
Un actor genial
Fue un eslabón indispensable del under y hoy es uno de los actores más prestigiosos del país. Capaz de interpretar a Shakespeare, así como de meterse en un personaje marginal, hoy puede vérselo en A
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No hay noche peor en Buenos Aires.
La calle Tacuarí es una estría húmeda, atravesada por decenas de colectivos, cientos de motos, miles de autos, y Alejandro Urdapilleta vive ahí, en un primer piso, vista al frente.
–Ni lo pensé cuando compré el departamento, pero es como dormir en una terminal de ómnibus. Yo estaba viviendo en casa de mis viejos y quería irme de ahí; entonces, esto estuvo bien. Pero como tuve un período largo de no laburar, desde 2002 hasta el año pasado, salvo alguna cosa en cine y en televisión, la miseria era tan espantosa que llegó un momento en que tenía una sola lamparita y la llevaba al baño para peinarme, a la mesa de luz para leer. Odio la palabra ahorrar. Y la seguridad de tener la vida planificada, y la jubilación.
Hace una pausa, se ríe con desdén de príncipe.
–Ya me moriré de golpe, en todo caso. En el mejor momento.
Las puertas de un bar se abren, después se cierran. El pide un vodkita, por favor.
Cartas de un niño a sus padres
Alejandro Urdapilleta nació en Montevideo, Uruguay, donde su padre, el coronel del ejército Fernando Urdapilleta, estaba exiliado por haber participado en el levantamiento contra la primera presidencia de Perón. De esa infancia no le queda mucho más que una estruendosa falta de amigos, y una extraña forma de recordarlo todo: para calcular la edad que tenía en tal o cual situación no evoca el tiempo, sino el espacio.
–Era Olavarría... entonces debía ser el sesenta y pico..
Por lo demás, dice que tuvo una infancia feliz, que la familia –un hermano, tres hermanas– se movía como una isla viajera, y que sabe leer desde Tandil, y eso quiere decir que era muy chico.
–Mi primer libro fue uno de la colección Robin Hood, debe haber sido La cabaña del tío Tom. Después leí Mujercitas, Tom Sawyer. Y después mi viejo me compró una colección que se llamaba El mundo de los niños. Una enciclopedia en la que había mitología de distintos países, poesía sufí, obras de Rudyard Kipling.
En esos años empezó lo que aún no cesa: la escritura. Escribe, a mano y en cuadernos Rivadavia, relatos, poemas, recuerdos de infancia, sueños. Y si en el año 2000 publicó Vagones transportan humo en la editorial Adriana Hidalgo y ahora prepara dos libros más, allá en la infancia perpetró una composición titulada Palabras de un niño a su madre ya fallecida.
–Una cursilada horrible. De tú: "Madre, ahora que no estás". Mi madre lloraba como una loca cuando se lo leía. Y después hice otras. Una que se llamaba Carta de un soldado a su padre al entrar a la colimba.
Después llegó la adolescencia, con la familia asentada ya en Martínez y Urdapilleta como alumno terrible en un colegio de curas: el San Agustín. Tenía 16 años, y rebotaba por los bordes: bares, cines muy oscuros, el filo de la desesperación adolescente, cuando vio en el teatro ABC una obra llamada Che, Argentina, sos o te hacés, y decidió que quería actuar. En la Asociación de Actores encontró un listado y se anotó con el primer profesor de la lista, organizada por orden alfabético: Martín Adjemián.
–Después dejé el colegio. En cuarto. Me tenía harto.
En 1977, a los 22, mientras su padre era gobernador de la provincia de Jujuy, Urdapilleta se fue a vivir a Europa.
Irán y las Malvinas
Le gusta contarlo sin precisiones: sin despedidas, sin conflicto familiar, sin madres llorando. Le gusta contar que llegó a Londres, donde fue ayudante de mayordomo en la residencia del embajador italiano sin saber italiano, ni inglés, ni poner la mesa, hasta que lo despidieron cuando se atrevió a preguntar por sus vacaciones. Marchó a España: en Sevilla pidió como un linyera y comió con los mendigos; en Madrid estudió teatro. La gira siguió en Ibiza y las Baleares, hasta que la misma ola de desesperación que lo había llevado a la otra orilla lo depositó, en los 80, en Buenos Aires. Lo recibió lo que había: Argentina Televisora Color, Rosa de lejos, militares.
–No sabía qué iba a hacer. No sabía si quería ser actor. Muchas veces pensé en no ser más actor. Me gusta el escenario, pero la gente de teatro no me gusta mucho. Los actores son gente un poco rebuscada, como muy charlatana, y siempre hay que ir a tomar el cafecito y la charla. Entonces trabajé de varias cosas, y un día me anoté de voluntario en Malvinas. Dije bueno, en vez de que maten a estos pobres pibes que me maten a mí. Yo ya tenía el rollo de ir a la guerra. Qué disparate. Cuando estaba en España fuimos con un amigo a la embajada de Irán a ver si nos podían dejar ir a la guerra. Los dos en la garita de la puerta de la embajada pidiendo a ver si podíamos ir a la guerra. Nos echaron a patadas.
No peleó, ni en Irán ni en Malvinas, pero empezó a estudiar teatro con Augusto Fernandes. Y entonces conoció a Batato Barea, y nada pudo haber sido mejor –y nada pudo haber sido peor– que eso.
El conocimiento
El primero que le habló de Batato Barea fue Juan Acosta. Le dijo así: que había un chico muy casto que se ponía colorado por cualquier cosa, que trabajaba con él en una obra de Antonio Gasalla –Alicia en el país de las maravillas– y que le parecía que debían conocerse.
–Fui a la salida del teatro y lo vi a Batato. Todo blanco. Todo blanco y pelirrojo. Era excepcional. Raro era. Y era casto. Como un ser virgen. Ese día no me dio mucha pelota, pero cuando se
inauguró Cemento fui, me lo encontré, y como yo estaba ensayando una obra mía le dije que me gustaría que la hiciera, y me dijo: "No, no, de ninguna manera, yo odio el teatro". Y le dije: "Ay, yo también". Y ahí nos hicimos amiguísimos. Y a los pocos días empezó el Parakultural, el principio de toda esa locura.
Toda esa locura: en salas como Babilonia, Medio Mundo Varieté, Cemento y el Parakultural, en los 80, Urdapilleta y Barea, Dalila y los Cometa Brass, Las Gambas al Ajillo y Graciela Mezcalina, Fernando Noy y un largo etcétera nocturno hacía experiencias de las que estas tierras no tenían registro y de las que estas tierras, probablemente, no han vuelto –no volverán– a tener.
–Batato era casto, perverso, gracioso, extraño. Ibamos a su casa, en el Abasto, y nos pintarrajeábamos, y salíamos a buscar trabajo. Vestidos de mujeres, unos mamarrachos, las pelucas apelmazadas, mal maquillados, con los tacototes. El quería ser Moria Casán. Se puso tetas de aceite de avión. O de camión. Se las puso en una villa. Costaba como si te dijera 120 pesos. Pero para que eso tomara forma tenía que usar un rato un armazón y él no aguantó mucho, así que se lo sacó y le quedó como una sola teta, como una tecla. Como un escalón. Era un hombre de Venus. Una pureza, una delicadeza. Hacíamos una obra con Batato que se llamaba Las coperas. Duraba quince minutos y éramos él y yo cosiéndonos las medias y planchando antes de ir a un lugar al que íbamos a ir a trabajar de coperas. Y eso era todo. Un afano, y la gente hacía cuatro cuadras de cola en Mediomundo Varieté para ir a vernos.
En 1989, la obra Las fabricantes de tortas, escrita por Urdapilleta, ganó el premio de la Primera Bienal de Arte Joven y en 1990 se sumó al dúo Humberto Tortonese, con quien hicieron mucho, pero sobre todo La Carancha, una dama sin límites, una obra furiosa que parodiaba la vida de María Julia Alsogaray. Y entonces, en 1991, Urdapilleta hizo el primero de una buena cantidad de gestos que después repetiría: se fue al Teatro San Martín a hacer Hamlet o la guerra de los teatros, dirigido por Ricardo Bartís, y ganó un premio ACE y todos dijeron oh cuando vieron a este hombre de ojos hondos meterse con Shakespeare después de haber estado, tantos años, vestido de señora y arrojando verdura sobre los espectadores.
–Batato me odió cuando hice esa obra. Me dijo: "Traidor, esto es todo lo que odiamos, el teatro que odiamos". Pero a mí me daba risa. Porque yo tenía ya esa parte de actor de teatro más convencional, por llamarlo de alguna manera. Había estudiado mucho, tenía la técnica y tenía ganas de hacer algo con eso.
Quizá lo supo siempre: que quería interpretar a la boliviana Zulema Ríos de Mamani Testigo de la Luz Carismática del Pájaro Chohuí y, también, meterse con Shakespeare. Quizás, desde el principio Urdapilleta supo que lo quería todo.
Y ya se sabe: para tenerlo todo, hay que estar dispuesto a perder bastante.
La pérdida
Habían cruzado el Río de la Plata para hacer una función de La Carancha y se hospedaban en un hotel de Carrasco, señorial y decadente. Los tres, la trilogía sagrada: Barea-Urdapilleta-Tortonese. Batato enfermo, sumido en fiebres sulfurosas cuyos vapores le dejaban el cerebro aterido.
–Estaba mal, como medio delirando. Era un día luminoso, con una luz transparente. Yo le decía: "Batato, ¿a vos te parece que vamos a poder hacer la función?". Y no me respondía nada coherente. La última vez que se lo pregunté fue en el coche en el que íbamos a la función, y me dijo: "No me voy a morir". Hicimos la función y él estaba transparente, iluminado, inspiradísimo. Mágico. Todos lo mirábamos con una congoja... Se volvió en avión y lo internaron en el hospital Fernández. Al otro día me voy al hospital, pregunto por la habitación del señor Barea, y me dicen: "Falleció". No parecía muerto para nada. Estaba la mamá y le digo: "Nené, no se murió"... Ay, digo todas las cosas que dicen las viejas en los velorios, pero era así.
Cinco años después de haberlo conocido, el amigo le dejaba una marca que no puede ser mala, pero es una marca: una herida pelirroja y blanca.
–Fue... una lástima. Una lástima que se murió Batato. Hubiéramos hecho muchas cosas juntos. Todavía lo extraño. Uno nunca deja de extrañar a un amigo así. Yo siento que me quedé sin inspiración.
Pero su vida, como sucede con todas las vidas cuando otras vidas imprescindibles se apagan, siguió. En 1991 pasó por la televisión haciendo, con Tortonese, un sketch salvaje en el programa El palacio de la risa, de Antonio Gasalla. En 1996, dirigido por Augusto Fernandes, protagonizó El relámpago, de Strindberg, por la que ganó un premio ACE. Después hizo Martha Stutz en el San Martín, y al mismo tiempo Carne de chancha, con Tortonese, en Ave Porco; Almuerzo en casa de Ludwig W, de Thomas Bernhard, dirigido por Roberto Villanueva en el San Martín (que le valió un ACE y el María Guerrero como mejor actor dramático) y al mismo tiempo La moribunda, con Tortonese, en Morocco. En el año 2000 se metió en la piel de Hitler en Mein Kampf (una farsa), de George Tabori, dirigido por Jorge Lavelli, que le valió el premio Trinidad Guevara, y después hizo televisión (Tumberos, de Adrián Caetano, que le valió un Martín Fierro como mejor actor de reparto, y Sol negro, de Alejandro Maci) y películas (como Adiós querida luna, de Fernando Spiner, en 2003, por la que recibió el premio al mejor actor en el Festival de Cine de Mar del Plata, y La niña santa, de Lucrecia Martel, en 2004). Finalmente, el año pasado y desde julio, interpretó al Rey Lear –como sonado reemplazo de Alfredo Alcón– en la obra homónima de Shakespeare dirigida por Jorge Lavelli, y este año se lo pudo ver en La antena, la película de Esteban Sapir, y ahora, desde junio, en la obra Atendiendo al señor Sloane, de Joe Orton, en la Ciudad Cultural Konex.
La vida siguió. Y sin embargo.
Irse
En su libro Opio, el escritor francés Jean Cocteau escribe: "Asqueado por la literatura, he querido superar la literatura y vivir mi obra. Ello hace que mi obra me coma, que empiece ella a vivir y que yo muera. Por lo demás, las obras se dividen en dos categorías: las que hacen vivir y las que matan. Un día, uno de nuestros escritores a quien reprochaba yo que escribiese libros de éxito y que no se escribiese él nunca, me llevó ante un espejo. Quiero ser fuerte –dijo–. Mírese usted. Quiero comer. Quiero viajar. Quiero vivir. ¡No quiero convertirme en una estilográfica!."
Hace seis años, Urdapilleta estaba a punto de estrenar Mein Kamp (una farsa), venía de una internación breve por excesos varios, vivía en casa de sus padres, y no estaba seguro de querer seguir siendo actor. Decía que imaginaba su vida ya no en la ciudad, sino en un campo. Que sin duda era mucho más fácil ser un electrodoméstico –un botón de encendido, otro de apagado, cuatro velocidades– que un hombre, y que imaginaba la verdadera felicidad como un viaje. Un viaje de ida: vivir sin pasado, sin futuro, un puro presente sin hogar, sin ataduras. "¿Viste esa gente que vive viajando –decía Urdapilleta–. Yo tengo ganas de hacerlo, pero a uno le cuesta dejar la comodidad de conocer las incomodidades cotidianas. He conocido gente así, nórdicos con una vincha que se van a la India y de ahí a Indonesia y de ahí a Egipto, saben leer el iris del ojo, y no tienen nada. Es una sabiduría entender la vida de otra forma, no aferrarse a nada, más allá del concepto burgués del ladrillito." Y ahora, seis años después, cuando compró su cama con derecho a ruido en un primer piso de la calle Tacuarí, vista al frente, Urdapilleta sigue pensando lo mismo.
–El otro día miraba un documental de Médicos sin Fronteras. Unas minas con unas caras de felicidad, laburando en un pueblucho, en unas montañas. Y eso me parece que es lo que me falta hacer en la vida. La libertad total. Yo creo que en algún momento me voy a pirar. Y voy a irme, irme, irme. Cuando veo esa gente que labura como corresponsal de guerra, digo: "¿Pero qué estoy haciendo de actor?". Pero bueno, yo tengo esa cosa de la misión, de preguntarme para qué estoy acá.
–¿Y qué te contestás?
–Y... que soy un vago, que no puedo salir de mi casa, del cuarto en la terminal de ómnibus. Pero ya creo que estoy más cerca de la huida que del anclaje.
Y entonces se ríe, y queda claro. Se ve cuál es su magia. Lo que más, lo que mejor ha sido: un puente extendido sobre las aguas negras del drama, atravesado por el rayo brutal de la comedia.
Un hombre como una risa amarga.
Un hombre de severa ligereza.
Se dice de él
Verónica Llinás (actriz)
- “Alejandro es el mejor actor argentino –dice la ex Gambas al Ajillo, en una entrevista con La Nacion, luego de que Urdapilleta dijera lo mismo sobre ella–. Pero si lo digo ahora queda como el orto”, remata con el toque de humor mordaz que la caracteriza.
Humberto Tortonese (actor)
- “Alejandro es un león. Lo ves y le temés. Y esa potencia es la que está donde vaya, en el San Martín, borracho en una esquina o en una fiesta. Alejandro es un actor de raza.”
Carlos Belloso (actor)
- “Trabajamos mucho juntos, y aunque nunca compartimos una obra sí hicimos cosas en la tele, como Tumberos, y en cine, como La niña santa, de Lucrecia Martel. Verlo es un placer: es uno de esos actores que compone los personajes desde las tripas. Uno siempre piensa que se va a inmolar arriba del escenario, porque él entiende el teatro así.”





