
La imagen de Kevin Hoistacher –argentino, ex estudiante de agronomía– dentro de una jaula en un juzgado apareció en todos los medios: el estado ruso lo acusaba de narcotraficante por llevar menos de un gramo de marihuana. Un año después, libre, cuenta cómo pasó de una vida casi ideal a una de pesadilla.
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Tampere, 8 de marzo de 2015
las 6.30 p.m. en Tampere: al norte de Helsinki, el sur de Finlandia. Por la ventana del Skype emerge un pibe de rasgos armónicos, pelo castaño y barba de un par de días. Parece en paz. Nadie diría que es el candidato ideal para ilustrar la acepción porteña de "garrón" en cualquier diccionario.
Hace diez días, cuando Kevin Hoistacher estaba atrapado en Rusia por llevar menos de un gramo de marihuana en el auto, el futuro no existía. Ahora el futuro es blanco y omnipresente. De eso hablaba con su mujer, Noora, hace un rato, mientras caminaban por la calle resbalosa a diez grados bajo cero. Una pintura helada, pero una pintura hermosa: las noches blancas de Helsinki, la aurora boreal, el kilo de salmón a tres euros y un Estado de bienestar empeñado en arreglarte la vida.
–Todo está muy limpio, reciclan, son tranquilos. Hay una media de edad muy alta, así que no pasa demasiado. Pero el país es justo: nadie está revolviendo basura, la gente tiene una buena educación. Si trabajás fuerte, ganás bien. Si querés ser artista, el Gobierno te ayuda. Cuando no sos bueno, te dice que te busques otra cosa, pero te dio la oportunidad.
A los 25 años, Kevin conoce 47 países. Empezó a los 19. Cuando seguía Ingeniería Agronómica, un choque múltiple le causó lesiones de las que no quiere hablar. Fue en la semana de los finales: tenía que esperar un año para retomar o armarse de paciencia y dar las materias libres. "Este año viajo y el que viene vuelvo a estudiar", se dijo. Vendió las máquinas con las que –como su padre– hacía sublimación e impresión sobre tela. Juntó dólares y sacó pasaje de ida. Paró en hostels, hizo couchsurfing, se subió al Transiberiano, conoció el sudeste asiático.
En 2010 pasó un semestre recorriendo Rusia y decidió quedarse en San Petersburgo, la segunda ciudad más poblada de ese país. Aprendió el idioma y retomó los estudios en la universidad, mientras trabajaba de recepcionista en el Cubahostel, que administraban unos conocidos. Pero los aranceles se hicieron insostenibles y se acordó de lo bien que le habían hablado unas amigas de Finlandia. Cuando conoció a Noora, una pintora de cuadros que estudiaba para ser auxiliar de maestra jardinera, empezó a crecer una idea de destino. Se mudó en 2011, se casaron al año siguiente y armaron su casa en Tampere.
Kevin entró en un "plan de integración" que enseña finés como requisito para trabajar en una empresa. Mientras tanto, daba clases de inglés, español y ruso a principiantes. Para obtener la ciudadanía, tenía que quedarse cuatro años y alcanzar el nivel tres de los exámenes YKI, que equivale a un control fluido. Se queja de lo difícil que es el finlandés. Pero también sabe que llegó a un buen lugar: "Tendría que terminar este ciclo acá, sería una pena abandonar todo".
–¿Qué aprendiste con los viajes?
–Que hay que ser uno mismo y darle para adelante con lo que creés. Si tenés la intuición de que tu futuro está en levantarte a tu vecina o en dedicarte a criar perros, no hay que perder la oportunidad. Si no tomás riesgos, las cosas te pasan por encima y la vida por el costado.
<b>Vyborg, 21 de julio de 2014</b>
las 10 p.m. en el puesto aduanero de Torfianovska. El oeste de Rusia, al sur de Finlandia. Kevin viene de dejar a un amigo en el aeropuerto de San Petersburgo. A los oficiales no les gusta lo que ven: un argentino que habla ruso y maneja un Volvo nórdico. Afinan el ojo. Se meten en el auto. Largan a los perros. Encienden las linternas y apuntan a la alfombra del conductor, de donde levantan tierra, pelusa, restos de tabaco… y filamentos de marihuana. Los ochocientos miligramos fatídicos.
–¿Qué es esto? –pregunta un agente.
–No sé –dice Kevin.
"Esas hojas, por ahí, estaban hace un año. Ya me había olvidado", dice ahora. Las siguientes siete horas transcurren con la policía dándole vuelta el auto –fotos, rayos X, la amenaza de entrarle con un hacha– e interrogándolo hasta la paranoia: dónde compraba, vendía, nombres.
–¿Pensaban que eras un narco?
–¡No! ¡Se reían! Pero para ellos era trabajo. En la carátula iba a decir "narcotraficante". Se ganaban una estrellita más. Sabían lo que pasaba, pero me decían que había cometido un delito penal y que me iban a juzgar.
–¿Eras un usuario ocasional?
–De vez en cuando, por ahí… No convendría ahora hablar de eso.

A la noche, lo mandan al calabozo de una comisaría en la ciudad de Vyborg, a sesenta kilómetros de la frontera. Pasa las horas siguientes respondiendo más preguntas. Firma documentos que no entiende y queda incomunicado hasta que un tribunal ordena su traslado a la cárcel. Entra en otro calabozo. Le pasan comida por un hueco, lo vigila una cámara y hace ejercicio para no pensar.
En la causa penal 248.420, abierta por el vicedirector de la Aduana, consta que cayó por contrabando agravado por tráfico de estupefacientes, un delito que el artículo 229 del Código Penal de la Federación Rusa castiga con tres a siete años de prisión efectiva.
<b>San Petersburgo, 28 de julio de 2014</b>
kevin está embutido en la cabina de una camioneta. Una caravana infernal que va levantando presos hasta llevarlos al borde de la asfixia. Hay un agujero de cinco centímetros para mirar o respirar. Se queda sin aire y se desmaya. Cinco horas después está en Kresty, la cárcel que sigue más o menos igual desde la época de los zares, la que tiene lugar para 2.000 personas, pero colapsa con 10.000.
Ahora está en un subsuelo atestado de infortunados. Los separan por grupos y los mandan a las celdas con un colchón y una almohada. "Por favor, sacame ya de acá. Esto es un infierno", es lo primero que le dice a su primera visita: Jorge Zobenica. El cónsul argentino en Moscú le explica la situación. Kevin entiende que está en problemas. Lo acaban de catalogar como "un enorme peligro para la sociedad rusa".
La rutina es feroz. Los guardias lo despiertan a las cinco de la mañana, a los gritos y golpeando las puertas con martillos. Los presos tienen que decir sus nombres y salir con el torso desnudo para demostrar que no esconden armas. La comida –dos rodajas de pan, sopa con papas violetas– es espantosa. Kevin está convencido de que la adulteran con bromo, porque se queda sin piernas justo después de comer.
En su pabellón de máxima seguridad, la celda tiene siete metros cuadrados, dos cuchetas, un lavamanos y un tablón que hace de mesa. Mientras uno camina de atrás para adelante, los otros tres se quedan en la cama. A las dos de la tarde tienen veinte minutos para caminar en un pasillo de quince metros. Como no los dejan hacer ejercicio, improvisan unas mancuernas con botellas y un pedazo de sábana.
Sus primeros compañeros dan miedo. Son ladrones profesionales, traficantes en serio. Hay un gueto de musulmanes de Azerbaiyán y Kazajistán. Hay un bosnio que se cargó a un par en su país, pero cayó por robar una bicicleta.
–No había que hablar mucho. Si buscabas problemas, los encontrabas en un segundo. Tampoco convenía acobardarse. Si eras muy tranquilito, te buscaban. Tenías que ser serio, mirar a los ojos y decir "yo también sé pelear".
–¿Y sabías?
–Sí, soy cinturón negro de taekwondo. Un par de veces se pelearon en mi celda y tuve que pararlos: "No, chicos, cálmense".
Los que no dan miedo dan lástima. "Había sida y tuberculosis. Vi gente muriéndose. Muchos estaban siendo investigados por razones injustas y sin pruebas. Les aparecían causas y testigos de la nada". A pedido del cónsul, pasa a un sector con compañeros más tranquilos. Algunos son estafadores, como un ruso con un máster, que habla perfecto inglés y todos los días le muestra la foto de sus hijas. A Kevin le dan ganas de llorar. Pero socializa: la mejor manera de sobrevivir es integrando una hermandad forzada. Enseña español, cuenta historias de sus viajes, escucha las del servicio militar, se sorprende con el fanatismo por Natalia Oreiro y el FC Zenit. Poco a poco aprende los códigos, como ese morse tumbero con golpes en las paredes para intercambiar comida o cigarrillos. A veces, se pone agresivo con el asunto de la higiene. "Si no, empezaban a caminar las ratas. Y eso era realmente un problema".
Trata de no quebrarse cuando lo visitan Noora y su mamá, Beatriz, divorciada de su papá, Sergio. Ella vive en Paysandú, pero se instaló tres meses en Rusia para aceitar los contactos consulares, contratar a un abogado y visitar a su hijo. Como en las películas, Kevin descuelga el teléfono y mira a través del vidrio. Tiene que hablar en ruso: lo vigila un policía que puede cortar la comunicación ante cualquier desliz. Cuando termina la entrevista, le hace un OK con la mano, pero ella llora no bien deja el penal. El 29 de agosto, su madre se mete en Facebook y escribe: "Daría cualquier cosa por estar en su lugar". La página se llama "Liberen a Kevin".
<b>San Martín, 29 de enero de 2015</b>
sergio hoistacher sigue indignado.
–A mi hijo lo empapelaron. Lo calificaron como un peligro para la comunidad rusa, cuando es un perejil al que agarraron con un gramo. ¡Querían darle la misma pena que a los grandes narcos!
Su fábrica de remeras está sobre la avenida Presidente Perón, en diagonal a una unidad básica sombría y a una sede luminosa de la Iglesia Universal. Masca un puro sin encender, detrás de una computadora vieja y de una moto estacionada en el medio del local. De camisa hawaiana, bermudas y crocs animal print, se parece poco a Kevin. Después de trabajar veinticinco años en la fábrica y de sobrevivir a un socio que casi lo arruina, combina la estampa callejera con la ostentación del upgrade de su vida: "Tengo una casa de un millón de dólares en Devoto y un Audi estacionado al lado".
Cuando habla de Kevin, los ojos se le humedecen y forman una combinación incómoda con su nariz de boxeador. "Es malcriado como todo hijo único. La madre le daba todo y yo le decía que trabajara". No cuenta mucho más: no hay anécdotas de infancia, gustos ni disgustos. Dice que no sabe de qué trabajó después de irse.
El día de la detención, recibió un llamado de Beatriz poniéndolo al tanto de todo. Sergio relativizó su desesperación: le dijo que Kevin iba a salir enseguida. Pero el paso de los días y un par de comentarios en Facebook lo pusieron en alerta. Primero pensó en pegarle a Cristina por los medios. Cuando los móviles empezaron a juntarse en su casa de Devoto, lo pensó mejor. En el piso de C5N encaró a Eduardo Feinmann: "Yo soy ruso como vos [los Hoistacher eran polacos y judíos askenazi] y tengo unas garras así de grandes, así que no me arañes. Por favor, ayudame". La nota salió bien y cayeron muchas más. Ahora llama a los presentadores por sus nombres de pila: Guillermo, Melina, Pamela. Un día miró a cámara y le habló a la Presidenta: "Usted es mamá y yo soy un papá desesperado. Por favor, le pido cinco minutos".
A las veinticuatro horas estaba atendiendo un llamado de Cancillería. Le rogaban que se calmara, le prometían ayuda. Se reunió con Gustavo López. El subsecretario de Presidencia lo derivó al cónsul Zobenica, que empezó a coordinar el operativo con Beatriz, mientras el abogado Fernando Soto trabajaba de este lado del océano.
Cuando visitó a su hijo a mediados de agosto, quedó impactado por lo flaco y triste que estaba. "Te voy a sacar", dijo Sergio, que lloró entonces y llora ahora.
<b>San Petersburgo, 11 de septiembre de 2014</b>
después de 45 días en kresty, kevin empezó a torcer la batalla jurídica. La presión política y mediática reforzaba su planteo: la inconstitucionalidad de haber llevado la causa en un idioma extranjero. Por primera vez, sus padres lo veían en una audiencia y sin vidrio de por medio. No era la imagen más alegre: de remera negra, con unos jeans sucios, llegó a la sala escoltado por dos policías armados. Lo metieron en una jaula y lo rodearon tres custodios. El juez le preguntó si se sentía culpable. "En cierto modo sí, pero no soy un contrabandista", se excusó. "Me parece bien que lo reconozca, porque así usted libera su alma y se va a sentir mejor", pontificó el magistrado. En perfecto ruso, su lengua materna, Zobenica volvió a hablar de atropellos constitucionales y juró que era el garante personal del acusado. Kevin salió de la jaula y se abrazó con los padres. Le habían concedido arresto domiciliario.
Lo cumplió en la habitación del Randhouse, un bed & breakfast con cocina y comedor, una mesa, un teléfono y una computadora con internet. Lo primero que hizo fue comer hamburguesas. Con su metro setenta, había perdido más de diez kilos. Se sentía un fantasma. Estaba todo el día solo. En la recepción no había nadie, pero la policía caía en cualquier momento para controlarlo. "Unos grandotes malhumorados que me agarraban durmiendo. Me daba una paranoia grande". Podía caminar doscientos metros por Bolshaya Morskaya, una calle de reyes y aristócratas, pero un día se quedó sin ganas de llamar a la escolta y no salió más.
Estaba lejos de Kresty pero cerca de Siberia. La estrategia de cambiar la carátula a "transporte sin fines de comercialización", penada con multas o trabajo comunitario, no había dado resultado. "Mi sensación es que me quieren dejar aquí de por vida", escribió en Facebook el 12 de noviembre, mientras Sergio le pedía al papa Francisco que rezara por su hijo y aclaraba que los Hoistacher no acompañaban ninguna marcha a favor de la marihuana.
A principios de diciembre, cuando el hotel argumentó que ya no tenía lugar, Kevin fue transferido al Cubahostel y se reencontró con sus amigos. "Hablábamos, cocinaba para ellos, comíamos juntos. El cónsul me llevó una torta de cumpleaños y me visitó en Navidad". No era la libertad, pero se le iba pareciendo.

A fin de año, Juan Carlos Molina (entonces titular de la Sedronar) escuchó una orden desde Balcarce 50: acelerar las gestiones ante Viktor Ivanov, jefe del Servicio Federal de Control de Drogas. No era precisamente un blando. Ex agente de inteligencia, ofrecía cursos de capacitación a las fuerzas de seguridad latinoamericanas para contrarrestar iniciativas legalizadoras a la uruguaya. Hizo lo que pudo, hasta que el juez recibió otra orden: levantar los cargos y cerrar la causa. Era el 28 de enero de 2015. "Vos cometiste el delito y nosotros te queríamos condenar. Pero unos políticos nos llamaron desde Moscú y nos dijeron que te tenemos que soltar", escuchó Kevin.
La diplomacia había borrado Siberia del mapa. Kevin recibió una autorización para dejar el país en 48 horas, pero al thriller le faltaban los créditos. Lo demoraron cuatro horas en la frontera. Otra vez los perros, los inspectores, la paranoia. Lo obligaron a volver de nuevo por Torfianovska y cruzó quince minutos antes de medianoche, cuando se terminaba el permiso. El viaje de vuelta había durado seis meses.
–Aprendí a valorar la libertad. Cuando estás encerrado, querés hacer mil cosas. No hay que desperdiciar el tiempo.
<b>Buenos Aires, 27 de mayo de 2015</b>
kevin llega a Ezeiza a la madrugada, pero igual lo esperan las cámaras. Pasa las primeras 48 horas dando notas. El caso garantiza empatía: un chico blanco y sensible encerrado injustamente en un país demonizado. Una historia inmune a la grieta. Aturdido por el rebote y conmovido por el regreso, abre la puerta de la casa del millón. Posa para la foto en un jardín descontrolado con una pileta de aguas estancadas. Bajo la mirada vigilante de su rottweiler Laika, enumera asuntos pendientes: visitar a su madre en el campo, salir con los amigos del barrio, ir a la cancha de San Lorenzo, agradecer en Casa Rosada. Afuera, lo tranquilizan las cuestiones previsibles: que su heladería favorita siga en esa esquina, que cualquiera pueda tener un perro: en Finlandia hay que matricularlos. Pero la visita es temporal. Kevin planea retomar su vida nórdica. No sabe qué más lo espera. A veces, eso es bueno.





