por reflexionar alrededor de esta cuestión. Cabría recordar, además, que la procreación es un hecho compartido, en el que un hombre y una mujer hacen aportes diferentes, necesarios e irremplazables. No es una responsabilidad exclusiva de la mujer, es (o debería ser) el fruto de una elección libre, cooperativa y simultánea. Incluso mucho se discute sobre la existencia del instinto materno (claramente ausente en períodos de la historia y en ciertas sociedades) o sobre si éste es una construcción cultural. Si la maternidad es una vocación que pide ser atendida, la adopción de un niño es una maravillosa forma de honrarla. Las funciones maternas pueden ser cumplidas con igual riqueza en esta situación. En cuanto a la fecundidad, mujeres hombres y parejas tienen ante sí un vasto horizonte de campos en los cuales manifestarla, sin que éstos remitan obligatoriamente a la maternidad o a la paternidad. Hay personas que tienen vidas muy fecundas, dejan legados sublimes y no son madres ni padres biológicos. Han parido muchos proyectos, mejoran la existencia de otros seres, embellecen el mundo, encuentran siempre un cauce en el cual volcar sus potencialidades. Enriquecen su feminidad y su masculinidad, pero sobre todo enriquecen su humanidad y la de todos.
El autor responde cada domingo en esta página inquietudes y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con nuestra manera de vivir, de vincularnos y de afrontar hoy los temas existenciales. Se solicita no exceder los 1000 caracteres.







