
Robert Zemeckis narra en su nuevo film la historia del francés Philippe Petit, que en 1974 decidió tensar un cable de acero entre las terrazas de las Torres Gemelas y hacer idas y vueltas como equilibrista.
1 minuto de lectura'

Por Leonardo M. D’Espósito
Ya sabemos que el cine de gran espectáculo, hoy y con honrosísimas excepciones (Misión: Imposible-Nación Secreta, una de las películas del año), es en 3D, sonido envolvente y pantalla hipergrande. Lo sabemos porque, además, los cineastas están filmando así, desde dentro de la acción (vean Jurassic World, sin ir más lejos), y porque la entrada es carísima por el temita anteojos. En fin, que gracias a esta altísima tecnología, el cine se ha partido en dos, por lo menos, y que hoy los realizadores quieren, cada vez más, que estemos metidos en la escena, que acompañemos físicamente a los héroes.
El problema es que no todas las historias requieren de tales artilugios. Hay cuentos que preferimos ver de lejos, que son más efectivos en la medida en que podemos contemplarlos con cierta distancia.
Son pocas las historias para el 3D inmersivo. En los últimos años, solo algunos artistas de cine tomaron esa tecnología como herramienta expresiva: James Cameron en Avatar, Alfonso Cuarón en Gravedad, un poco menos Ang Lee en Una aventura extraordinaria, las tres filmadas para 3D en lugar de transformadas a ese formato a posteriori. Es decir, pensadas para que la sensación de espesor y profundidad contaran algo. Este año, ese lugar parece que va a ocuparlo En la cuerda floja –título argentino explícito de The Walk, "El paseo" o "La caminata", título más bello en inglés–, del especialista en retorcer cuerpos, tiempo y espacio Robert Zemeckis.
El film narra una historia real. En 1974, el funámbulo francés Philippe Petit decidió hacer algo que nadie hubiera pensado: tensar un cable de acero entre las terrazas de las Torres Gemelas en Nueva York y hacer idas y vueltas como equilibrista entre los dos edificios. Una hazaña notable no solo por lo que implica estar a cientos de metros sobre el asfalto en los entonces edificios más altos del planeta, sino principalmente por armar el asunto de manera clandestina, burlando seguridades y leyes. Todo el plan es similar a esos cuentos de robos magistrales y ha sido ya relatado en un gran documental llamado Man on Wire, que era en sí mismo un film de suspenso (recuerde: "suspenso" viene de "suspender", de estar en el aire colgado de algo, a la espera), donde el material de archivo probaba el hecho. Entonces ¿por qué hacerlo si ya lo conocemos?
La respuesta es 3D. Como pocas historias, esta requiere que seamos capaces de estar ahí, de sentir en los pies ese cosquilleo vertiginoso que implica el miedo a caernos y el casi inconsciente y terrible deseo de dejarse caer. La apuesta de esta película –que es un gran tanque tecnológico que no debe parecerlo– es averiguar hasta qué punto es posible desarrollar tales sensaciones en el espectador que, de hecho, no está allí sino sentado, seguro, en una butaca cinematográfica. Zemeckis es un especialista en mantenernos colgados de una situación, de un momento clave (todo Volver al futuro depende de un acontecimiento fatal y puntual, y casi todas sus películas se resuelven en esa clase de secuencias). En algún punto, esa apuesta es también la de toda una industria que aún no ha comprendido ni explotado el potencial gigante de las nuevas tecnologías. El cine sigue siendo el de ayer con la tecnología de hoy y la realidad reproducida en detalles casi táctiles todavía aparece balbuciente. Si En la cuerda floja es el éxito global que se espera, abrirá un camino nuevo para que estas tecnologías se apliquen a historias realistas, algo que hasta ahora ha sido solo privilegio de algunos outsiders del documental como Werner Herzog o Wim Wenders (sin contar el outsider de outsiders Jean-Luc Godard). Si no, habrá que esperar al próximo aventurero.
Nota bene: el máximo realismo posible es lo que guía los efectos especiales y la ultratecnología, no la fantasía. Es recuperar el tiempo perdido, como ya lo pedía o profetizaba André Bazin en su célebre artículo "Ontología de la imagen cinematográfica". En la cuerda... tiene por escenario el símbolo de que el tiempo pasa irremediablemente y que la mano del hombre acelera las agujas: el paseo del entonces joven Petit fue sostenido por esas dos torres prismáticas cuyo derribo violento marcó el inicio de otro mundo. El cine vuelve a ser el hogar del tiempo recobrado.
La competencia
En la cuerda floja es una de las películas que suenan para los Oscar, y es más que probable que se lleve nominaciones varias por lo que se comenta en la prensa especializada. Son posibles nominaciones a mejor película, director (Robert Zemeckis), actor (Joseph Gordon-Levitt), fotografía (Dariusz Wolski), montaje (Jeremiah O'Driscoll) y edición de sonido y efectos especiales. Aunque la competencia con los "tanques" es fuerte, todos creen que es el rival al menos en cuanto a rubros técnicos se refiere.






