
Un homenaje a Lafayette: ¿por qué no?
SOUTHAMPTON.- La última vez que un barco entró en el puerto de Nueva York trayendo al marqués de Lafayette causó un furor que hoy ni Justin Bieber junto a las Kardashian podrían conseguir. El año era 1824 y un tercio de la población de la ciudad se acercó para intentar ver algo del "padre de la patria francés", que hacía un regreso triunfal a la nación que había ayudado a liberar casi medio siglo antes. Fue el recibimiento digno de un rey pop. Una de sus fiestas tuvo 6 mil invitados, y The New York Times recuerda que entre los cientos de niños estaba Walt Whitman, a quien Lafayette llevó en brazos a la puerta de la biblioteca de Brooklyn.
Este 2015 el marqués volvió con un poco menos de pompa, pero creando celebraciones a su alrededor que, dado el carácter extremadamente gregario y jovial que rescatan sus biógrafos, sin duda lo hubieran dejado satisfecho. Y ni que hablar en los Hamptons. Habiendo hecho la escala oficial en el puerto de Manhattan, L'Hermione -la fragata réplica de aquella con la cual Lafayette cruzó el océano con el mensaje para George Washington de que los franceses lo apoyarían con tropas contra Inglaterra- amarró en Greenport. Se trata de un pequeño pueblo al otro lado de la bahía del balneario de los neoyorquinos, y todo el mundo, of course, se subió a su megayate de 30 millones de dólares, optimist para regatas sub-8 o chinchorro.
El barco de tres mástiles y 32 cañones, para el que se usaron dos mil robles, costó 20 millones de euros y tardó dos décadas en construirse con fondos, en buena parte, del Estado francés. Hollande en persona fue a despedirlo y los especialistas señalan que nunca hubo una reconstrucción marítima de este nivel. La única excepción son los baños, que fueron aggiornados para que el cruce del Atlántico fuera menos oloroso (dentro del barco dan explicaciones ilustrativas), y el sistema de navegación. Para agregar al encanto, la tripulación da cañonazos, viaja vestida de los personajes originales de L'Hermione, enseña a hacer nudos marinos y hay muestras y charlas sobre el barco y Lafayette en cada puerto.
El objetivo final es de fomento de la amistad franco-norteamericana, tantas veces tambaleante. Y recordar que la asistencia militar francesa fue un factor importantísimo para encaminarse hacia la independencia. Pero también enfatizar la figura de Lafayette en su país de origen, donde tuvo la herencia mixta. Durante la revolución francesa, Lafayette apoyó la idea de una monarquía constitucional y se opuso a los jacobinos. Se escapó de la guillotina, pero fue a prisión y las caricaturas de la época lo presentaban como un enemigo de la revolución que había sido amante de María Antonieta. Estuvo exiliado y el final su vida fue prácticamente en el olvido, en una granja de la campiña.
Todo esto suma al atractivo de su figura y la idea romántica a su alrededor. Sobre todo el lema del escudo de Lafayette, que resuena ideal para justificar las aventuras de vacaciones, pero que es sorprendentemente humilde para alguien que dedicó su vida a perseguir ideales. Son palabras que agregó él mismo al viejo blasón familiar cuando inicialmente el rey de Francia le negó apoyo para ir a pelear a América, y entonces Lafue se compró un barco y cruzó el Atlántico: "Cur non" o, simplemente: "¿Por qué no?"




