
Un gran casamiento griego, la fiesta interminable
En la isla de Kea, una cronista participó de una de estas celebraciones antológicas por sus rituales, comida y baile
1 minuto de lectura'
Había visto Mi gran casamiento griego y Mamma Mia!, pero cuando Filippos, el amigo griego de mi marido, anunció que se casaba, no me importó a cuál de las dos versiones se parecería el evento. Sabía que de cualquier modo sería memorable.
La cita era en Kea, una isla cerca de Atenas. Casi desconocida para los turistas, es elegida por muchos locales para tener su casa veraniega. A días de empezar el verano europeo, esa fue exactamente la postal que recibimos al bajar del barco. Una isla tranquila, con rasgos de pueblo, pero paisajes paradisíacos.
Desde el inicio descubrimos que los argentinos tenemos bastante en común con los griegos. No sólo están ante una crisis muy similar a la de 2001, sino que también manejan como dementes, son grandes amantes de la sobremesa y les encanta salir de fiesta hasta tarde. Apenas llegar al hotel, nos quedó sobre todo claro lo último. Encontramos unas cintas que decían "Mr & Mrs" y unas instrucciones que indicaban que con esas pulseras y vestidos de blanco debíamos acercarnos esa noche hasta la zona de Vourkari, donde sería el primer festejo.
Por suerte, otra cuestión que tenemos en común con los griegos son los horarios para comer: el evento comenzaba a las 10, dándonos tiempo perfecto para dormir una siesta que combatiera el jet lag. Era una noche espléndida y el bar estaba justo enfrente de una marina. Llegamos antes que los novios, pero varios de los amigos de Filippos ya estaban ahí, y empezamos a tomar unos tragos y charlar (en inglés, por supuesto, de griego ni hablar). Al rato, entre las decenas de vestidos y pantalones blancos se vislumbró una luz roja: la novia, en perfecto contraste, hacía su entrada triunfal de la mano de su futuro marido.
Con ellos llegó también la comida, un enorme abanico de las especialidades del país: souvlaki (brochettes de carne con especias), tyropita (queso feta envuelto en una pasta) y spanakotiropites (empanaditas de queso feta y espinaca), entre muchas otras. Pero enseguida nos dimos cuenta de que mientras nosotros comíamos, los locales preferían hacer cola en la barra. Otro punto en común: son de buen beber. Lo que parecía una reunión tranquila pronto fue subiendo decibeles de música y entusiasmo, y no pasó mucho hasta que el novio empezó a saltar abrazado a los amigos. Hacia las 3 de la mañana, nuestra diferencia horaria nos cayó encima con fuerza y optamos por volver al hotel. La fiesta estaba en pleno apogeo y después nos enteramos que duró hasta que los echaron, a las 5. Al día siguiente la cita era a las 6 de la tarde, con el dress code "island chic". Bajo el hotel nos esperaba una combi para llevarnos a la iglesia. El horario elegido era más que planeado: a medida que comenzamos a trepar en terrenos cada vez más inclinados, el mar se fue descubriendo a lo lejos con ese brillo perfecto que le da el sol amable de la tarde, ese que ya está en descenso. Después de giros imposibles sobre precipicios vertiginosos y con los oídos tapados por la altura, llegamos a la iglesia. Estaba en lo más alto de la isla, envuelta en viento e imponente en su blancura. A nuestra combi la habían secundado unas 20 más, y ya éramos muchos los que íbamos subiendo los escalones hasta llegar a la terraza. Una vez arriba, el paisaje terminaba de impresionar con vistas no sólo del mar y de las pequeñísimas playas que habían quedado abajo, sino también de otras islas.
Y entonces arribó la novia. Bajó del auto no con su padre, sino con amigas, y con ellas sosteniéndole la cola subió las escaleras y se encaminó hasta la arcada principal, donde la esperaba Filippos. Precedidos por el sacerdote, de túnica dorada, ambos ingresaron a la iglesia, y luego de hacer unos 10 pasos frenaron. Es que el lugar era tan bello como diminuto. Frescos de pintura de reminiscencias bizantinas y una enorme araña enmarcaban el pequeño espacio. De los 200 asistentes, apenas unos 25 cabían dentro. Entre ellos, nosotros, que fuimos testigos de una ceremonia tradicional ortodoxa griega, con instancias como la Danza de Isaías (los novios, testigos y el sacerdote dan tres vueltas al altar invocando la presencia de la Santísima Trinidad y simbolizando la eternidad del matrimonio), la colocación de unas coronas de flores sobre sus cabezas que se cambian tres veces, el intercambio de anillos que realiza otras tres veces el padrino entre las manos de los novios y la lectura de las Bodas de Canáan en Galilea (donde Jesús convirtió el agua en vino y tras lo cual los novios beben vino bendecido tres veces). Hacia el final se repitió un ritual que otra vez unió ambas culturas: arrojar arroz.
El descenso fue nuevamente entre precipicios y algunas bajadas abruptas, pero el sitio final bien valía el viaje. En una pequeña bahía entre dos paredones de rocas, un enorme escenario al aire libre desplegaba enormes mesas llenas de flores agrestes, velas y unos llamativos cuadrados de cristal depositados en cada plato. Dentro, cuatro almendras dulces simbolizaban que la pareja jamás podrá ser separada y que seguirán unidos aunque la vida tenga momentos difíciles.
Los novios entraron a la fiesta precedidos por una batucada y hubo una tanda de baile hasta la comida. Para entonces, los mozos habían preparado varias mesas y una barra, y el sistema era de autoservicio. Las opciones mezclaban platos internacionales con otros muy autóctonos y diferentes a los de la noche anterior, como moussaka (un pastel con capas de carne, berenjena, tomate y salsa blanca), gyros (carne asada con tomate, cebolla y pan de pita), fasolada (una sopa de frijoles) y variadas ensaladas muy frescas, entre varios más. La parte del postre, en tanto, nos hizo descubrir adicciones como kataifi, una masa similar a la philo, pero presentada con cabellos de ángel y con un relleno de nueces, pistachos, almendras y miel.
Tras la comida, el vals nos sorprendió con la famosa música de El Padrino, que resultó mucho más griega de lo que hubiéramos pensado jamás. En sintonía con nuestras tradiciones, a esto le siguió el corte de la torta y varias horas de baile, interrumpidas sólo por un show de fuegos artificiales. Hacia las 4 de la mañana, sin embargo, la irrupción en la pista de varios mozos con pilas de platos revolucionó todo. Y aunque los primeros en romperlos fueron los novios, al cabo de unos minutos eran muchos los que los lanzaban con toda fuerza contra el piso. Entre ellos, nuevamente nosotros, sin ganas de perdernos ni un solo ritual. Por supuesto, los platos a romper son de yeso, pero la sensación liberadora es bien real. Aunque no es una costumbre que se repita siempre, sí sucede en los más tradicionales, y deviene de una costumbre según la cual los recién casados rompían platos en la entrada de su nueva casa para ahuyentar a los espíritus malvados.
Para cuando cerca de 150 platos estaban hechos trizas en el suelo y el novio ya hacía papelones sobre la barra, el sol comenzaba a salir sobre el mar. Cansados pero muy felices de haber podido ser parte de la celebración, decidimos que era hora de volver al hotel. Y mientras recorríamos el camino de velas que nos llevaba a la salida, recuerdo haber pensado cuánto entendía ahora todas las veces que mi marido me había dicho que sentía a Filippos como un hermano nacido en otro país. Yo sin duda me había sentido como en casa.
1
2Laura Romano, nutricionista especialista en dietas: “Ni las medialunas engordan ni las tostadas light adelgazan”
3“¿Qué hago con esto que me tocó vivir?”: le diagnosticaron esclerosis múltiple y decidió cambiar su vida para ayudar a otros
4En fotos. Una comida chic en Pasaje del Correo, arte en la casa de Victoria Ocampo y una muestra de fotos en Recoleta


