
Tradiciones ¿Quién cuida de nuestras buenas costumbres de campo?
Comienza el día. El gaucho mueve las cenizas de la noche anterior con una varilla de sauce, buscando brasas para reavivar el fogón; les agrega ramitas finas y secas con cascarilla de árbol; al instante llegan las llamas y a los pocos minutos, el fuego de troncos de raíz de ñire promete calor para el desayuno de galleta, mate y matambre de cordero, estacado en unas ramas peladas de radal.
Estas varas de sauce son ideales para atizar el fuego. Conservo una que me regaló uno de ellos en su campamento de esquila en la Patagonia. Me contó que ya tenía treinta años de uso y que las cortaba en la luna menguante y las dejaba sumergidas durante semanas en el lecho de una arroyada debajo de piedras; luego las secaba y repetía la operación varias veces. El resultado es una vara que parece de hierro.
Hay una bella espera cuando pasamos horas al lado de un fuego. La vara de atizar es una herramienta fundamental, puede entrar en el corazón del calor y acercar brasas, puede impulsar un palo caído desde un extremo, haciéndolo girar por el aire y caer nuevamente en la hoguera, dar vuelta un enorme zapallo que se cocina al rescoldo buscando más calor o pescar una pava hirviente, apoyada sobre el fuego. No se puede comandar un fuego sin atizador.
En los fogones de campo se conservan las cenizas de días anteriores, ya que hacen resguardo de las brasas nuevas. Al cubrirlas, éstas se mantienen candentes por horas; si no, el oxígeno y la brisa, las consumen rápidamente. Es así como se guardan para el mediodía de churrasco veloz con unas papas grandes al rescoldo, que quedan enterradas luego del desayuno en una mezcla de cenizas y brasas. Así, el gaucho, mientras realiza sus quehaceres de campo matutinos, sabe que regresará al fogón con medio almuerzo ya cocido.
¿Quién cuida de nuestras tradiciones, oficios y buenas costumbres de campo? Hace poco compré en el norte de Uruguay una enorme batea de madera de ceibo utilizada para salar o hacer chorizos. El ceibo es una madera liviana, pero noble. La batea había sido tratada de la misma forma, recién cortada en menguante había entrado y salido de un río varias veces. El abuelo gaucho que la hizo me dijo que con ese procedimiento se evitaban las rajaduras, tan comunes en la madera de piezas grandes. Me pregunto si su hijo o nieto mantendrán su hacer.
Sé que en la Patagonia hay muchas estancias que comenzaron a utilizar cuatriciclos para trabajar y muchas de las tareas que se hacían antes a caballo se realizan así. ¿Será que dentro de algunos años dejaremos de ver los caballos y perros en arreos de veranada? El gaucho, en su andar, además de arrear va revisando el campo, viendo los alambrados; confiando en su caballo, puede observar. No así, motorizado.
Ya casi no se ven las yuntas de bueyes tan utilizadas para el desmonte, el tiro de carros y arados. La bella relación del bueyero con sus animales, que responden a las voces de mando y al uso de una caña fina que golpea el yugo indicando dirección, fuerza o espera. En el pueblo de Garzón, Uruguay, me contó la bisabuela Teresa que cuando niña, su padre araba con bueyes preparando la siembra de trigo, con sus hermanos iban atrás, levantando las piedras, hasta que llegó el tractor que quedaba empantanado en la costa de los ríos. Así, los bueyes entraron en desuso y también la siembra del trigo.
Aprender del gaucho que come de pie, con un pedazo de pan en la mano izquierda y en la derecha su facón, corta un trozo apoyándolo sobre el pan y, haciendo un corte sobre la carne, mientras la muerde, mira el fuego y elige el próximo bocado.
Valor y respeto al oficio, sus tradiciones. Son parte de nuestro hacer.







