
En el mítico barrio de San Telmo, el bar El Federal nos invita a disfrutar de magníficas picadas en un entorno cálido y repleto de historia
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Interiores de un siglo y medio de vida. La ambientación de El Federal propone un viaje en el tiempo por todos los Buenos Aires posibles y pasados: los 150 años de su edificio son el testimonio de cada una de sus transformaciones
Pulpería. Almacén de ultramarinos. Casa de tolerancia. Almacén con despacho de bebidas. Bar. Café Notable. Sitio de Interés Cultural. ¿Cuántas cosas se pueden ser en una vida? En una de 150 años, muchísimas: este año el edifico que aloja a Bar El Federal celebra su siglo y medio de vida invitando a una cita con cada una de sus prehistorias. Un viejo buzón rojo de Correo Argentino y el Federal sonriente en lo alto de la marquesina llaman la atención desde la ochava: seguir sus señas y entrar al bar son casi la misma cosa…
Mensaje de bienvenida
Antes de atravesar la puerta de doble hoja con barandas de bronce en la esquina de Perú, las vitrinas laterales cautivan al visitante, como si se tratara de una exhibición de antigüedades o un mercado de reliquias: se suceden botellas de gaseosas extintas (como la Bidú Cola), viejos panes de jabón blanco "Federal", cajas de té "Manila", sifones tradicionales intervenidos con la tipografía del bar, paquetes de yerba mate y piezas de colección. Una de ellas -celosamente protegida- es la lata de arroz "Doble Moneda", una edición limitada con un óleo de Oscar Crespo que muestra a un Federal pretérito (a un San Telmo vacío), con persianas verdes y su mismo buzón pero de color amarillo.
Los testimonios son imprecisos y abundan las hipótesis sin confirmación, pero por su estilo es muy probable que el edificio haya sido el proyecto de un constructor italiano. La tipología de almacén se mantiene vigente: el ingreso era por la esquina, el despacho de bebidas por la puerta lateral. Al cruzar cualquiera de las dos puertas, todas las miradas caen al piso: la geometría de los mosaicos calcáreos con sus zonas oscurecidas por el uso tiene algo de hipnótico y fascinante, como si dibujara en simultáneo cada uno de los pasos de quienes lo transitan. Se suma uno más: al levantar la mirada, todo un mundo federal se revela como un manual abierto, visual y sonoro, en el que las conversaciones de fondo, el sonido de la vajilla y los bufidos de la máquina de café componen una pieza musical pegadiza.
De copas sobre la barra

A diferencia de lo que pasa puertas afuera (en la calle, en las oficinas, en los edificios, en la vida), en El Federal la falta de tiempo no es un problema. Al contrario, parece ser suficiente para todo: para leer o escribir, sacar fotos, charlar con los mozos, tomar un café, brindar o comer, conocer desconocidos y cambiarse de mesa para compartir un encuentro sin apuros. Por algo será que su reloj está detenido desde siempre. Sobre la barra de madera maciza con arco en alzada, vitreaux iluminado y ornamentos con motivos florales en sus terminaciones, las bandejas de medialunas y panes caseros, el clásico strudel de manzana con crema y canela o los alfajores artesanales tientan a quien se aventure al mostrador.
Además del encuentro de café, la partida de truco o la salida nocturna (la cerveza de elaboración artesanal y la sidra tirada reúnen multitudes),el ritual del vermú es otro de los tantos que se celebran en esta casa: el sifón, el vaso largo con cuchara y los platitos para ingredientes de acero inoxidable (los que se usaban en la década del 50’) se organizan sobre la mesa como si estuvieran posando para una foto: entonces desfilan quesos, fiambres, aceitunas, tortillas y pan casero. Las sillas de madera, casi todas distintas pero casi salidas de la misma familia, se conjugan con las mesas y las carpinterías en puertas y muebles logrando un ambiente íntimo y cálido.
El frente del bar tiene largas estanterías con botellones, botellas y petacas que datan del siglo XIX, muchas de ellas jamás abiertas: vinos, licores, cognacs, whiskies. También se ven antiguas latas de Canale, veteranos cajones de reparto y palitas con mango de madera de las que se usaban para servir productos secos al peso. Respetando la tradición del almacén, se ordenan generosos frascos de vidrio con aceitunas, escabeches, sardinas, frutos secos, canela, chocolate rayado, palitos y maní, además de hormas de quesos. La máquina para cortar fiambres y las tablas para servir picadas están próximas a una caja registradora centenaria y una antigua radio en desuso.
Escrito con las paredes
No hay una sola de las paredes de El Federal que esté vacía: son el escenario perfecto para contar historias. Chapas enlozadas, espejos con marcos de madera, cartelería de época, señalética de bronce, afiches de revistas e ilustraciones y fotografías enmarcadas son los relatos visuales que mantienen vivo al pasado. Un recorrido por la publicidad de comienzos y mediados del siglo XX es trazado mediante las gráficas de Ginebra Llave (con dibujos del humorista Luis Medrano), Meccano, confituras Cirio, cigarrillos Columbia o lubrificante Supercastor, entre muchas otras marcas aún vigentes (Maltería Quilmes, Nescafé, Cinzano, etc.). La marquesina original del bar, pintada por Jorge Muscia -el "fileteador del tango"- se conserva en uno de sus salones, en donde convive con un repertorio variopinto: un cartel de madera pintado a mano que reza "Las ventas son al contado", un triciclo antiguo, y chorizos y patas de jamón colgantes, parte de los ingredientes de las afamadas picadas.
Con buena imaginación y un poco de fantasía, en El Federal se pueden reconstruir algunos de los sucesos míticos que tuvieron lugar en su edificio: el "Polaco" Goyeneche apurando una Hesperidina (otra institución argentina de 1864) antes de salir para una milonga de San Telmo, Abelardo Arias y Oscar Hermes Villordo tramando alguna de sus aventuras literarias, el rodaje de algunas escenas de Custodio de Señoras (1979), con el Gordo Porcel y Graciela Alfano. En el libro de memorias también figuran las visitas de Francis Ford Coppola y Audrey Tautou, además de la asistencia regular de notables como Lito Vitale y Luis Salinas o los artistas Omar Panosetti y Eduardo Labombarda y los habitués de rigor, tan anónimos como atrapantes, que con sus rutinas y rituales hacen que el bar se transforme en un segundo hogar.
En 1864 los parroquianos ataban sus caballos al palenque, hoy dejan sus bicis en la vereda; antes se juntaban para apostar a la riña de gallos, hoy se reúnen para "tomar un cafecito", que en nuestra ciudad es la mejor excusa para encontrarse a charlar; antes la calle Carlos Calvo se llamaba "Europa", hoy es una de las más transitadas por viajeros del viejo continente. En 1864 era esta misma esquina, que por su identidad, valor arquitectónico y sentido patrimonial se ha convertido en el bar más simbólico del barrio: sinónimo de San Telmo, pedacito insoslayable de Buenos Aires y enorme testigo de la historia porteña. El mismo espíritu de 1864 con alma de café, cocina de bodegón y 150 años de historia encima: así se ve, así se siente.






