
Un nostálgico buceo por las décadas de los 80 y los 90 a través de sus vinos
Un cronista asiste a una cata para ver qué fue de aquellas etiquetas que hicieron historia y hoy perviven (no sólo) en los recuerdos
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Todo empezó en Twitter. Para cuando yo me sumé a la conversación, el debate acerca de qué pueden ofrecer hoy aquellos vinos que brillaron y marcaron tendencia en los años ochenta y en los noventa, pero cuya presencia en las góndolas de los supermercados ha sido opacada por vinos nacidos en el siglo XXI, estaba más que avanzado. Es más, al momento de sumar mi primer tuit ya se estaba analizando la idea de salir a comprar los vinos y hacer una cata a ciegas. Como buen oportunista, empecé a proponer fechas y etiquetas infaltables.
No hizo falta mucho esfuerzo para fijar día, hora y lugar. La quincena de periodistas especializados, blogueros y amantes del vino que formaban parte de esa suerte de foro se había tomado las cosas en serio, y en los pocos días que mediaron entre el primer tuit y el encuentro se sucedió un interminable intercambio de mails para definir la lista de vinos por catar. Todos tenían alguno para sugerir: todos tenían algún vino que había quedado en la memoria, atado a un recuerdo en particular.
Entre tanta añoranza, melancolía y ansiedad por revisitar copas de antaño llegó un momento en que la lista comenzó a superar la tercera decena –aun cuando existía el límite previo de que las etiquetas debían estar por debajo de los 50 pesos, lo que supuestamente debía impedir que la lista estallara–. Entonces alguien llamó a la reflexión y a la mesura: "Cortemos acá, si no, no nos va a alcanzar una noche para probarlos todos". Otro se ofreció a comprar las botellas (y los tetra), y de ahí en más comenzó el tiempo de descuento.
No eran mucho más que las ocho de la noche cuando atravesé el umbral del restaurante Perón Perón, que Gonzalo Alderete Pagés –cocinero del establecimiento y miembro activo del debate en Twitter– había ofrecido como sede del convite.
Fui uno de los primeros en llegar, para encontrar al dueño de casa vistiendo a las botellas en anónimos trajes de papel madera que permitieran realizar a ciegas la cata de las etiquetas indestructibles seleccionadas, las que han sido testigos de infinidad de marcas que aparecieron y desaparecieron en los últimos 30 años.
La faena implicaba no sólo enmascarar las botellas, sino también verter el contenido de los tetrabrik más clásicos –Resero, Facundo, Termidor– en botellas vacías y seguir el mismo procedimiento con las botellas de diseños particulares, como la del ovalado San Felipe Caramañola, para ocultar la identidad.
El line-up de la noche quedó conformado por 27 vinos: 8 blancos y 19 tintos (más un par de tintos fuera de competencia, por su precio elevado, pero que eran el broche de oro para este buceo etílico en los ochenta y los noventa). Pasadas las 21, con los once miembros del ecléctico panel sentados a la mesa con papel, lápiz, una copa vacía, otra para agua y un sppiter, comenzó la cata.
Peculiares notas de cata
Empezamos con los blancos. Gonzalo dio la vuelta a la mesa sirviendo las copas con el pálido contenido de una botella incógnita, que claramente no resultó muy auspicioso como inicio de la noche. "Esto te agujerea el hígado", dijo alguien, tras levantar la vista de la copa y ver cómo al resto el mal trago le transfiguraba las caras. Por suerte, la segunda botella trajo mejores sensaciones. "Bueno, éste se deja tomar", sentenció otro.
Las botellas comenzaron a sucederse en esa mecánica tan particular de las catas: mirar el líquido en busca de color, hacer girar la copa y marearlo; luego, oler, tomar un sorbo, degustar, escupir, pensar y anotar. Entonces, vaciar la copa, y con el nuevo vino, empezar de nuevo.
Claro que aquí, la presencia en la mesa de un periodista especializado en vinos como Joaquín Hidalgo o de un destacado sommelier como Mariano Braga no fueron impedimento para que, ante más de un vino difícil de beber, comenzáramos a crear nuevos descriptores aromáticos y gustativos que, de mencionarse en una cata formal, lograría que nos echen a patadas: "Percibo en la nariz notas a sótano oscuro, pero limpio", dijo, por ejemplo, uno; "Notas a pomelo viejo."
A medida que las vinos pasaban, la imaginación volaba cada vez más lejos: "Mmm, éste tiene gusto a Levité abierto y olvidado en la guantera del auto durante toda una semana... al sol". Otros, por supuesto, eran más literales en sus apreciaciones: "Creo que me sirvieron Mr. Músculo" o "Che, esto parece nafta común."
Pero no todo fue saldo negativo. Al final de la tanda de blancos, cuando comenzamos a sumar los puntajes otorgados a los vinos por cada uno de los participantes, se notaba que de los ocho vinos unos cuatro se habían defendido bastante, y que la opinión era compartida. Las sorpresas (y confirmaciones) llegaron cuando se descubrieron las botellas.
Clásicos inoxidables como el Etchart Privado Torrontés, el Súter Etiqueta Marrón o el Bianchi Chablis lideraban el ranking, pero seguidos de cerca por el inesperado Facundo en tetrabrik. Más allá del puesto obtenido por cada marca, el solo hecho de romper el envoltorio de papel y dejar al descubierto la etiqueta disparaba recuerdos, en mayoría entrañables: "Uhhh, ¡ése es el vino que tomaba siempre mi viejo!" o "¡Este es el primer blanco que tomé!"
En mi caso, entre sorpresa y decepción, descubrí en el vino de peor puntaje de la tanda al ingrediente principal del clericó de mis primeras vacaciones con amigos.
Con las botellas y tetras de los blancos prolijamente ordenados por puesto sobre una repisa a la vista del improvisado panel de cata, empezaron a desfilar los tintos según el procedimiento ya empleado, aunque ahora más aceitado, pues restaban 18 botellas por evaluar y en nuestra mesa, la del fondo del salón, ya comenzaban a tentarnos los aromas de los platos de quienes cenaban en las otras mesas.
Los tintos ochentosos y noventosos, por su parte, se revelaron más extremos. Estaban los que se dejaban tomar –un par de buenos "vinos de asado" o "para todos los días"–, pero también estaban otros que mejor olvidar. Y la diferencia entre los primeros y los segundos era mucho más amplia que la que habíamos observado en el terreno de los blancos.
"Ven –resumió uno–, esto es para valorar un poco más los vinos que tomamos ahora." Gestos de aprobación al borde de la ovación, pero que se vieron opacados rápidamente por las miradas que ahora se concentraban en Gonzalo, quien empezó a desvestir a los tintos. "¡Mirá! –gritó uno–. Ese tinto me lo servía mi papá cuando era chico: me ponía apenas en el vaso y lo llenaba de soda." Otro: "Ja, ése era el de los años de pizza con champagne, ¡qué desastre!"
Nuevamente, los clásicos demostraron por qué son clásicos: Don Valentín Lacrado, Carcassone Clásico y San Felipe Caramañola se colaron entre los primeros. Y a medida que retiraban las botellas de la mesa para disponerlas en una repisa, según el puntaje obtenido, algunos ya proponían nuevas contiendas: "La próxima que sean los vinos de la década ganada".
Durante la cena se discutió sobre vinos, pero de a ratos sobrevenían algunos silencios. Eran los recuerdos más íntimos de las copas bebidas: lugares, aromas, rostros, músicas... Recuerdos demasiado personales como para ser compartidos. Luego siguió la charla, se renovaron las copas y entonces sí, empezamos a construir los recuerdos de esta noche.






