
Más allá de Ushuaia, la provincia ofrece una oferta para los visitantes que combina a la perfección paisajes, gastronomía, hospitalidad y buenas historias.
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Por Alejandro Maglione
amaglione@lanacion.com.ar
Puerto Almanza. Saliendo de Ushuaia, a unos 30 km de distancia, se encuentra un caserío llamado Puerto Almanza, un lugar donde un puñado de pioneros está intentando instalar la ruta de la Centolla. Como en buena parte de la Patagonia, y en el caso de Tierra del Fuego en particular, estos pioneros suelen tener impactantes historias de vida.
Carlos Cárcamo, y su hijo del mismo nombre, ejercen el oficio de buzo y trabajan pescando mariscos. Cárcamo hijo sorprendió a su padre instalando un pequeño restaurante llamado “El Rincón del Viejo”, en cuyo cartel aparece hasta dibujado el homenajeado. Carlos padre es de origen chileno y ya perdió la memoria de cuando se instaló en la isla, pero recuerda un centenar de anécdotas de su trabajo como buzo en causas comunitarias. Y las cuenta con la sencillez de quien arriesgó la vida como la cosa más natural. Especialidad de la casa: el centollón.
Siguiendo por la ruta descubrimos una huerta que produce frutillas, ajos y ruibarbo. La llevan adelante Catalina y Andrés Loiza, con un esfuerzo titánico. Dueños de la panadería El Artesano, han descubierto en la horticultura una actividad que los atrapó con mayor intensidad.
En esa misma desolación, se puede almorzar o tomar un té muy completo en “La Oveja Verde”. El lugar está arreglado de forma que se percibe el cariño que le han puesto sus dueños, Federico Prausello y Verónica De Pinto. Tienen una vista incomparable al canal de Beagle y, además, la vista de los vecinos, la ciudad chilena de Puerto Williams.

Rumbo a Río Grande. El viaje a Río Grande es sencillo en la actualidad gracias a la ruta pavimentada que vincula la segunda ciudad más importante de la isla con Ushuaia. El ripio del pasado hacía que el cruce de la cordillera (sí, para ir de una ciudad a otra se cruza la cordillera de los Andes), especialmente en su punto máximo denominado Paso Garibaldi, fuera habitualmente una pesadilla. La nieve pisada se transformaba en el denominado “hielo vidrio”, que hacía que los camiones con semiremolque se cruzaran en la ruta y hubiera que esperar horas a que un auxilio despejara el camino.En esta ocasión, el paso nos recibió con una ventisca terrible, nada para precuparsecuando se maneja con lógica precaución.
Casi a mitad de camino hay una parada obligada: la localidad de Tolhuin. Allí se encuentra la panadería La Unión. Para haber salido a las 6 de la mañana, y desayunado a medias, llegar a este paraíso de las buenas medialunas, mejores panes y un café impecable, justifica la parada.
Pero resulta que La Unión pertenece a un personaje que se llama Emilio Sáenz, del cual mucho se ha escrito. No solo para destacar su propuesta –vende unas cinco mil facturas por fin de semana– sino que además, con sus 30 empleados, calcula que atiende a un millón de clientes por año. Lo más importante, sin embargo, es el trato que le da a sus empleados: entre otras cosas, les instaló una casa en Puerto Madryn para que puedan ir de vacaciones con su familia. Emilio se está entrenando porque piensa cruzar el país caminando. Tiene 63 años y, como diría la barra: si este no es un personaje, el personaje dónde está…
Mamá Flora. Así se llama una chocolatería que se encuentra a la entrada de Río Grande. La regentea Corina Molayoli, oriunda de Río Cuarto –Córdoba– que tiene un humor excelente y contagioso, y que hace que sus propuestas de chocolate sean todavía mejores. Corina tiene buen olfato para el márketing y por eso ofrece desayunos a domicilio para aniversarios especiales o fechas como el Día de la Madre. El negocio es, en rigor, de su hermana: lo dejó en sus manos porque no desea abandonar el oficio de docente.
De la Ostia. Este restaurante riograndense debe su nombre a que sus dueños, los hermanos Francisco y Pablo Maravilla, tuvieron su formación gastronómica en España. Ubicado frente al mar, en una casa histórica reciclada, ofrece el servicio de todo restaurante sumado a que al atardecer aparece una propuesta tragos acompañados con raciones y tapas.
Misión Salesiana. Es una suerte de escuela granja que, en realidad, luce como un recuerdo de lo que fue. Los gigantescos dormitorios que supieron albergar alumnos pupilos aparecen ahora deshabitados. Solo funciona un tambo que ordeña unas pocas vacas. Todo mantenido con gran limpieza y prolijidad profundizan la añoranza que genera imaginar lo que debe haber sido en sus años de gloria.

Estancia Las Hijas. Una parada interesante resultó este establecimiento que hoy está concentrado en una oferta turística. Propiedad de Carola y Richard Daniels tiene el gerenciamiento de su hijo Esteban. Es curioso ver que aceptan con resignación el que las jaurías de perros “asilvestrados” vayan diezmando sus majadas de ovejas, e incluso, que den cuenta de los terneros recién nacidos.
Nos detuvimos en este tema para saber por qué los Daniels no piensan implementar un “corral de encierro” –como hay en buena parte de las estancias del país–, y menos aún contar con un “boyero” que pueda cuidarel ganado durante el día para que los depredadores no hagan de las suyas. La impresión es que dan la pelea por perdida, y que su objetivo actual se concentra en la renta turística. Una pena. Como sea, es una parada que vale la pena y la hospitalidad de la familia es remarcable.
Conclusión. Tierra del Fuego hoy tiene una oferta turística y gastronómica que vale la pena conocer. Sus paisajes cambiantes, los habitantes con historias que son verdaderas gestas y la hospitalidad que sale espontáneamente la transforman en un destino único. Llegar al fin del mundo vale la pena.





