
Un lugar en el mundo: los Taylor, pioneros del sur
Llegaron al Nahuel Huapi a fines del siglo XIX. Luego poblaron tierras en San Martín de los Andes. Conviviendo con los mapuches y en medio de un clima hostil, la trabajaron y aprendieron a amarla
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SAN MARTIN DE LOS ANDES.– Tras conocer la historia de pioneros de la familia Taylor en el sur de la Argentina, uno sospecha que nacemos sólo para encontrar un lugar donde morir.
Con poco más de 20 años, en 1891, Fanny Taylor llegó a Buenos Aires desde London, Ohio, Estados Unidos, acompañada de su tía y de un persistente dolor de muelas que la llevó al consultorio de un odontólogo norteamericano, Jorge Newbery, tío del célebre aviador. Fanny y Jorge se gustaron, se casaron y emprendieron una atípica luna de miel: cruzaron la Cordillera a lomo de mula a través del paso del Aconcagua y bajaron por Chile hasta Osorno, desde donde volvieron a cruzar la frontera a caballo por el entonces casi imposible paso Puyehue (hoy Samoré). En la zona del Nahuel Huapi construyeron una canoa con ayuda de los aborígenes y luego de mucho navegar, y tras refugiarse de una tormenta en la isla Victoria, llegaron a tierras jamás pisadas por una mujer blanca.
"Allí Fanny encontró el lugar de sus sueños y construyó una cabaña", cuenta Theron Taylor, sobrino de la intrépida dama, al que todos llaman don Buster y que, a los 92 años y con siete nietas y ocho bisnietos, es la memoria viva de la saga familiar.
Hasta la casa de Buster, en la ciudad de San Martín de los Andes, llegó la Revista una mañana lluviosa, previa advertencia de sus hijos: el hombre nos recibiría, sí, pero había que ver si quería soltar la historia. Falsa alarma. Don Buster nos dio un sumario apretón de manos y nos condujo hasta el living. De a poco, mate mediante, este gaucho de perfil british, mirada celeste e impecable barba blanca fue desandando recuerdos.
"Mi padre, James Mark Taylor, vino de Ohio a los 17 años, tentado por las cartas de su hermana Fanny. Con la ayuda de los Newbery se hizo colono en el Nahuel. En 1896 empezó a trabajar en la estancia Fortín Chacabuco y construyó sobre el lago una casita de dos piezas con troncos de árboles nativos. ¿Soledad? Nunca hablaba de eso. La población mapuche no fue hostil; al contrario: lo ayudaba en el cultivo del trigo, la avena y el centeno."
James volvió a Ohio diez años más tarde para casarse con su novia de la adolescencia, Nora Recob, que dejó su familia y su empleo en un banco para seguirlo hasta la entonces desolada Traful. "Mi padre tenía poca escuela, era un hombre de acción. Mamá, en cambio, era una persona instruida –dice Buster–. Muy buena para los números, y muy lectora. La recuerdo pintando. No tenía ni el tiempo ni las comodidades, pero ella pintaba."
En aquellos días, esto era el fin del mundo. Una mañana, James subió al caballo y galopó hasta Bariloche. Volvió por la noche con el único médico que había en la zona y Nora dio a luz enseguida. Corría 1910 y Alice June, una beba sana y rozagante, se convertía en el primer miembro de la familia Taylor nacido en esta tierra adoptiva.
Buster nació en 1914, cerca de Monte, en la cuenca del Salado. Allí recaló la familia durante unos años, hasta que la nostalgia y una feroz inundación apuró la vuelta de los Taylor al Sur. James –al que todos llamaban don Santiago– compró tierras en San Martín de los Andes (la actual estancia Chapelco, aún propiedad de la familia), donde para protegerse del viento plantó los primeros álamos, pinos y cipreses, y donde empezó a criar las ovejas Corriedale y Romney Marsh que serían su orgullo.
"La infancia en el Sur fue lo mejor de mi vida –dice don Buster–. Yo era bagual; me gustaban los paisanos y el trabajo de campo. Los padres de mi madre vinieron de Estados Unidos a vivir con nosotros, y con mi abuelo pescábamos salmones en el río Quilquihue apenas con caña y piola. Por la mañana ensillaba el petiso y me iba al colegio, en San Martín. Eramos sólo doce alumnos. A veces me quedaba bajo unos cipreses, desde donde tenía hermosas vistas, y escuchaba la campana del colegio. Al mediodía, cuando la campana sonaba otra vez, ensillaba y volvía a casa."
Sus padres lo despacharon pupilo a Buenos Aires. Pero Buster extrañaba el Sur. Se hizo el enfermo y al año estaba de vuelta. "No quería ir a la escuela. Le pedí a mi madre que me enseñara en casa. Ella me enseñó lo que sé. Pero aprendí más de la vida que de los libros."
La vida era acompañar a su padre en los arreos. La hacienda tenía que llegar a Olavarría y la arriaban durante una semana hasta Zapala, desde donde la transportaban en ferrocarril. "A los diez años ya salía con ellos, pero mi padre me dejaba acompañarlos sólo hasta Aluminé; ahí pegaba la vuelta", cuenta.
La infancia de sus hijos (Virginia, Rebeca y Jorge Andino), que llegan para el almuerzo, no fue tan distinta: los caballos, el corretear entre las vacas, los chapuzones en el río. Y el frío, claro. Para bañarse cargaban fuentones de treinta litros en el manantial y calentaban el agua en la cocina a leña. "El frío era terrible. La casa tenía chifletes por todos lados", recuerda Virginia, y sus hermanos asienten. Don Buster dice que no era para tanto, pero reconoce que las bajas temperaturas lo mantenían ocupado: había que hacer leña, mantener las salamandras activas. Eso sí, el frío ya no es lo que era. "Ya no hay 20 o 25 grados bajo cero como antes, cuando reventaban inodoros y cañerías", dice.
Los tiempos cambian, sí. Por eso no sorprende una moderna computadora en el living de la casa de un hombre de más de 90 años que vive solo y que aún conduce su Citroën por las calles de la ciudad.
–¿Aprendió a manejar la computadora, don Buster?
–No sé prenderla siquiera.
Quien manejaba la PC sin problemas era Evelyn Richards, su esposa durante más de 60 años. Ella murió en marzo del año pasado, a los 88. Ahora descansa cerca, en un camposanto familiar de la estancia Chapelco donde no ha de sentirse sola.
Hacia allá vamos por la tarde. En un pequeño promontorio, desde donde se dominan el valle y los cerros nevados, una pequeña lápida reza Valentine Recob (1844-1926), junto a otra que dice Alice McClellan Recob (1849-1931). Al lado, la hija de ambos: Nora Etta Recob (1876-1967). Allí descansa también, junto a su hija Alice June, el esposo de Nora y padre de don Buster, James Mark Taylor (1878-1956). Bajo el amparo de pinos casi centenarios que fueron plantados por sus manos jóvenes.
La mítica Fanny, como casi todos los Taylor, también fue longeva: vivió hasta los 97. Siempre inquieta, antes de morir se encargó de participar del primer vuelo de pasajeros a Chile a través de los Andes, en 1939 –su esposo no pudo disuadirla, pero la instó a firmar su testamento–, y en 1960 fue recibida por el entonces presidente norteamericano, Dwight Eisenhower, a quien su historia había conmovido. Tenía 93 años, pero emprendió el viaje de Bariloche a Washington con la determinación de esa muchacha indómita que se había lanzado hacia el Sur en su luna de miel.
Fotos: Daniel Pessah y Gentileza Flia. Taylor
La hora del turismo
Primero fue la ganadería ovina; después, la forestación. En los 90, la tercera generación de la familia Taylor dio un nuevo giro en la explotación de la estancia Chapelco, ubicada a unos 18 km de la ciudad de San Martín de los Andes y de la que es propietaria desde 1918. Se trata del desarrollo del complejo turístico/residencial Chapelco Golf & Resort, que ocupa 226 hectáreas de las 1000 que tiene la estancia y que cuenta con un atractivo especial: una cancha de golf de 18 hoyos diseñada por el famoso golfista Jack Nicklaus, cuya empresa tuvo a cargo la dirección de obra. "Quisimos incorporar a San Martín de los Andes otro servicio turístico de calidad, con una cancha de golf de nivel internacional, propia de los grandes resorts del mundo", dice Jorge Taylor, presidente de Estancia Chapelco SA.La construcción de la cancha implicó el movimiento de 730.000 m3 de suelo y la instalación de 890 cabezas de riego. Abierta ya a los propietarios, el campo será inaugurado oficialmente en febrero del año próximo con la presencia del propio Nicklaus, que hará una demostración y explicará la cancha para unas 500 personas. El club house, de 1800 m2, será habilitado en diciembre.De los más de 430 lotes que el emprendimiento sacó a la venta se han vendido ya más de 300; hoy hay 11 casas construidas y 58 en construcción, de entre 150 y 750 m2. El proyecto incluye un hotel 5 estrellas, de 78 habitaciones, que empezaría a levantarse a fines de este año y que, según estiman, estaría terminado en dos años (más información: www.chapelcogolf.com ).





