
Travesía en el Himalaya
Conquistar las 14 montañas de más de 8000 metros del planeta es un desafío de riesgo. Pero el alpinista Tommy Heinrich, primer montañista argentino en llegar a la cima del Everest, está dispuesto a lograrlo
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A partir del mes de mayo, mientras estaba en Nepal, comencé mis gestiones para obtener el permiso de ascenso a un monte de 8000 metros en Paquistán, invitado inicialmente por el alpinista Krzysztof Wielicki, de Polonia, sexto en el mundo en haber conquistado los 14 "ochomiles" (montañas de más de 8000 metros) que hay en el planeta.
Tengo un objetivo similar, del que ya he cumplido los dos primeros mojones: llegué a la cima del Everest, el pico más alto del Himalaya y del mundo (8848 metros) en 1995 y poco después, al monte Lhotse, de 8516, que está muy cerca del primero.
Dado que el gobierno de Paquistán demora por lo menos un mes para otorgar el permiso de ascenso hacia las montañas de la región del Baltoro, que limita con China e India, y debido a que todavía hay conflictos entre India y Paquistán, conté con la ayuda del embajador argentino Rodolfo Martín Saravia.
Finalmente, y con interés en desafiar dos "ochomiles" en la misma expedición, decidí ascender los montes Gasherbrum I y II (de 8068 y 8035 metros, respectivamente) con un grupo de España que tenía el permiso para escalar ambos montes. A los integrantes del grupo los conocí recién al llegar a Islamabad, capital de Paquistán. El grupo estaba compuesto por Oskar Cadiach, guía de Barcelona; Iñigo de Pineda, Federic Sole Villa y Toti Vales, también de Barcelona; Santos Villagra, de Paredes; Ramón Rosell, de Andorra, y Alfred Schreilechner, de Austria.
Nuestra aproximación a la montaña comenzó el 4 de julio, al partir de la ciudad de Islamabad, desde donde nos trasladamos en bus durante dos días hasta la ciudad de Skardu, capital de la región del Baltoro, a la cual se llega por la Ruta de la Seda, la Karakorum Highway, o Silk Road, que utilizó Marco Polo en sus viajes. En esta ciudad nos reunimos con nuestro grupo de apoyo para la expedición, los guías y el oficial de enlace designados por el gobierno.
Fuimos trasladados en jeep durante diez horas para cubrir 80 kilómetros por caminos sinuosos, de roca y arena que bordean el río Baltoro, que recorta las montañas abruptamente. Al final del camino, en la villa de Askole, nuestros guías contrataron a los "porteadores", que cargarían nuestras provisiones y equipos necesarios para el ascenso: eran en total 150 personas que transportarían los 25 kilogramos de cada uno de los escaladores.
Durante 10 días caminamos rumbo al campo base de los montes Gasherbrum, a 5000 metros sobre el nivel del mar. El objetivo era aprovechar esta marcha de aproximación para aclimatarnos a la falta de oxígeno y sus efectos. Los tres primeros días anduvimos por el desierto con temperaturas de 43° C.
Al ingresar en el glaciar del Baltoro, en un paraje llamado Urdukas, comenzó el mal clima, que no dejó de acompañarnos hasta llegar al campo base. Las tormentas y las nevadas trajeron un descenso abrupto de la temperatura: de pronto disimuyó a no más de 10° C. La visibilidad se redujo enormemente y el glaciar sobre el que caminábamos se cubrió de un espeso manto blanco.
Al llegar al campamento base, una expedición alemana partía después de haber alcanzado la cumbre del monte Gasherbrum II (entre ellos había dos argentinos, Darío Bracalli y Juan Pablo Terrado, a quienes no llegué a ver). Dejaban espacios vacíos en los cuales establecimos nuestras carpas.
Debimos esperar en el campo base durante 5 días a que la nieve recién caída se asentara en los glaciares y evitar las potenciales avalanchas.
Las botas de Federic Sole Villa no habían llegado con su equipaje desde España, y por ello le ofrecí utilizar las mías. Dijo que sí, y dejé para mí un par de botas nuevas que originalmente había destinado para el caso de que hiciera mucho frío. Nunca antes las había utilizado, y esto se convertiría en un error que pagaría muy caro horas más tarde.
Todos los integrantes salimos en dos grupos, encordados o amarrados de a tres para avanzar por el agrietado glaciar de hielo que nos separaba del campamento I, a 6000 metros de elevación. Partimos a las 2 de la mañana para evitar el intenso calor que produce la radiación solar al reflejarse sobre la nieve recién caída. Caminamos en el frío de la noche, asistidos por linternas frontales.
Pero a las dos horas de escalar a paso firme sentí un intenso dolor en mi tobillo izquierdo. Al quitarme la bota, noté que la parte interna del tobillo, protegida por un vendaje adhesivo, ya estaba sin piel y sin el vendaje. En esta zona, tras haber sido atropellado por un auto cuando era chico, me quedó una herida expuesta, luego una gran cicatriz, y la piel muy sensible. Muy dolorido, decidí descender junto Federic y Santos, que no tenían mucho interés en continuar. Bajar se hizo cada vez mas difícil y largo. Nos llevó más de tres horas cubrir este sector de hielo.
Al llegar al campo base, noté la gravedad de esta herida. Consulté con dos médicos, que me sugirieron varios días de reposo. Pero había una dificultad: sería muy difícil que cicatrizara por la falta de oxígeno.
Mientras tanto, el resto del grupo hacía su primer ascenso hacia el campamento I, asentado a 6000 metros en un gran anfiteatro o valle formado por cuatro montes de más de 7000 metros de elevación. También establecieron el campamento II sobre las laderas del monte Gasherbrum I, al cual nadie había subido durante el curso de la temporada.
Para evitar el contacto de la bota con la herida, protegida con vendajes, diseñé una especie de acolchado con trozos de colchonetas. Eso me permitió, una semana más tarde, salir con Oscar y Alfred hacia el campo I. Pero el dolor era aún muy intenso y decidí regresar. Traté la herida día a día con pomadas medicadas y mucha ventilación, y trabajé en mejorar más el sistema de protección del tobillo, buscando un medio que me permitiera escalar durante varios días sin inconvenientes.
Forzados por las condiciones inestables del clima, todo el grupo se juntó nuevamente en el campo base. Dos de los integrantes, Federic y Toti Vales, decidieron regresar a España sin ascender ya más alto de los 5500 metros, agotados y enfermos.
Los demás partimos nuevamente el 28 de julio hacia el campamento I, divididos en dos cordadas, en dos grupos. El ascenso fue muy bueno, muy rápido, durante la noche en su mayor parte, con temperaturas tolerables cercanas a cero grado, y sin sentir mayor dolor en el tobillo. Llegamos a las 9 de la mañana al campamento I, donde decidí descansar esa noche mientras los demás continuaban al campo II, a 6300 metros de elevación y a tan sólo 3 horas de distancia.
Media hora más tarde escuché que me llamaban por mi nombre. Era Iñigo de Pineda. Cuando me asomé por la carpa lo vi: estaba enterrado en una grieta, a sólo 50 metros de distancia. Salí a sacarlo de la grieta y a encordarlo para que regresara a la carpa.
Mi objetivo inicial era alcanzar el resto del grupo en la madrugada, pero al quitarme la bota izquierda noté que la herida en el tobillo se había extendido. Iñigo y yo, entonces, decidimos descender hacia el campamento base temprano por la mañana, y ver cómo continuar desde allí. El clima se deterioraba rápidamente: las nubes cubrían las montañas y el viento soplaba muy fuerte.
Tras 6 horas de caminata, al llegar al campo base el dolor era intolerable. El tobillo, muy hinchado y dañado. Encontramos allí a seis porteadores que esperaban a otro grupo. Iñigo y yo resolvimos pedirles que llevaran también nuestras cosas y volver a Askole, en Islamabad.
Caminamos cuatro días, a un promedio de 12 a 18 horas diarias. Fue muy duro, pero alcanzamos lentamente el objetivo. Nuestra expedición había llegado a su fin.
Es cierto: en parte fue frustrante pero, a su vez, muy positiva. En estas situaciones, cuando hay que superar las dificultades que esta clase de aventuras plantean, uno se conoce más y mejor a sí mismo.
En los próximos días vuelvo a Paquistán, para el ascenso invernal al monte Nanga Parbat, de 8125 metros de altura, junto a Krzysztof Wielicki. Vuelvo a las montañas.
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