Un majestuoso cronista de su vida

Hernán Iglesias Illa
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14 de febrero de 2015  

Una tarde de 2006, David Carr fue a una casa de electrodomésticos y le explicó a un vendedor lo siguiente: "Quiero entrevistar a la gente que estuvo a mi alrededor en los años de mi adicción al crack y la cocaína". Y agregó: "Esta vez quiero acordarme de todo". El adolescente le recomendó un par de cámaras, un trípode y un disco rígido par almacenar sus videos. En los dos años siguientes, Carr, columnista de The New York Times, reporteó su vida como si fuera la de otro hombre y descubrió, como nos pasaría a todos, pero especialmente a alguien que pasó una década borracho o colocado, que sus recuerdos tenían poco que ver con los de los demás.

O con los documentos oficiales. Una noche de 1988 arrancó a un taxista de su auto y lo molió a palos en la calle. Después fue arrestado y ahí estaba la prueba, vio después, en un formulario de la comisaría de Minneapolis a donde lo habían encerrado. O la noche en la que se peleó con su mejor amigo, Donald, después de una noche de píldoras y whisky. Carr estaba enojado porque los habían echado del bar y su amigo había reaccionado mal. Lo fue a buscar a su casa y se sorprendió al ver a su amigo apuntándole con una pistola. Veinte años después, Carr le recrimina a Donald la mala onda y Donald, que es ahora un hombre manso pero con cara de cansado, un sobreviviente de la noche, le dice: "¿De qué me estás hablando? La pistola era tuya y vos me estabas apuntando a mí". En el libro, algunas de cuyas partes pude leer en la madrugada de ayer mientras escribía esta columna, Carr dice que estaba convencido de que nunca había tenido un arma en su vida, pero que ahora dudaba: si se había equivocado con lo del arma, ¿con cuántas otras cosas más se había equivocado? Carr colgó en Internet algunos de los materiales originales de su investigación: en uno de los videos, Anna, su ex mujer y madre de las mellizas de ambos, también ex adicta pero ahora una señora rubia bastante emprolijada, le hace una pregunta incómoda: "¿Te acordás cuando viniste a mi cabaña, me dejaste un ojo morado, me rompiste un par de costillas y me dejaste sola en medio de la noche?" Carr no se acordaba.

Carr murió la noche de anteayer en la redacción de The New York Times. Cayó inconsciente de su silla y ya no pudieron reanimarlo. Era un periodista con un carisma único, al mismo tiempo riguroso y divertido, implacable pero optimista, el campeón nacional de ese género tan gringo llamado "periodismo de medios". Resistía los pronósticos agoreros sobre el fin del periodismo, pero al mismo tiempo amaba la majestuosidad del papel. Amaba Twitter: decía que era una enorme conversación colectiva conectada a nuestros cerebros. Hace unos años fue el protagonista de un documental sobre The New York Times: su voz ronca y su aire plebeyo generaron por el diario, que vivía una época difícil, más simpatía de la que cualquier comunicación oficial podría haber logrado.

Además de sus columnas, filosas y cálidas al mismo tiempo, a mí lo que siempre me gustó de Carr fue su técnica narrativa de escribir sobre su vida no sólo recordando y atando cabos, sino también investigando y poniendo a prueba su memoria. Su libro autobiográfico pudo haber sido una historia clásica de caída en el infierno de las drogas y ascenso al cielo de vida suburbana, familia feliz y laburo soñado en Nueva York. Con su investigación, Carr transformó su historia en otra cosa, en una conversación mucho más interesante, más honesta y menos sentimental.

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